La verdadera guerra (IV)
Estados Unidos no puede
ni debe seguir equivocándose tan flagrantemente en su política internacional,
porque los efectos nocivos de sus errores los sufre la humanidad
entera
Juan David Morgan
jdmor@morimor.com
No era mi intención volver a escribir sobre
la guerra. Pero a medida que se prolonga y recrudece el conflicto
bélico en Irak, resulta más que imposible sustraerse del tema. Las
imágenes de las víctimas son demasiado elocuentes, conmovedoras
y la pluma -o la computadora- se niegan a escribir sobre cualquier
otro asunto que, aun siendo serio e importante, palidece si se lo
compara con la enorme tragedia que están viviendo tanto los iraquíes
como los estadounidenses, los ingleses, y con ellos el resto de
la humanidad.
Si hay algo que desafía la razón y los sentidos
son las profundas contradicciones, la pasmosa inversión de valores
que surge cuando los hombres empuñan el fusil para dirimir controversias.
A fin de que la guerra resulte más llevadera se han creado dogmas
que los contendientes deben respetar: "me puedes matar, pero tienes
que estar vestido de uniforme". ¡Qué absurdo! Como si las más elementales
normas de supervivencia no obligaran a todos los ciudadanos, soldados
o civiles, a tomar las armas en defensa del suelo patrio. O como
si las armas mortíferas que se utilizan no fueran actualmente disparadas
desde cientos de kilómetros de distancia del blanco con solo oprimir
el botón de una máquina. Absurda también resulta la diferencia que,
a la hora de matar, se quiere establecer entre civiles y militares.
¿Acaso los soldados no son también padres, madres, hijos y cónyuges,
y su muerte no trunca, igualmente, sueños e ilusiones? Acentuando
aún más el sentido de lo absurdo, las noticias que escuchamos y
presenciamos tratan de convencernos de que mientras menos civiles
mueran en las batallas, más limpia, mejor y aceptable será la guerra.
¡Cuánto cinismo! En una guerra no hay grados de bondad; todas son
malas porque en ellas, por encima de la razón y el diálogo, prevalece
la intención de aniquilar a nuestros semejantes, infligir daño a
territorios ajenos y humillar al vencido.
Para mantener su liderazgo en el mundo occidental,
Estados Unidos tendrá que superar el cúmulo de contradicciones,
paradojas y doble patrón moral que en los últimos 40 años ha empañado
algunas de sus actuaciones en la arena internacional. Los ejemplos
sobran, comenzando por el del propio Sadam Husein. Cuando el adversario
de los estadounidenses era Irán, no dudaron en suministrar armas
y apoyo a quien, entonces y ahora, era el tirano de Bagdad, porque
en aquellos días la guerra que libraba era contra los ayatolá. Hoy,
esas armas matan a soldados estadounidenses e ingleses. Y cuando
la Unión Soviética era el enemigo declarado, también se apresuraron
a enviar pertrechos y armamento a Osama bin Laden para que combatiera
a los rusos en Afganistán. Hoy todos sabemos el uso terrible que
bin Laden le dio a sus armas. En nuestro propio país se requirió
una invasión armada para sacar del poder a su antiguo aliado y empleado
mimado de sus servicios de inteligencia. La misma realidad sombrea
a lo largo de Latinoamérica, donde en más de una ocasión, por conveniencias
del momento, una desacertada política estadounidense decidió proteger
dictadores dejando a un lado la libertad, la democracia y los derechos
humanos.
No, hoy que es la única potencia mundial, Estados
Unidos no puede ni debe seguir equivocándose tan flagrantemente
en su política internacional, porque los efectos nocivos de sus
errores los sufre la humanidad entera. Aun cuando las repercusiones
de la precipitada invasión a Irak todavía están por verse, nadie
parece dudar de que serán desastrosas tanto para la economía mundial
como para el equilibrio político del planeta, amén de que ampliará,
aún más, el peligroso abismo que ya hay entre musulmanes y cristianos.
Debido a que los valores que hacen grande a una
nación son permanentes e inmutables y las actuaciones de Estados
Unidos, como país modelo, deben enmarcarse dentro de esos valores,
es hora de que los dirigentes de esa gran nación del norte hagan
un alto, reflexionen y comprendan que en el mundo de hoy una potencia
mundial no puede buscar soluciones momentáneas y de corto plazo
para resolver problemas complejos y de largo alcance. Así lo percibieron
sus admirados próceres, sus founding fathers, cuando sentaron las
bases que hicieron de la patria de George Washington, Abraham Lincoln
y Franklin Delano Roosevelt, el paradigma de la democracia, el humanismo
y la libertad.
El autor es abogado y escritor
Además en opinión
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(IV): Juan David Morgan
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