Panamá, 21 de mayo de 2003
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De la familia natural a la familia 'a la carta'

Institucionalizar la protección -y claro, los derechos y deberes- a quienes siguen eligiendo un estilo de vida sin compromisos a futuro, es atentar contra la institución de la familia natural

Mario Pezzotti

Una pluralidad de formas de convivencia afectiva de muy diversos orígenes y estructuras se ha abierto camino en la civilización occidental. Cada uno de esos tipos de convivencia reclama para sí la calificación de "familia" y, por consiguiente, exige idéntica protección social, jurídica y económica.

Hay bastante coincidencia al apreciar que el proceso se caracteriza por la presencia de dos fenómenos opuestos pero convergentes hacia un mismo resultado: una progresiva deslegalización de la familia institucional, que va acompañada, en contrapartida, por una correlativa juridificación de las convivencias de hecho.

Teniendo la buena intención de proteger las situaciones preexistentes o hechos consumados, quien legisló ha utilizado la estructura jurídica de la familia fundada en el matrimonio para transferir sus efectos jurídicos -en particular, sus derechos- a situaciones muy diversas, basándose en la existencia de una convivencia afectiva o en la simple libertad individual del ciudadano. Pero nunca ha sido necesario cambiar la definición y el contenido de las instituciones naturales -como el matrimonio y la familia-, desvirtuándolas para hacer que se regulen otras realidades distintas y aplicándoles normas iguales o similares. Los casos de excepción no han debido ser institucionalizados como si fueran el común denominador, pues lo único que se ha conseguido es debilitar la institución del matrimonio y, por ende, de la familia.

¿Cuál ha sido el detonante de esta descomposición del sistema familiar clásico? Me atrevo a asegurar que todos esos cambios se han realizado bajo una misma bandera: la libertad individual, amparada y protegida mediante diversas fórmulas jurídicas, tales como el derecho a la intimidad (right of privacy), y el derecho personalista. Mal llevados a extremos e interpretados erróneamente, nos hacen ver al hombre como el centro del Universo, al hombre como valor ético en sí, al hombre como fin y no como medio.

El hombre es parte de un proyecto divino o natural, como queramos, y no debe ser concebido como prioridad y fin último. Si lo que perseguimos es la satisfacción de todos nuestros instintos y necesidades, le daremos poco a poco la espalda a la civilización occidental y a sus instituciones naturales básicas en esa cómoda protección a figuras similares. Así las cosas, si ya no está de moda casarse porque "es mucha complicación" o bien porque "nos vamos a conocer y a convivir por un tiempo a ver si resulta", estamos torciendo nuestra herencia cultural a fin de lograr la satisfacción y la comodidad que ahora se estila.

De cara al estado de derecho, ¿qué méritos o ventajas tenemos los que estamos casados, cumplimos con nuestras responsabilidades familiares y paterno-filiales, inculcamos a nuestros hijos valores y principios tradicionales -que no por ser tradicionales son malos-, creyendo que la fidelidad conyugal es requisito sine qua non para construir una familia y que, por ende, los hijos son producto del amor cimentado y no furtivo? Si coincidimos en que el mundo está en crisis de valores a todos los niveles, ¿por qué el día que se legisla para poner en su justo sitio y corregir los entuertos que se dan alrededor del concepto de "familia", se nos trata igual a los que elegimos salvar y conservar esas instituciones y esos principios, que a los que eligieron ignorarlos y, de paso, acabar un poco más con nuestra civilización?

Ahora resulta que te unes con otra persona, seas soltero o casado, sean del mismo o diferente sexo, da igual; tengas intenciones duraderas o no, es más, dure una noche, un año o solo un lustro, y ambos tienen la misma protección legal que quien hace las cosas de manera correcta. Y utilizo la frase "manera correcta", porque debe ser correcto mi estilo de vida tradicional, si quienes hacen las leyes lo usan de modelo para darle prerrogativas y ventajas a quienes eligieron otros estilos de vida.

Que no se me entienda mal. No estoy en contra de las uniones libres ni de los hijos habidos fuera de matrimonio ni de las queridas ni de los que tienen una familia nueva cada dos años ni de los que son parte integrante de cuatro familias a la vez... Simplemente no comparto sus estilos de vida, y opté por la familia natural, tradicional, como ha sido desde que se formó esa institución. Así lo hicieron mis padres, mis abuelos y los que les precedieron en esa rica herencia de principios éticos que hoy ha llegado hasta mí. No quise una "familia a la carta", por eso no pedí ver el menú... Comprendo que al momento de legislar nos encontramos con muchos casos que había que proteger, muchos niños que no eligieron la realidad que les tocó vivir, y muchas madres abandonadas irresponsablemente a su suerte. Esos casos había que protegerlos y darles solución legal. Pero institucionalizar la protección -y claro, los derechos y deberes- a quienes siguen eligiendo un estilo de vida sin compromisos a futuro, es atentar contra la institución de la familia natural, desconociéndole su posición primordial, fundamental y perenne en nuestra sociedad civilizada.

No enviamos mensajes coherentes a la juventud que ahora mismo se está formando. Si para tener hijos no es necesario casarse, si la fidelidad y la monogamia ya no son consideradas valores, si en resumidas cuentas, familia es todo lo que me apetezca que sea, entonces tampoco es necesario darle importancia a los principios "antiguos", y puedo establecer mi propio código moral de vida, a mi antojo. Ahora puedo ordenar una familia "a la carta", y lo mejor es que, cuando me aburra de este menú, puedo pedir otro.

Todos sabemos lo que está bien y lo que está mal. Pero el egoísmo que lleva dentro el derecho personalista a satisfacer nuestros instintos y apetencias por encima de muchas consideraciones, nos hace engañarnos y justificar cualquier acción tendiente a no asumir los compromisos y responsabilidades que conlleva ser padres, cónyuges, ciudadanos y, últimamente, hasta ser seres humanos...

La tendencia mundial moderna parece ser la de ignorar estas apreciaciones. Sumidos en ese egoísmo, estamos llevando a la sociedad natural a la extinción, al no proteger adecuadamente sus instituciones. El egoísmo, la arrogancia personalista y la protección del placer como un icono de nuestros tiempos, son terribles ingredientes que están contribuyendo a acabar con los más elementales legados de nuestra civilización: el matrimonio y la familia.

El autor es abogado

Además en opinión

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