Apaga la luz y vámonos
Hay que desconfiar de líderes cívicos que cobran en votos sus servicios
Guillermo Sánchez Borbón
Cuando al toro se le ocurrió la genial idea de privatizar los servicios públicos, tuve un pálpito, que deseché acusándome de aprensivo y hasta de mal pensado. Para calmar los nervios alterados, me dije: esto jamás sucederá.
Pues bien, sucedió. Al año ya tenía nostalgia del IRHE, una nostalgia que ha ido acentuándose con el paso del tiempo. A menudo estoy frente al televisor, y cuando ya están a punto de revelar la identidad del asesino, algo estalla en alguna parte y se va la luz. A la hora, a la hora y media vuelve, pero ya para qué. Una vez se fue durante 35 horas. Esa noche la pasé en vela, porque, encima, tengo la buena (mala) costumbre de leer un buen rato antes de cerrar los ojos. Además, me vi obligado a echar al tacho de la basura todo el pollo y el pescado que se amontonaban en la parte superior de la refrigeradora. Una pequeña fortuna, pero no es nada comparado con la deuda externa de Panamá.
Todos saben que los condensadores a veces estallan. Pero el IRHE, que -contrariamente a la empresa que ha asumido sus funciones- sí sabía lo que tenía entre manos, los cambiaba en un abrir y cerrar de ojos. Recuerdo que una noche estábamos en la casa de Chito Martínez; en el preciso momento en que más acalorada estaba una discusión sobre si debía decirse "explotar" o "estallar", uno de los trabajadores del IRHE, que reparaba el daño en el farol de la esquina, no pudo contenerse y metió la cuchara: "detonar es la palabra correcta". La nueva empresa tarda horas en cambiar un condensador. Y para colmo de males te cobra los apagones. Ahora se le ha ido la mano en un aumento desaforado.
Esto causó una indignación tal, que se produjo una protesta ruidosa y espontánea. Oí la pitadera ensordecedora y vi a los jóvenes distribuyendo cintas negras, que los automovilistas les arrancaban de las manos.
En mi televisor seguí la manifestación que marchó por las calles. Quiero decirles a los indignados usuarios, que un justo movimiento como el suyo no necesita de líderes. Vi caminando al frente de la muchedumbre a tipos que conozco. Me pareció que de cada uno de ellos salía -como en las cómicas- un globito con el personaje cómodamente sentado en la Asamblea Legislativa: gozoso sueño diurno que no lo deja dormir de noche. Hay que desconfiar de líderes cívicos que cobran en votos sus servicios.
Siento tanta, o más, nostalgia del INTEL. No había terminado la nueva empresa de instalarse, cuando de golpe y porrazo me triplicó el coste del teléfono. Y es uno de los factores de la crisis económica que nos aflige. Porque puso de moda ese invento del diablo que se llama teléfono celular, convirtiéndolo en un símbolo de exaltado estatus social. Yo comprendo que el aparatito le resulte muy conveniente a médicos y empresarios, pero... leí en alguna parte que en familias con un ingreso total de 500 dólares mensuales había hasta tres celulares. Y muchos niños lo tienen. ¿Para conversar con sus amiguitas o con sus amiguitos? Y no hay señora bochinchosa que no lo cargue para hablar mal de los otras con las otras. No creo que se haya cuantificado, pero deben sumar por lo menos 100 los millones de dólares que se retiran anualmente de la circulación.
Las privatizaciones vinieron casadas con la globalización. Recuerdo que un amigo me dijo, muy entusiasmado, que pronto podríamos comprar a bajo precio los artículos de primera necesidad y de los otros. Yo le contesté: "Magnífico. Pero, ¿dónde va a trabajar la gente para aprovechar el baratillo? Por otra parte nada va a bajar de precio porque los dueños de supermercados se pondrán de acuerdo para mantener (o aumentar) los precios actuales".
Dicho y hecho.
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