Comicios en la UP:lo que la sociedad puede esperar
Ornel Urriola
Los años sesenta fueron cruciales para los países de la llamada civilización occidental. Particularmente en los dos últimos años de la década, una ola de convulsiones juveniles, irradiadas desde las universidades se extendió a las principales ciudades de Europa, Estados Unidos de Norteamérica, Japón. Iberoamérica no fue la excepción; inclusive nuestro país, en donde, aprovechando la coyuntura de una discutida elección para escoger rector, se cerró la Universidad en 1968.
Si bien se condenaba la guerra en Vietnam, la discriminación y segregación racial en Estados Unidos, Africa del Sur, la carrera armamentista, etc., no eran movimientos orquestados por los comunistas para desestabilizar a occidente; ni por los imperialistas yanquis para iguales propósitos en Hungría, Polonia y Checoslovaquia.
Se trataba de algo más complejo y profundo. Era el clamor ante un mundo, en el que una parte de la vida social cambia constantemente al impulso de la evolución de la ciencia y la tecnología, y que se aprehende, interpreta, dirige, gobierna, administra, etc. con principios y esquemas ideológicos, políticos y administrativos desfasados, engendrados en el siglo XIX.
En occidente, tras las reyertas callejeras y la represión, se empezaron a efectuar reformas en la superestructura. Entre muchas, reformas en la educación y particularmente en el nivel superior. En la Europa "socialista", en donde las reformas (Checoslovaquia) abarcaban variadas esferas de la vida social, se aplicó la doctrina Brezniev. Los tanques del pacto de Varsovia entraron aplastando el experimento que empezaba a conocerse como la Primavera de Praga.
En Iberoamérica, al amparo de la doctrina de seguridad nacional, las reformas fueron sofocadas con golpes de Estado. Así, junto a las antiguas dictaduras, ocurrieron golpes de Estado militares en: Brasil, Argentina, Perú, Panamá, Honduras, Ecuador, Bolivia, Argentina, Chile. Populistas unos, fascistoides otros, todos estaban dirigidos a desviar, refrenar o reprimir cambios en aquellas esferas de la vida social que afectasen los intereses de las oligarquías nativas y de las transnacionales del capitalismo internacional.
En Panamá, en correspondencia con el tratado Robles-Johnson de 1967, bajo la dirección de la Universidad de Pennsylvania, se diseñó un Plan Nacional de Educación, orientado a la colonización cultural del país. Lo único positivo del plan, era que rompía con esquemas arcaicos de la universidad escolástica imbricados con la universidad profesionalizante de Bonaparte.
Experimental, en la primera fase de ejecución, el plan estaba diseñado para ser exportado a Centroamérica a través del Instituto Centroamericano de Administración y Supervisión Educativa (ICASE). Reestructurada de conformidad con los lineamientos del plan (Decreto Ley 144 de 1969 y su respectivo estatuto), encerrada por una valla de alambre ciclón, al igual que la Zona del Canal, custodiada por una policía bajo las órdenes de la Guardia Nacional, sustituida la UEU por la Dirección de Asuntos Estudiantiles, la Universidad reabrió sus puertas.
Nunca más ha vuelto a ser la institución que oteaba el futuro y orientaba las inquietudes y esperanzas de la sociedad panameña. Porque la Universidad ha sido secuestrada. El autonomismo que prohíja la impunidad, el gremialismo que entroniza el terrorismo en los que disienten, iluminados líderes héroes la mantienen aherrojada, de espaldas al futuro, enmarañada en una trama electorera gracias a la Corte Suprema de Justicia.
La bancarrota de la Universidad no es solo financiera, es también académica, pero lo más grave de todo, es una bancarrota moral. En consecuencia, nada positivo debe esperar la sociedad panameña de estas elecciones. Todo está repartido: presupuesto, cargos directivos, espacios políticos y espacios físicos. Como un pastel. A menos que la sociedad decida el pronto rescate de la institución para reestructurarla de cara al futuro y al servicio del país, nada impedirá que un día, al amparo de la más nimia coyuntura se decrete su clausura.
El autor es catedrático en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Panamá
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