Perspectiva
La libertad irracional y el principio de la identidad
Dejemos a los cubanos darse cuenta por ellos mismos de sus errores o de sus aciertos, como toda nación-Estado inteligente y capaz
Everardo Bósquez De León
En cada momento que leo opiniones o comentarios sobre tópicos de actualidad nacional o internacional, siempre pienso dentro de la evaluación del texto leído, en el principio de identidad.
El principio como punto de partida del razonamiento es indemostrable, porque de lo contrario deja de serlo para convertirse en ley o en un teorema. Es por ello que en las ciencias denominadas experimentales o naturales, como en las sociales, se utilizan los principios, al inicio de toda disertación. Gracias a ello, por ejemplo, los principios morales no se pueden demostrar ni son evidentes, pero son subjetivamente indispensables como bien dice el filósofo André Comte-Sponville.
Los principios pueden ser utilizados, en base a la simple escogencia personal. A partir de lo cual, pienso casi siempre en el de la identidad, porque desde las bancas escolares aprendí, y puedo verificarlo asiduamente, que el mismo fundamenta la adecuación a la verdad: "todo ser es lo que es"; a>a, etc., en pocas palabras, el principio de la identidad es el que me permite la posibilidad de pensar y promueve el desarrollo de la verdad, como un requisito necesario, la cual posiblemente en la práctica no llegue dicha verdad a convertirse en una certeza. Pero la referencia al principio consiente un enfoque riguroso, es decir, con una severidad escrupulosa metodológicamente hablando.
Como sujeto de actualidad, he leído con atención los escritos sobre la actual situación cubana, la disidencia y las ejecuciones en ese territorio insular.
Los mismos provienen desde laureados premios Nobel de literatura, hasta incluir a nacionales políticos multifacéticos.
Pero sin tratar en ningún instante de demeritar la obra artística de esos personajes, quedo perplejo cuando leo, por ejemplo, cómo uno de los más insignes críticos del régimen político cubano, quien acaba de romper con el mismo, declara en México: "Encuentro en los perros más humanidad que en el hombre", automáticamente, el recurso al principio de la identidad y aparece la gran contradicción: perro>hombre, animalidad>humanidad, lo cual evidentemente es falso. Puede ser válido como una ficción literaria en la próxima obra de José Saramago, que se titulará Ensayo sobre la lucidez, pero es preocupante que el mismo tipo de método, propio de las ficciones literarias, se utilicen en ciencias sociales para evaluar las acciones de un Estado, como es el caso de la república de Cuba.
Y qué podemos decir en el plano nacional de la máxima figura de la música popular, Rubén Blades, quien aspira a una posición cimera en la instancia política, cuando quiere construir un silogismo a partir de dos proposiciones, una libertad y la otra expresión, pero sin reflexionar verdaderamente sobre cada una de ellas.
Comencemos con una pregunta, ¿cuándo la palabra expresión ha sido un vocablo digno de encontrarse en un diccionario de filosofía? ¿a partir de qué momento el simple hecho de decir, manifestar con palabras lo que uno quiere dar a entender, es una categoría o un concepto, ya que las expresiones también pueden ser objeto de actitudes, con gestos o cualesquier otros signos exteriores?
Seguramente, el cantante quiso significar, propongo yo: explicar, porque ello sería hacer una referencia a los principios de la causalidad o el de la razón, pero realmente no lo ha hecho.
Por ello, el señor Blades nos muestra una opinión llena de contradicciones y de supuestos dados como hechos, pero ninguno corroborado; por ejemplo, ¿cómo él puede saber que introduciendo el "Proyecto Varela" se permitirá una transición pacífica de una dictadura a una democracia plena? Ello es futuro y no es aún conocido. Corroborando posteriormente en su escrito mi afirmación, al hablar de los intereses de Miami, en contra del antes mencionado proyecto y del interés de estos ciudadanos estadounidenses en restaurar antiguos privilegios, fueros y prebendas.
Ser libre es hacer lo que se quiere. Lo cual implica tres sentidos: la libertad de acción, la libertad de la voluntad y, por último, la libertad de espíritu o de la razón. Es algo para filosofar, no para escribir una ficción artística literaria, o una canción, es un sujeto bien complejo. ¿Por dónde comenzar? Sería una opinión bastante extensa para mí que soy un simple lego en la materia. Todo lo que puedo aportar es simplemente doxa (opiniones) no epístemes (conocimientos). Pero existe el sentido común.
Por ende ser libre es querer, pero dónde se va a colocar ese acto, nada me impide querer hacer, o querer tener, pero ¿lo puedo hacer? Esa es la gran pregunta, inclusive en una democracia ideal, me encontraría al querer hacer, con el obstáculo del estado de derecho predominante en dicha sociedad organizada. Y por allí se comienza.
En el caso de las relaciones cubano-estadounidenses, nos encontramos ante realidades, no exactamente o exclusivamente marxistas-leninistas, sino aquellas propias a toda sociedad histórica, donde sus proyectos, condición indispensable para el cambio, se ven coartados por la política de poder y opresión de Estados Unidos de América y las elites colaboradoras nacionales de cada una de las potencias del hemisferio occidental, lo cual la historia nos lo demuestra con eficiencia.
No tenemos nada más que estudiar los acontecimientos propios a las relaciones bilaterales entre Estados Unidos de América y la república de Panamá para corroborar con creces esta afirmación, ya que fueron la política y los intereses nacionales estadounidenses los que nos impidieron a nosotros haber desarrollado un proyecto nacional como único camino hacia el cambio y no hemos avanzado más posterior a 1979, porque el sistema internacional, actualmente bajo el comando del Gobierno de Washington con sus redes interdependientes, reflejos de los intereses de los poderosos, impuestos en base a un poder tecnológico-militar dentro de un proceso de mundialización o globalización nos lo obstaculizan, como se lo impusieron e imponen a los mejicanos, a los cubanos, a los nicaragüenses, haitianos e igualmente a los dominicanos, en los comienzos del siglo XX y en nuestros días, al resto del continente.
En algo pues estamos de acuerdo con el cantante: dejemos a los cubanos darse cuenta por ellos mismos de sus errores o de sus aciertos, como toda nación-Estado inteligente y capaz. Ellos encontrarán su vía en la paz y en la armonía dentro de un régimen político, el más adecuado y respetuoso de la esencia misma del hombre y la mujer, sus derechos naturales y políticos inmanentes.
El autor es profesor en la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá
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