Panamá, 9 de abril de 2003
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La verdadera guerra (IV)

Estados Unidos no puede ni debe seguir equivocándose tan flagrantemente en su política internacional, porque los efectos nocivos de sus errores los sufre la humanidad entera

Juan David Morgan
jdmor@morimor.com

No era mi intención volver a escribir sobre la guerra. Pero a medida que se prolonga y recrudece el conflicto bélico en Irak, resulta más que imposible sustraerse del tema. Las imágenes de las víctimas son demasiado elocuentes, conmovedoras y la pluma -o la computadora- se niegan a escribir sobre cualquier otro asunto que, aun siendo serio e importante, palidece si se lo compara con la enorme tragedia que están viviendo tanto los iraquíes como los estadounidenses, los ingleses, y con ellos el resto de la humanidad.

Si hay algo que desafía la razón y los sentidos son las profundas contradicciones, la pasmosa inversión de valores que surge cuando los hombres empuñan el fusil para dirimir controversias. A fin de que la guerra resulte más llevadera se han creado dogmas que los contendientes deben respetar: "me puedes matar, pero tienes que estar vestido de uniforme". ¡Qué absurdo! Como si las más elementales normas de supervivencia no obligaran a todos los ciudadanos, soldados o civiles, a tomar las armas en defensa del suelo patrio. O como si las armas mortíferas que se utilizan no fueran actualmente disparadas desde cientos de kilómetros de distancia del blanco con solo oprimir el botón de una máquina. Absurda también resulta la diferencia que, a la hora de matar, se quiere establecer entre civiles y militares. ¿Acaso los soldados no son también padres, madres, hijos y cónyuges, y su muerte no trunca, igualmente, sueños e ilusiones? Acentuando aún más el sentido de lo absurdo, las noticias que escuchamos y presenciamos tratan de convencernos de que mientras menos civiles mueran en las batallas, más limpia, mejor y aceptable será la guerra. ¡Cuánto cinismo! En una guerra no hay grados de bondad; todas son malas porque en ellas, por encima de la razón y el diálogo, prevalece la intención de aniquilar a nuestros semejantes, infligir daño a territorios ajenos y humillar al vencido.

Para mantener su liderazgo en el mundo occidental, Estados Unidos tendrá que superar el cúmulo de contradicciones, paradojas y doble patrón moral que en los últimos 40 años ha empañado algunas de sus actuaciones en la arena internacional. Los ejemplos sobran, comenzando por el del propio Sadam Husein. Cuando el adversario de los estadounidenses era Irán, no dudaron en suministrar armas y apoyo a quien, entonces y ahora, era el tirano de Bagdad, porque en aquellos días la guerra que libraba era contra los ayatolá. Hoy, esas armas matan a soldados estadounidenses e ingleses. Y cuando la Unión Soviética era el enemigo declarado, también se apresuraron a enviar pertrechos y armamento a Osama bin Laden para que combatiera a los rusos en Afganistán. Hoy todos sabemos el uso terrible que bin Laden le dio a sus armas. En nuestro propio país se requirió una invasión armada para sacar del poder a su antiguo aliado y empleado mimado de sus servicios de inteligencia. La misma realidad sombrea a lo largo de Latinoamérica, donde en más de una ocasión, por conveniencias del momento, una desacertada política estadounidense decidió proteger dictadores dejando a un lado la libertad, la democracia y los derechos humanos.

No, hoy que es la única potencia mundial, Estados Unidos no puede ni debe seguir equivocándose tan flagrantemente en su política internacional, porque los efectos nocivos de sus errores los sufre la humanidad entera. Aun cuando las repercusiones de la precipitada invasión a Irak todavía están por verse, nadie parece dudar de que serán desastrosas tanto para la economía mundial como para el equilibrio político del planeta, amén de que ampliará, aún más, el peligroso abismo que ya hay entre musulmanes y cristianos.

Debido a que los valores que hacen grande a una nación son permanentes e inmutables y las actuaciones de Estados Unidos, como país modelo, deben enmarcarse dentro de esos valores, es hora de que los dirigentes de esa gran nación del norte hagan un alto, reflexionen y comprendan que en el mundo de hoy una potencia mundial no puede buscar soluciones momentáneas y de corto plazo para resolver problemas complejos y de largo alcance. Así lo percibieron sus admirados próceres, sus founding fathers, cuando sentaron las bases que hicieron de la patria de George Washington, Abraham Lincoln y Franklin Delano Roosevelt, el paradigma de la democracia, el humanismo y la libertad.

El autor es abogado y escritor

Además en opinión

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