Panamá, 9 de abril de 2003
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Todo está en la cabeza

CAIUS APICIUS
DE EFE

MADRID, España. -Ni apetito ni ojos: con lo que de verdad comemos, al menos en las sociedades occidentales, es con la cabeza, ya que son nuestras filias y nuestras fobias, nuestros prejuicios a favor o en contra de algo, lo que lo hace apetitoso o repugnante.

Comemos con la cabeza. Pero ¿qué pasa cuando se trata de comer precisamente cabezas?

Pues que hay personas que defienden que es en la cabeza de cualquier animal donde se encierran los mejores sabores, mientras que otras son totalmente incapaces de comerse esa parte de la anatomía animal.

Mi caso está entre los segundos. Las cabezas de cuadrúpedos como el cordero, la ternera o el cerdo, me gustan muchísimo... a condición de no verlas. Me explico: me encantan los sesos de cordero, su lengua, la de ternera, las carrilleras (mejillas) de ambos animales y las del cerdo, del que añadiré el hocico y las orejas.

Pero no quiero ver esas cabezas sobre la mesa, porque pierdo instantáneamente el apetito, y no veo un conjunto de cosas ricas, sino... una cabeza, que me da la impresión de que me mira, aunque carezca de ojos. No puedo con ellas, la verdad.

Tampoco con las de pescado, aunque por razones muy distintas. Quiero decir que la "mirada" de un pez no me inquieta; ocurre que soy absolutamente torpe a la hora de internarme entre los huesos de la cabeza del pescado para extraer bocados que, lo reconozco, están riquísimos, pero que requieren un esfuerzo, a mi parecer, desproporcionado: mucho trabajo para poco rendimiento, cuantitativamente hablando, se entiende.

Las cabezas de pescado han pasado, al menos en España, de ser un subproducto, útil, si acaso, para preparar sopas, caldos y fondos de pescado, a convertirse en una muy cotizada exquisitez. La del rape o pejesapo, por ejemplo, enorme, monstruosa, feísima, encierra unas "mejillas" deliciosas. Pero la reina es la de la merluza, aunque se le llame "cogote", porque se sirve con buena parte de esa porción de su cuerpo.

Envidio a quienes saben hurgar entre huesecillos para extraer pequeñas porciones de carne cuyo sabor y textura, vuelvo a reconocerlo, son auténticas delicias. Pero carezco de dos cosas básicas para poder disfrutar de ellas: ni tengo habilidad ni tengo paciencia, así que...

Pero a ustedes no tienen por qué faltarles esos dones, de modo que les contaré cómo se convierte en una joya culinaria un "cogote" de merluza; y merluzas, de una especie u otra, hay prácticamente en todas las aguas del planeta. Otra cosa es que sea un pescado tan idolatrado como en España, adonde llegan merluzas de todos los mares, frescas, refrigeradas o congeladas.

La preparación reina es a la parrilla; pero no es fácil hacerla en casa, donde, en cambio, se obtienen muy buenos resultados con un horno medianamente bueno.

Usen un cogote, con la mitad de la cabeza, de algo más de un kilo de peso. Ante todo, tendrán que limpiarlo, quitándole todas las telillas; abrirlo a lo largo por la mitad, extrayéndole la espina central en la parte del cuello, y salarlo por dentro y por fuera.

Unten con unas gotas de aceite una bandeja de horno, pongan ahí el cogote con la piel hacia abajo y úntenlo ligeramente con aceite. Calienten el horno a 200 grados y metan la bandeja a media altura. Estará en su punto en 15 minutos.

Mientras, preparen un refrito con aceite de oliva, una pizca de guindilla y tres dientes de ajo en láminas. Cuando éstas tomen color, retiren la sartén del fuego. Una vez listo el cogote, rocíenlo con unos chorretones de vinagre de sidra y viértanle encima el refrito, bien caliente. Vuelvan a echar en la sartén todo el jugo de la bandeja y déjenlo reducir un poco, moviéndolo para que ligue. Finalmente, viértanlo otra vez sobre el pescado. Medio cogote por ración, con su juguito... y buen apetito.


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