Raíces
Una elegante y agradable reunión
Harry Castro Stanziola
Fotografía: Todos los derechos reservados por
R. López Arias
revista@prensa.com
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Panamá era una ciudad más bien pobre
y totalmente constreñida por la Zona del Canal. A sus habitantes
les era muy difícil el cambiar de ambiente como manera de obtener
respiro o para reducir tensiones o escapar del aburrimiento.
Todo esto en los primeros años de la nueva vida republicana.
El viaje al interior del país tenía algo de odisea. Había que
tomar no muy cómodos balandros (el "ferry" y los autos vinieron
después, así como las primeras carreteras). Un poco de comunicación
con el campo se logró, pero tan solo para las clases más pudientes,
cuando se construyó el camino a Las Sabanas, en donde unas
pocas y afortunadas familias adquirieron casas en fincas de "veraneo".
Ir a pasar vacaciones, tomando el tren para llegar a Colón,
era algo al comienzo extraordinario. Con decir que se podía
leer en "La Estrella de Panamá" que la señorita "fulana de
tal" partiría hacia esa ciudad en uso de bien merecido descanso,
lo que tenía mucho de importante noticia. Por eso, los viajes
en lancha a Taboga, y el comprar propiedades allí, fue otro
recurso utilizado por personas con dinero. O se organizaban
paseos hasta esa isla, uno de los cuales es el que aparece
aquí. A él habían asistido, ¿quién si no ellos?, empleados
estadounidenses del Canal, y puede que invitados locales. La
ocasión era, pues, propicia para echarse el baúl encima, anchos
y grandes sombreros, paraguas, vestimentas completas facilitaron
la labor de derretirse de calor ante un inclemente sol que
no perdonaba. ¿Vestidos de baño? Por favor, ninguna mujer decente
se prestaba para tamaña osadía y desvergüenza. Menos mal que
los frondosos y famosos árboles de tamarindo, que aquí aparecen,
proporcionaban la sombra necesaria, por lo menos para evitar
una insolación. A los niños se les permitiría jugar bajo la
mirada vigilante de los mayores. Años después, en la ciudad,
libre ya del cerco de la Zona, con puentes y carreteras al
interior, avionetas, buses, autos y toda forma de transporte,
se hicieron los viajes más atrayentes. Y los sombrerones, las
largas faldas, los sacos, las camisas de manga larga, los cuellos
de celuloide y, sobre todo, la cortesía y las ropas, disminuyeron
hasta los límites inalcanzados. Nota: Don Carlos Guevara Mann
nos hizo una acertada corrección. Escribimos que el Dr. Eusebio
Antonio Morales había sido representante de Panamá en las Naciones
Unidas. Esto no fue posible ya que este organismo no fue creado
hasta 1945. Lo que existió primero fue la Liga de las Naciones
entre 1919 y 1946. Muchas gracias.
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La historia de Taboga, la ex "Isla de las Flores", es tan apasionante, que no nos da pena, por el contrario, nos produce placer el volverla a repetir. Tal como lo van a ver, los que aún desconozcan lo que le ha sucedido, van a comprobar que el lugar ya mencionado estuvo en determinados momentos de su pasado, colocado en un sitio mayor en importancia que el de la capital. Lo anterior, debido tanto a su situación geográfica como a los hechos históricos y de relevancia económica, como los que ahora pasaréis a leer. Primitivamente, parece que la isla se conocía realmente como Haboga, y no de la manera como hoy se le conoce, o sea escrito con "T". Para 1524 y bajo órdenes de Gonzalo de Badajoz, sus hombres sitiaron, ocuparon y desvalijaron el lugar. Originalmente el sitio fue apellidado como San Pedro. Hernando de Luque, autoridad religiosa con sede en Panamá, se encarga de financiar la expedición que, al mando de Francisco Pizarro y Diego de Almagro, parte y "descubre" para los españoles el fabuloso Perú.
Esto en 1526.
En 1559 se hacen llegar 700 aborígenes que, procedentes de Nicaragua, Venezuela y el Perú, vienen a repoblar lo que había quedado asolado tras la acción de los individuos del mismo talante que Badajoz.
Entre 1670 y 1686, Taboga, la afortunada por un lado, pero de poca suerte por el otro, es asaltada por varios piratas de origen tanto inglés como francés, quienes a su vez, y con posterioridad, hicieron de ese lugar su criminal base de operaciones.
Entre 1849 a 1850, y con motivo del descubrimiento de oro en California, comienzan a pasar por Panamá decenas de miles de aventureros que se dirigían a aquel estado norteamericano con el fin de hacerse a abundantes riquezas.
Como en esta capital no había puertos seguros o con facilidades y, además, porque el flujo y reflujo de las mareas impedía el constante y rápido acceso de los barcos, en los cuales los aventureros debieran continuar su viaje, después de haber arribado a Colón procedentes de la Costa Este de los Estados Unidos (el viaje a través de este último país, era más dilatado y peligroso), los navíos se dirigían hasta Taboga en donde con el tiempo hubo buenos muelles, facilidades de todo tipo de aprovisionamiento para ellos, además de apropiados hoteles.
Taboga vivió entonces sus épocas mejores. El constante
flujo de pasajeros y los empleos y el dinero que las compañías navieras y
otras aportaron, le trajeron a la isla una bonanza que, con excepción de algunos
incidentes que ya repetimos en otras crónicas (incidentes con ciertas marinerías),
ojalá se repitiera.
Los franceses construyeron también allá un hospital de convalecientes, y los americanos más tarde tuvieron allá ciertas instalaciones, además de que querían aun más territorios.
Hoy nos cuentan que la isla ha recuperado algo de territorio, su antiguo esplendor. Que vuelvan a verse y olerse como antes los aromas de frutas y de flores, además de un sostenido progreso material, son nuestros mejores deseos para Taboga.
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