
Si de animales se trata...
Está comprobado que cuando una dictadura comienza a matar a su gente, lo continuará haciendo
Rac
jbriceno@prensa.com
La medida del progreso de un pueblo, decía alguien, se mide en el trato que le da a los animales. Y aun por encima de las malas campañas en contra de las asociaciones matagatos y similares, no podemos albergar la menor duda de que el nuestro es un país con un envidiable nivel de progreso: aquí nuestros animales pueden aspirar a, y de hecho ocupan, los más altos sitiales de la vida nacional.
Y en momentos en que son frecuentes los atentados al medio ambiente con tinturas en la bahía y diesel en el río de más arriba o más abajo, reconforta enterarse que un espíritu sensitivo lucha a brazo partido para aprobar una ley que ha de convertirse en un monumento de la vida animal.
Como en una vieja película entrevista a través de la nebulosa de la memoria, en donde el protagonista, en una prueba suprema de amor a su mascota, ofrece regalarle una ley que materialice y ejemplifique para las futuras generaciones toda la intensidad y el cariño entre las especies.
Comienza el proyecto de ley por establecer su inmediato objetivo: "erradicar y sancionar el maltrato y los actos de crueldad en su contra". Luego de lo cual pasa a concretar 17 definiciones que serían la envidia de cualquier académico de la lengua. Entre las perlas que resaltan entre estas definiciones está, por ejemplo, biocidio, que ha de resultar de una operación no tan sencilla como la suma de bio + cidio. La primera en su acepción de "vida", y la segunda, por su parte, en su estricto significado de "acción de matar". Este malabarismo idiomático inspira la creación de contribuciones como gaticidio o perricidio, cuya utilidad a la hora de reportar las masacres de semanas atrás se traduciría en precisiones pasmosas.
Otro de sus artículos, el 16 para ser más precisos, resultará preocupante para uno de los precandidatos presidenciales, quien agradecerá que la susodicha ley no sea retroactiva, ya que establece que "quien utilice a un animal en cualquier rito o culto ceremonial que implique sufrimiento para dicho animal, será sancionado de acuerdo con las leyes vigentes por las autoridades correspondientes". ¿Se aplicará, indistintamente, a quien reviente en un ritual de campaña a un inocente equino de paso quizá tan fino como el que más de los jinetes?
Dudas no caben de que este proyecto nos catapulta a los más altos estadios de progreso y avanzada legislativa. De ser ampliamente discutido con señeros representantes de los gremios interesados -Lassie, Topo Gigio, Mr. Ed o, en su defecto, Barney- auguramos larguísimas procesiones de representantes de todo el mundo desfilando por nuestros predios legislativos para embadurnarse del espíritu animal de semejante proyecto. Porque eso de exigir certificados siquiátricos a quienes se atrevan a entrenar animales es de avanzada, y envidiable, por cierto. Y encima, prohibir "la entrada, permanencia y funcionamiento en el territorio nacional de todo circo que utilice animales de cualquier especie doméstica o silvestre" es de antología. No faltará después una ley humanitaria que declare fuera de la ley el uso de payasos y trapecistas, para que la visita a los circos pase a formar parte de un curso de historia. ¿Se imaginan qué trauma para nuestra niñez sedienta de sana diversión?
El proyecto continúa extendiéndose a lo largo de 44 artículos, pero el sentido común, que al parecer no es tan común como debiera, no da para seguir zambulléndose en un estudio tan solitario. Una ley tan sustanciosa no puede ser abordada si no con la ayuda de las ilustres inteligencias que solo en un circo se pueden encontrar. Y en eso de los circos no hay quien nos gane: contamos con un circo ejecutivo, un circo legislativo, y del circo judicial mejor ni hablemos.
Luego de tantos atentados en contra de una bahía deliciosamente teñida de rojo, de un arboricidio infame en Darién, de los derrames de diesel y bunker en nuestros riachuelos, y de una espectacular matanza de perros y gatos, resulta tranquilizante, repito, saber que la sensibilidad de uno de nuestros ilustres legisladores contribuye con la paz de nuestras almas.
Panamá establece, otra vez, modelos a seguir. Y el hecho de que lo haga en el terreno animal no nos resta mérito. Al fin y al cabo, la mayor muestra de madurez es explotar aquellos aspectos en los que mejor se desenvuelve cada cual. ¡ Y que Rin Tin Tin nos agarre confesados!
El autor es caricaturista
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