Santa sucesión
Nunca antes se había barajado la posibilidad de que el próximo Papa fuera un latinoamericano
Alvaro Sarmiento
asarmiento@prensa.com
El 16 de octubre de 1978, la designación de Karol Wojtyla como el papa Juan Pablo II tranquilizó y estremeció al mundo católico y occidental. Lo tranquilizó porque, después del corto reinado de Juan Pablo I, Albino Luciani, (que murió de un infarto a los 33 días) terminaban 44 días de incertidumbre. Y lo estremeció, porque Wojtyla se convertía en el primer Papa no italiano en 455 años, desde Adriano VI. Se rompía así una tradición que para muchos, se traduciría en inestabilidad papal, una falsa apreciación que el tiempo se encargaría de acallar.
Esa sensación de asombro podría repetirse cuando Juan Pablo II, el Papa más viajero y el sexto pontífice más longevo de la historia desde San Pedro, dé paso a un nuevo Papa.
Un nuevo Papa para el que desde hace tiempo figuran listas de posibles reemplazantes. Nombres que comenzaron a girar en el ambiente eclesiástico aquella aciaga mañana del 13 de mayo de 1981 cuando, en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II fue alcanzado por los disparos de la pistola que empuñaba Mohamed Alí Aqca.
Lista de candidatos que se desdibujó en el tiempo con la fortaleza física de que hizo gala Juan Pablo II, pero que se renovó cuando hace unos años apareció en público dando muestras de quebrantos de salud. Y que ha vuelto a circular con mayor fuerza ante las declaraciones del mismo sumo pontífice, quien el pasado 18 de mayo, al cumplir 83 años, y hablando ante unos 20.000 peregrinos en la Plaza de San Pedro afirmó: "cada vez más me doy cuenta de que es próximo el momento en el cual me tendré que presentar ante Dios".
Por el reino de este mundo
Aunque físicamente el Vaticano se resume en la basílica, la plaza de San Pedro, los palacios y jardines, la iglesia, el palacio de San Juan de Letrán, la villa papal de Castelgandolfo y los 13 edificios de extramuros, el poder extraterritorial de la Iglesia ha convertido a la carrera por el papado en una cerrada y dura competencia por un puesto cuya vacante se abre, literalmente "cada muerte de obispo".
La gestión de Juan Pablo II ha provocado un aire renovador en la Iglesia, como lo señalara ante la prensa el obispo auxiliar de San Pedro Sula, monseñor Rómulo Emiliani, "este Papa ha sentido la necesidad de hacerse presente en el mundo y lo ha hecho a través de los medios de comunicación social y viajando, últimamente de manera heroica en vista de sus enfermedades y ancianidad. Es el hombre de la comunicación. Un gran pastor universal".
Muy pocos países y muy pocos dignatarios, sin importar el credo político, no han sido recibidos o visitados por el Papa. Con el nombramiento hasta ahora de 201 nuevos cardenales, le dio al colegio cardenalicio una semblanza más internacional. América pasó a tener un mayor número de electores, casi 40, lo que aumenta de forma indirecta su capacidad de intervenir en la futura elección.
De la prensa italiana se desprende que en el Vaticano piensan que el nuevo Papa seguirá la línea trazada por Juan Pablo, a pesar de que una facción añora la posibilidad de regresar a un cardenal italiano, apegado a la tradición.
Humo blanco
Las reglas para la sucesión de Juan Pablo II fueron establecidas por el mismo Juan Pablo II en la Constitución sobre la elección papal "Universi Dominici Gregis" en 1996. Esta especifica que el cónclave, palabra que proviene del latín
cumclave
-con llave- y que se refiere al encierro total de los cardenales electores en un sitio, hasta la elección del Papa, tiene que comenzar entre 15 y 20 días después de la muerte de éste.
Este periodo de tiempo tiene el propósito de posibilitar a los cardenales de los cinco continentes su viaje a Roma para participar en los actos fúnebres en homenaje al Papa muerto, y dar pie al inicio público y privado de las conversaciones sobre la sucesión o, para decirlo en términos profanos, la campaña electoral. Durante este tiempo también tiene lugar el llamado
novemdiales
(nueve días), para llorar el muerto.
Los cardenales entonces se dedican a sondear candidatos, establecer alianzas, etc. en una pulseada que puede tener ingredientes de los torneos políticos. En este periodo, llamado por algunos precónclave, participan tanto los cardenales electores (con menos de 80 años de edad), como los que llegaron a esa edad establecida por Pablo VI como máxima. Estos últimos son conocidos como "grandes electores" y tienen una gran influencia al comunicar lo que esperan de los "papables": si conservador, liberal, etc.
Concluido este lapso de tiempo, se entra en el cónclave. El inicio de este se marca con una misa matinal "Pro Eligendo Papa" en la Basílica de San Pedro, y con una procesión vespertina hacia la Capilla Sixtina. A partir de ese momento, los cardenales no pueden leer diarios, escuchar radio ni ver televisión; es un alejamiento total del mundo exterior.
El primer día se llevará a cabo una votación, en los siguientes, tiene que haber dos votaciones en la mañana y dos en la tarde. Si un candidato no logra una mayoría de dos tercios, no hay Papa. Aquí entonces la tradición indica que se realizará una votación en la mañana y otra en la tarde. Una fumarola le comunicará al público los acontecimientos: Negra, nadie ha sido elegido. Blanca, hay un nuevo Papa.
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