El café
El café llegó a Portobelo a finales del siglo XVIII y de ahí viajó a tierras altas chiricanas
Ana Alfaro
especial para la prensa
revista@prensa.com
Pilla mi versión alterna del fatídico malentendido entre Adán y Eva. Si Adán hubiera podido sentarse cómodamente a la mesa, a leer La Prensa mientras prensaba su capuchino descafeinado, jamás le hubiera dado el chimi que le dio ni le hubiera hecho caso a la culebra ni hubiera comido manzana (que a menos que sea en pie de manzana, no va para nada con el café); jamás el Barbudo hubiera mandado a San Miguel a correrlos del Paraíso.
Pero la verdad es que el café no se apareció hasta mucho después del Pentateuco (si hemos de creer la versión bíblica) o hasta el siglo VI d.C. (según el conteo darwiniano): un pastorcito que se llamaba Kaldi vio cómo sus cabritas se ponían retozonas al comerse las cerezas rojas de unos arbustitos -por allá por el siglo VI en lo que hoy es Etiopía-y se comió él unas, y quedó arañando las paredes. (¿Ves lo que digo? Adán hubiera quedado demasiado ocupado con Eva para meterse en problemas).
Entonces, cuando Kaldi el eléctrico compartió su hallazgo, comenzaron a hervir las pepas verdes, con lo que hacían una bebida llamada
qahwa
(significaba "quita sueño"); si no, envolvían las pepas en manteca, para darse energía. Así crearon la primera droga recreativa por allá por el año 1000. Por supuesto, que tan pronto se estuvo divirtiendo el pueblo el clero interfirió. Llevaron el café donde unos mollás, que espantados, decidieron que esta fruta era obra maldita del diablo y decidieron destruirla. Tiraron los granos al fuego, donde se tostó y comenzó a oler tan rico, que los monjes quedaron enganchados y decidieron quedárselo, para mantenerse despiertos y mejor alabar a Alá. Su popularidad no hizo más que crecer cuando el Corán prohibió el consumo de alcohol a principios del siglo XV.
El café entró a Europa por Turquía, donde abrió el primer salón de café en 1544, en Constantinopla. Cuando en 1675 el Ejército turco trató de capturar Viena (fueron repelidos) al retirarse dejaron atrás sacos de café, que un tal Franz Georg Kolschitzky usó para abrir la primera cafetería en Viena, donde comenzó a colarlo y a añadirle leche y azúcar.
A finales del siglo XVII sucedieron dos cosas importantes: los holandeses sacaron unas plantas por el puerto árabe de Moca (de ahí el nombrecito de la bebida) y lo llevaron a su colonia asiática de Java (y de ahí el otro nombrecito). Entonces, en 1713, el rey de Holanda le regaló unas matitas a Luis XIV de Francia, quien las mandó plantar en Martinica. La cosa es que solo una sobrevivió al viaje, pero de esa plantita desciende todo el café del continente americano.
Poco más tarde, a finales del siglo XVIII, llegó el café a Portobelo, desde donde viajó hasta las tierras altas chiricanas. No se sabe, a ciencia cierta, quién trajo el café a Panamá, pero nos informa Milagros Sánchez Pinzón en
Boquete, Rasgos de su Historia
(2001), que en 1907 Eusebio A. Morales relata en
El Diario de Panamá,
que el cultivo organizado del café en Boquete comenzó alrededor de 1894, fecha en que el estadounidense J.R. Thomas se instaló en Alto Lino para administrar una finca de café; desde entonces, el cultivo del café ha ido desplazando lentamente al de las hortalizas, convirtiendo al café en el principal rubro agrícola de tierras altas.
En ese mismo año, Morales, como primer secretario de Gobierno de Panamá, hizo un recuento del número de cafetos sembrados en Boquete: el mayor de ellos, J. R. Thomas, contaba con 75 mil cafetos, y además de una gran cantidad de extranjeros -ya que las tierras altas chiricanas siempre han atraído la inmigración de noreuropeos- menciona a varios panameños: nombres como Pittí, González, Acosta, Velásquez, Tedman (entonces canadienses, hoy panameños), Miranda, Ledezma, Montenegro y otros. Desde entonces, muchas fincas han cambiado de manos, muchas otras han sido plantadas; pero este fenómeno no solo se ve en Boquete. Por los lados de Volcán y Cerro Punta destacan nombres como Eleta y Janson, quienes también se dedican a la plantación y exportación del café de altura. Como nota interesante, en el beneficio de los Collins, Finca Lérida, está el primer sifón cafetero, diseño patentado que ha sido duplicado por los beneficios cafetaleros de todo el mundo. Su creador, Tollef Monniche, llegó al istmo como ingeniero para el Canal, y al jubilarse en 1917, se dedicó al cultivo del café.
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