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Los cucúas, el alma de San Miguel Centro

La danza lleva el sello indígena, pero el tema central tiene un carácter religioso introducido por los españoles

OMAR ARIEL RODRIGUEZ
ESPECIAL PARA LA PRENSA
nacionales@prensa.com

Especial para La Prensa/O. Rodríguez

La ceremonia es una de las más autóctonas del país, ya que toda la vestimenta utilizada por los danzantes se extrae de la naturaleza.

SAN MIGUEL CENTRO, Coclé. -Diariamente, los campesinos de San Miguel Centro encaran una lucha entre el bien y el mal. No es una contienda cualquiera. A diferencia de otras, en esta se pone de manifiesto la relación hombre-naturaleza, entrelazando otros elementos culturales de la historia y el folclor.

La ceremonia es una de las más autóctonas del país, debido a que toda la vestimenta utilizada por los danzantes se extrae de la naturaleza.

La corteza que se usa para hacer el vestido, los tintes con que se pinta y los adornos que lo engalanan se elaboran a partir de árboles y plantas.

La danza de los cucúas tiene el sello original de los indígenas que habitaban el lugar, aunque el tema central posee un carácter religioso determinado por los españoles.

El legado de los esclavos negros también está presente en el baile con cada repique de la caja y el tambor, elementos introducidos con posterioridad.

El término cucúa

Cucúa es una voz indígena, cuyo significado se desconoce. Lo que sí se sabe es que así se llama un árbol de corteza blanca y de hojas verdes y anchas que crece derecho.

Con la introducción de la danza a Panamá, los aborígenes utilizaron la corteza del árbol para hacer la vestimenta de los bailadores y de allí surgió el nombre de los cucúas.

El educador Bolívar Ramos, quien junto a otras personas se ha dedicado a recoger parte de la historia de la danza, aseveró que el baile estuvo presente originalmente en Veraguas, y luego los indígenas, que emigraron hacia las montañas de Coclé huyendo de sus conquistadores, se lo llevaron consigo.

Desde hace 60 años esta danza se encuentra en San Miguel Centro, comunidad de caudalosos ríos, rodeada de cerros, donde el bosque aún es espeso y la tierra fértil. Está ubicada geográficamente en la zona montañosa de Penonomé y pertenece al corregimiento de Chiguirí Arriba.

Aunque pocos, también hay en el lugar árboles de cucúa. Los campesinos los cuidan como lo que son: "su oro verde". Solo cuando es necesario los tumban para confeccionar sus vestidos. Hay planes de poner en marcha proyectos de reforestación utilizando plantones de cucúa. Algunos campesinos ya tienen árboles regenerados.

La danza en sí y la elaboración de la vestimenta resultan procesos interesantes, por los elementos que se conjugan y porque es una actividad en la que interactúan casi todos los miembros de la comunidad.

El arte

A los hombres les toca el trabajo de cortar el árbol, extraerle la corteza y dividir la parte más delgada, que es la que se usa para confeccionar el vestido y forrar la máscara.
El vestuario lo conforman una máscara de diablo que lleva una pañoleta hacia atrás, que casi toca el suelo, el pantalón y la camisa de mangas largas. De la mano, atado a un pedazo de palo delgado que no mide más de un metro, dos hilos de cuero le dan forma al "garrotillo", pieza que inevitablemente trae a la memoria el recuerdo del sometimiento de que fueron víctimas los habitantes originales de estas tierras.

Atados a las camisas, dos cascabeles, que eran los únicos instrumentos musicales que se utilizaron al principio para bailar la danza, sobre todo durante el Corpus Christi.

A la máscara se le da forma con una cesta tejida con bejucos. Se le añaden cuernos de venado y, para crear el aspecto puntiagudo que posee, se le incrusta una quijada de saíno.

A los hombres les toca cortar el árbol, extraerle la corteza y dividir la parte más delgada que se usa para la elaboración del vestido y también para forrar la máscara.

Con un pedazo de madera, que los campesinos llaman maceta, se aporrea contra un árbol la corteza recién extraída. Planchada a punta de golpes, la corteza se lava con jabón y agua caliente para luego ponerla al sol. Una vez seca, se corta de acuerdo al molde, para empezar a fijar los diseños.

Haciendo subir y bajar la mano del pilón, Candelaria Gordón machaca las hojas del árbol conocido como "bejuco de venado", para sacar el tono oscuro que exhibe el vestido.
Las mujeres cosen el vestido y extraen la tinta de las hojas de algunos árboles para pintarlos.

Detrás de la pañoleta se observa el inconfundible signo del cristianismo: el cáliz. También se aprecian dibujos de animales, flores y elementos como el sol, la luna y las estrellas, los ídolos que adoraban nuestros antepasados.

La fibra de pita ofrece el hilo para coser los vestidos y las máscaras.

Al cabo de un día o dos, el vestido y la máscara están listos para ser exhibidos en el baile.

El baile

Con tres golpes secos producidos por el contacto del mango del garrotillo contra un pedazo de madera fijado en el suelo, se inicia la danza.

Cuando el diablo mayor termina de dar los tres golpes, los cinco danzantes dan la vuelta, para iniciar la entrada al escenario. Avanzan, como si barrieran el piso, con los hilos del garrotillo, que mueven de un lado a otro.

En una segunda fase de la danza, los cucúas se contonean levantando sus pies descalzos, dirigidos siempre por el diablo mayor. Este es el primero en iniciar el canto de las redondillas que se entonan evocando motivos religiosos y de la naturaleza. "Yo soy el diablo mayor, que vengo de la montaña, yo nací en la montaña, en la montaña me crié comiendo chicheme y yuca y bailando en un solo pie".

El segundo en orden de importancia es el capitán, el más pícaro de todos: "Soy el capitán de los diablos, cuando yo estaba chiquito, me gustaba jinetear, le puse la silla a un sapo, animal para corcovear".

Cada vez que uno de los jefes diablos entona su estrofa, se para frente al grupo y así se alternan hasta que le toca el turno al teniente: "Soy el teniente de los diablos, que viene del otro lao, vengo en busca de una muchacha que tenga el pelo colorao".

Sucesivamente, los diablos desfilan al tiempo que bailan, al igual que lo hacen los otros dos miembros del grupo llamados danzantes. La música del violín, la caja, tambor y maracas solo abandona a los artistas cuando estos salen del escenario.

Son cinco los integrantes del grupo, pero antes bailaban hasta 25.

Las necesidades

En San Miguel Centro hay dos grupos de cucúas. Uno de adultos y otro de niños. Este último es coordinado por el educador Valentín Ubarte, oriundo de la comunidad, quien de esa forma contribuye a que la danza no desaparezca.

Lograr un mayor apoyo de parte del Instituto Nacional de Cultura o del Instituto Panameño de Turismo, así como de otras organizaciones, es una aspiración de los cucúas.

Ellos quieren tener una casa museo. Para eso sería bueno que les arreglaran la carretera, ya que ni los carros de doble tracción pueden llegar hasta ese paraíso natural.

Los habitantes de San Miguel Centro libran otra batalla que no es fingida, ni alegórica. Se trata también de una lucha entre el bien y el mal. El mal lo representan la falta de un ciclo básico en el que los jóvenes puedan seguir estudiando, la ausencia de servicios eficientes de salud y oportunidades de trabajo. El bien lo constituye la esperanza de su gente de mejores días, el trabajo honrado de los labriegos y el deseo de superación de los pequeños.


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