
Castro, Stalin y sus errores
Está comprobado que cuando una dictadura comienza a matar a su gente, lo continuará haciendo
Gerardo Berroa Loo
gberroa@prensa.com
Entre el 18 y el 22 de abril de 1992, Fidel Castro concedió en La Habana una larga entrevista al ex comandante sandinista Tomás Borge. Hablaron de todo, incluso, Castro, desaparecida la URSS, se atrevió a culpar a José Stalin por el descalabro inicial de esa superpotencia. Errores, dijo, "que le granjearon la antipatía a la Unión Soviética en grandes sectores de la opinión pública mundial".
Esos errores, tres en especial, aseguró Castro, no los hubiese cometido él, porque se trató de errores "garrafales" en la política exterior soviética.
Y ¿cuáles fueron estos tres errores? El primero, el Pacto Molotov-Ribbentrop, el Pacto Nazi-Soviético de 1939 que unió a los dos poderes totalitarios de Europa contra Occidente, y ayudó a hundir al mundo en la Segunda Guerra Mundial. El segundo error de Stalin fue apoderarse de parte del territorio polaco, y como corolario, su tercer error, "la guerrita con Finlandia".
Esos errores, agregó Castro, pusieron a los comunistas de todo el mundo, que eran muy solidarios y amigos de la Unión Soviética, en situaciones muy difíciles al tener que defender ante la opinión pública de sus países cada uno de aquellos episodios, porque tuvieron que hacerse una especie de harakiri por defender a la URSS.
Desde aquellos famosos errores de Stalin que menciona Castro, han pasado más de 60 años. Hoy vemos con estupor cómo Castro comete errores que el propio Stalin no hubiera cometido. Tras la desintegración de la URSS, Cuba se levanta como el único país radicalmente socialista, con muchos amigos de la revolución en todo el mundo, especialmente en Europa. Grandes intelectuales sienten especial simpatía por este país que se enfrenta con el imperio universal llamado Estados Unidos.
Pero Castro, en vez de preservar y hacer crecer esas simpatías, este año consumó lo que no hizo Stalin para finales de la década del 30, a pesar de que la posición en la que se encontraba en aquel entonces el líder soviético, quizás era más difícil que por la que atraviesa en la actualidad el líder cubano. Hace poco, un par de semanas nada más, Castro condenó a penas desproporcionadas a un grupo de periodistas disidentes y ordenó fusilar a tres cubanos que secuestraron un ferry para huir de la isla.
Lejos de que los intelectuales se hicieran el harakiri, como lo hicieron con los errores de Stalin, grandes amigos de Cuba rompieron con Castro. Uno de ellos, Eduardo Galeano, cuestionó al Gobierno cubano por semejante barbaridad, porque se trata de actos que "pecan contra la esperanza". El premio Nobel de literatura José Saramago fue más tajante. "Hasta aquí he llegado. De ahora en adelante Cuba seguirá su camino; yo me quedo", afirmó, porque "Cuba no ha ganado ninguna heroica batalla fusilando a esos tres hombres, pero sí ha perdido mi confianza, ha dañado mis esperanzas, ha defraudado mis ilusiones".
Estos errores cometidos por Castro, es indudable, no son para nada defensivos de la revolución cubana como algunos afirman; son actos cobardes y crueles que deben ser aborrecidos por toda la humanidad. Son también signos de decadencia, porque está comprobado que cuando una dictadura comienza a matar a su gente, lo continuará haciendo, porque cada día aumentan las voces disidentes, los rebeldes y sediciosos. Es el principio del fin de una dictadura; el principio del fin de Castro y su garulilla.
El autor es periodista
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