El transporte público: belleza del caos
En la agenda del diálogo entre Gobierno y transportistas se deben discutir, entre otros factores, las distancias de las distintas rutas y la tarifa única
Anel González García
anelpsi@hotmail.com
Este un problema del cual nos hemos ocupado en más de una ocasión. La guerra de Irak y la del Golfo Pérsico han reeditado un viejo conflicto y han concitado un nuevo foco de tensión entre las autoridades del Gobierno, los transportistas y los usuarios. En una entrega anterior propuse a todos los sectores del servicio o negocio del transporte, que se requiere abordar el problema con los recursos y posibilidades que nos ofrecen las investigaciones, los estudios y las proyecciones científicas de las cuales la inteligencia pueda proveer. Planteaba, en aquel artículo, que la organización y eventual realización de un primer Congreso del Transporte y Tránsito en Panamá podría ayudar a encontrar soluciones a las diversas variables que intrincan el amasijo de situaciones de este capital problema nacional.
No obstante, al parecer algunos de los protagonistas de este complicado problema son muy afectos a los remiendos, maquillajes y a las soluciones mientras tanto o coyunturales. No hay manera que las autoridades correspondientes ejerzan un liderazgo proactivo y convoquen con visión de estadistas y proyección de futuro la búsqueda de soluciones a un problema tan fundamental para el progreso del país.
En un breve viaje por internet, no se requieren muchos segundos para encontrar cómo muchos países del mundo, decenas de ellos, con menos recursos y más población que Panamá, han tomado este asunto con gran responsabilidad y visión avanzando con soluciones muy eficaces. Por ejemplo, entre los días 4 y 9 de mayo próximo tendrá lugar en Madrid el 55 Congreso Mundial sobre Transporte Público, en el cual participarán más de 130 países. No tengo la menor idea si a este asistirá alguna representación nuestra. Y quizá sea mejor que no acudan, porque me da la impresión que el viaje sería para turistear, dado que al no haber ningún estudio ni mucho menos haber celebrado un congreso interno, quienes viajasen, con toda seguridad nos dejarían en el más espléndido ridículo.
Si en alguna ocasión se ha participado en alguno de los 54 congresos mundiales, me pregunto qué se aprendió y qué se aplicó. Amables lectores, permítanme referirme a algunos temas, que desde ningún punto de vista podrían estar al margen de la discusión del problema del transporte público, aun cuando, ahora lo crucial y prioritario sea la tragedia del aumento del costo del combustible y cómo se ha de enfrentar, en la coyuntura de la amenaza y consumación brutal de una nueva guerra.
Desde nuestro modo de ver el problema, la unilateral fórmula al alza del combustible y la consecuente alza de la tarifa, gestada por los gremios transportistas y por los comerciantes del petróleo, únicamente contempla la transferencia del costo a los usuarios. Ahí radica el sesgo y monovisión del problema. En la agenda del diálogo entre Gobierno y transportistas se deben discutir, entre otros factores, las distancias de las distintas rutas y la tarifa única; el tiempo y movimiento de las unidades en ruta; las condiciones físicas de la flota; el reordenamiento de las rutas verticales y horizontales; la dinámica vial y el sistema de control vehicular; los sistemas inteligentes del transporte, la monolinearidad y las alternativas de tipo transmilenio y metro; la estructura del negocio del transporte urbano y rural; las diversas modalidades del servicio público; la rotación de la flota; la formación y profesionalización de los conductores; la concesión de licencias y certificados de operación; la diferenciación entre empresario y trabajador del transporte; la condición laboral contractual y las prestaciones sociales de los conductores. En fin, una multitud de factores que en la mesa de negociación no forman parte de la agenda, como también lo es el problema de la contaminación por el dióxido de carbono (CO2).
Ciertamente, un congreso no soluciona absolutamente nada, pero constituye un momento y un lugar donde se encontrarían científicos, investigadores y estudiosos que aportan valiosas conclusiones sobre determinados problemas. Considero que la ausencia de Panamá de estos importantes foros refleja la pobreza de la voluntad y una imperdonable actitud de persistir navegando en la cultura de la improvisación y el "juega vivo".
Me llama poderosamente la atención que una de las investigaciones, que será entregada en el congreso madrileño de mayo próximo, concluyó que "el transporte público consume 3.7 veces menos energía por pasajero que los medios privados de transporte, según un estudio realizado por la Unión Internacional de Transportes Públicos (UITP) en 100 ciudades a nivel mundial". (Yahoo Noticias, Mundo). Si consideramos estos resultados, no queda más que concluir que los más afectados por el aumento del combustible no son los transportistas, sino todos los que tenemos algún chunche para movernos. O en su defecto suponer que debería subsidiarse o diferenciarse el precio para todos que tenemos alguna cacharpa, en virtud de que el rendimiento por galón es casi cuatro veces menor que el rendimiento de la misma cantidad para un autobús. Ojo con los goles de meta a meta. Ya tuvimos uno, cuando en base a 750 encuestados, se coló de penalti, y ¡aún sigue quemando el fondo de la canasta básica!
Sin pretender sentenciar apocalípticamente al respecto, la falta de visión estratégica y de una política planificada de Estado, en éste como en muchos problemas nacionales, nos lleva como país hacia un caos majestuosamente dramático. Los temas a los que me he referido no son los únicos del caso, pero como muestra ayudan a mirar el problema desde otros ángulos. Los transportistas emocionados quizás por el anuncio de una guerra salvaje y criminal -y que parece encajonar la razón bajo el imperio de los intereses y de la rapacidad- quisieran llevarnos a pensar que la salida pudiera ser la creación de nuevos consorcios, de nuevos socios y el advenimiento de nuevos reyes del oro negro. Si esto prosperase, seríamos testigos de una de las más hermosas bellezas del caos, y veríamos cómo la enclenque economía buscaría una sima más profunda para continuar su incontenible declive. ¿Qué opina Ud., amable lector?
El autor es sicólogo
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