
Al estilo'Parlamentando'
Hoy vemos más de un signo alarmante de que no hemos dejado atrás los talantes autoritarios y el uso abusivo del poder
Lina Vega Abad
lvega@prensa.com
Reaccionar frente a las críticas es siempre difícil. Pero cuando uno se dedica a ejercer el apasionante, pero también peligroso, oficio del periodismo, hay que afrontarlas con seriedad y valentía.
Y para hacerlo al estilo "Parlamentando", digamos que pasaré a evacuar la correspondencia pendiente.
Comencemos con Francisco Reyes, legislador por el circuito 8-7 por el Partido Arnulfista. Se ha quejado don Panchito de esta servidora y me acusa de mentir al afirmar ("Parlamentando", 19/4) que su deseo de aumentar las penas a los menores infractores lo llevó al extremo de apoyar la pena de muerte. El legislador Reyes ha afirmado en carta a La Prensa que eso nunca sucedió.
Vayan por delante mis disculpas al señor legislador si, como afirma, nunca dijo lo que a mí me contaron que dijo. Una revisión minuciosa de las actas del debate me obligan, por respeto a mí misma y a don Panchito, a darle una pública satisfacción.
Mis fuentes me dieron un dato y yo cometí el error de no verificarlo. En realidad, soy la primera en alegrarme de que no tengamos un legislador a favor de tan aberrante sanción. ¡Salud don Panchito!
Y ahora, con la familia Boyd, que ha decidido que una persona es o no ignorante, en la medida en que se conoce o no la hoja de vida de otros.
Comienzo con aquello de la palabra "antología". Para beneficio de los hijos de don Aquilino, transcribo lo que el Diccionario de la Academia Española dice sobre esa palabra: "Colección de piezas escogidas de literatura, música, etc./Digno de ser destacado". Es decir, si esta servidora, en el ejercicio de la libertad de expresión, considera la anécdota contada por el propio ex canciller, ex diputado, ex embajador ("Parlamentando" 3/5), "digna de ser destacada", espero que la familia Boyd no pretenda que volvamos a los tiempos en que dar una opinión era muy, pero muy peligroso.
Un último comentario. Una de las asignaturas pendientes de este país es el mea culpa público que ha debido hacer más de un colaborador con la dictadura. Durante esos años, se violaron los derechos humanos (ver informe de la Comisión de la Verdad), las libertades democráticas y se proscribió la verdad. No pretendo culpar directamente a don Aquilino Boyd de estos actos; pero tampoco podrá negar que sirvió a una dictadura (y que conste que fue él quien mencionó el tema en el evento de la Asamblea, teniendo seguramente anécdotas más dignas y edificantes que contar).
Se trata de un problema de principios: se está o no con la democracia y el respeto a los derechos humanos.
Y aunque para algunos -como los hijos de don Aquilino Boyd- mis observaciones me convierten en "sectaria", creo mi deber no dejar pasar inadvertidas las situaciones que nos recuerdan una época que nunca debería volver.
Los tiempos que corren hacen preciso reaccionar ante las abundantes señales de peligro que podrían dar al traste con lo que hemos avanzado en materia de libertades democráticas en este país. Hoy vemos más de un signo alarmante de que no hemos dejado atrás los talantes autoritarios y el uso abusivo del poder.
Solo cuando seamos intolerantes frente a la corrupción y los corruptos; el autoritarismo y los prepotentes, así como con la doble moral de tantas y tantos, podremos conjurar el fantasma de la dictadura que aún anida en el alma de más de uno en este país de primos y compadres.
La autora es abogada y periodista
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