
La magia del bisturí
Dicen que ahora las encuestas son de carne y hueso, con el tiempo serán de carne y plástico. ¡Ay bendito!
Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com
Las historias de bohemios y románticos aventureros son cosas del pasado. Como la de Pedro Magaña, un salvadoreño apodado Puntillita, que en asuntos de mujeres era un visitaflor. Lo conocí mientras esperábamos turno en una modesta barbería cerca de la frontera con Costa Rica. Cuando para matar el tiempo, los presentes le rogaron que relatara su última conquista amorosa. Y el supuesto "don Juan" centroamericano comenzó su narración así: "hace poco conocí a una rubia en Villa Nelly...".
Recostado a un destartalado sillón, Pedro hundió el sombrero en su despeinada cabellera, que parecía de una medusa, para que no se lo tumbara la brisa del abanico. Las delgadas mandíbulas de la tijera del Fígaro enmudecieron porque el popular barbero liberó al cliente de la capa blanca y se sentó a escuchar la historia.
Según Puntillita, no le costó mucho esfuerzo ligar con aquella sexy fula de cabello ondulado, sospechosamente oxigenado. Después de unos "cañazos" de seco, de una que otra mentirilla blanca, y de recíprocas promesas de amor duradero, terminaron en una de las tantas pensiones de la villa fronteriza.
Fue entonces que comenzaron las sorpresas para él. Lo primero que la mujer se quitó fue unas botas (más altas que los portales de Parita, en Herrera). Enseguida se despojó de la peluca amarilla (adiós Marilyn M.); a continuación -con la gracia de un torero- se sacó las pestañas. Cuando se soltó el sostén saltaron -como lo hacen los panes en la tostadora- dos esponjas redondas. Después se quitó una faja que le dejó la cintura como un salvavidas. Pedro estaba alarmado al ver su flor deshojándose pétalo a pétalo. Admitió que no le preguntó nada, por temor a que la voz también fuera falsa. El barbero, como todo buen pillín, insistía en saber qué pasó después. Puntillita se encogió de hombros, a la vez que respondió que el cheque que regaló a su "dama de compañía" también era de plástico.
Pedro, los tiempos cambian; la vida se ha tornado artificial. Antes la gente se escandalizaba cuando alguien se hacía implantes de siliconas para agrandar el busto. Hoy, esos arreglos son tan comunes como llevar un celular. Igual murmuraban cuando, después de unas vacaciones en el extranjero, los caballeros y las doñas (pudientes) regresaban con la cara como la seda. Antes la gente le hacía ronda a una persona (por lo regular extranjera) que tuviera los ojos azules o verdes; ahora te puedes poner el color que quieras. ¿Has visto los lentes de contacto?... Toda una acuarela.
Hay cirugías plásticas para todos los gustos; con menú de tarifas. A la gente pasada de peso le fabrican la silueta; a los ñatos los perfilan, a los narizones los emparejan, y a lo calvos les hacen sus parcelas de cabello. ¡Que crítica más tonta la de Puntillita en Villa Nelly... venirse a alarmar por eso!
Ahora prevalece la magia del bisturí, el arte de la cirugía estética. El que puede contratar a un buen cirujano que le mejore el físico, ¡que lo haga!, porque eso de ser "patito feo" toda la vida no tiene gracia ni para los preescolares. Lo que sí es recomendable es tener mucho cuidado, porque muchas de estas cirugías han tenido desenlaces fatales. Al final lo importante es preservar la belleza interior, que es la perdurable.
Esta revolución del bisturí, con una clientela que hace cola, se ha vuelto muy competitiva. Cada día aumentan las ofertas y se abaratan los costos. Pedro Magaña, ¿crees que me gustaría quedarme toda la vida con esta nariz de caballo cansado? Una cantante típica panameña dijo que no hay hombres feos ni mujeres feas, sino hombres y mujeres pobres.
Y en parte hasta la naturaleza ha dejado de ser auténtica. Los mares, por ejemplo, están cambiando de color. Nada más hay que pararse en el bulevar Balboa para observar que la bahía de Panamá parece una colcha de retazos multicolores a causa del colorante, combinado con las aguas servidas, la línea blanca, el aceite y la basura que arrastran ríos y quebradas.
¿Y qué me dicen de la clonación? Esa es otra historia de cambio artificial; aunque les confieso que tengo un amigo que quiere que le clonen un chivo. ¡Oiga las ganas de quedarse sin ropa en los tendederos!
Seguro que Plutarco, mi jardinero, me va a decir que su mujer sí es de verdad, que está libre de cirugías y de accesorios plásticos. Desde aquí le digo que está equivocado, porque aunque sea la cédula tiene de plástico. Dicen que ahora las encuestas son de carne y hueso, con el tiempo serán de carne y plástico. ¡Ay bendito!
El autor es periodista
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