Guerra, también al medioambiente
Los conflictos bélicos,
pasados y presentes, dejan secuelas funestas para la salud humana
y la naturaleza
Omar Segura
De EFE-Reportajes
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| Soldados británicos
en Irak listos para disparar. Las armas también asesinan al
medio ambiente, y siguen matando mucho tiempo después de disipado
el olor a pólvora. Además, las mareas negras, como esta que
hace huir a los camellos de la foto superior, serán solo algunas
de las consecuencias de la segunda Guerra del Golfo.
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El petróleo líquido o quemado que ennegrece los
suelos, aires y aguas de Irak, refleja solo parte del daño que genera
todo conflicto bélico en la naturaleza. Las guerras no solo ocasionan
destrucción, muerte y miseria; también siembran el planeta de residuos
tóxicos, explosivos o radiactivos. El mar es un gran basurero de arsenales
caducados y navíos con su mortal carga intacta. Las maniobras militares,
las minas, los proyectiles sin explotar, las armas químicas y las
pruebas de armas atómicas tienen un impacto ambiental de grandes dimensiones
y duración.
Mareas negras de petróleo derramado en la
tierra y el mar, nubes tóxicas emitidas por las partículas lanzadas
a la atmósfera por infinidad de incendios, toneladas de materiales
tóxicos producidos por las explosiones y montañas de chatarra y
de metales pesados provenientes de los restos de municiones, armas
abandonadas, destruidas, enterradas o hundidas en las aguas. Son
solo algunas de las devastadoras consecuencias medioambientales
que dejará la guerra en Irak, sea cual sea la evolución de los acontecimientos
y el resultado de los combates, porque las armas también "asesinan"
al medio ambiente, y siguen matando mucho tiempo después de disipado
el olor a pólvora.
Las maniobras militares, las minas antipersonales,
los proyectiles sin explotar y las armas químicas son amenazas que
afectan la vida y la salud durante mucho tiempo. Los cientos de
pruebas de armas atómicas efectuadas por las superpotencias en las
últimas décadas, tanto en la atmósfera, el subsuelo como en los
océanos, tienen un impacto ambiental muy difícil de medir debido
al secreto con que se efectúan los ensayos nucleares.
Las secuelas de los conflictos se prolongan mucho
tiempo después de extinguido el último eco de la última batalla.
La letal dioxina, un compuesto tóxico del famoso Agente Naranja,
un preparado usado como defoliante en Vietnam, para devastar la
vegetación selvática donde se escondían las tropas del Viet Cong
para atacar a los americanos, todavía sigue presente en la selva
sudasiática, décadas después de finalizada la contienda.
Los ecos de la batalla
"El hallazgo de una bomba de la Guerra Civil española
paraliza los vuelos en el aeropuerto madrileño de Cuatro Vientos...
Una bomba que no estalló en la II Guerra Mundial amenaza una valiosa
zona coralina en Panamá... Hallan una granada entre patatas francesas...
Un incendio hace explosionar bombas enterradas en las montañas desde
la batalla del río Ebro".
Noticias como éstas aparecen periódicamente en la
prensa de los países que han sufrido conflictos armados recientes
o incluso acaecidos hace décadas. Son solo la "punta del iceberg"
de una secuela de la guerra que siembra el planeta de muerte y enfermedades
a largo plazo: la contaminación bélica.
Al menos 200 millones de minas del tipo FOB Karachi
esperan agazapadas en el suelo de más de 50 países a que alguien
las pise o las toque para descargar su metralla, y cada mes unas
800 personas son alcanzadas por estas armas, que matan o mutilan,
según la organización ecologista Greenpeace.
Este letal artefacto producido en Pakistán, y que
según sus fabricantes ha sido diseñado para producir daños personales
ya que "es mejor lisiar al enemigo que matarlo", es solo uno de
los muchos que amenazan la vida humana por tiempo indefinido, una
vez que han terminado las contiendas bélicas.
Otro artefacto igual de temible, que muchas organizaciones
intentan que se catalogue junto con las minas en la misma categoría
que las armas nucleares, químicas y biológicas son las denominadas
"bombas de racimo", que estallan en el aire y lanzan hasta 75 granadas
que se esparcen por una amplia zona, y muchas veces aparecen disimuladas
bajo la forma de objetos corrientes.
Infinidad de barcos yacen en el fondo del mar, muchas
veces cerca de las costas, con su mortal carga de armas intacta
en sus bodegas, después de ser hundidos durante las últimas contiendas
mundiales o por accidentes en tiempos de paz.
Chatarra submarina
Bajo las aguas y cubierto de corales, frente al
puerto de Port Sudan descansa desde junio de 1940 el barco mercante
italiano Umbrea, con 300 mil bombas de aviación, obuses de artillería
y minas marinas, que en caso de estallar crearían una ola que arrasaría
la vecina ciudad costera.
Otro submarino soviético, equipado con propulsión
y armamento nuclear, que naufragó a 800 kilómetros de las islas
Bermudas, está liberando plutonio y uranio a las aguas, en lo que
se considera es la mayor fuente de radiactividad de todos los vertidos
efectuados a lo largo de la historia en los océanos.
Esto, por poner dos ejemplos de contaminación bélica
en el mar, un medio que, según algunos expertos, tiene la capacidad
de disolución suficiente para neutralizar las sustancias peligrosas,
pero que, para otros, tiene un límite de saturación a partir del
cual los tóxicos pueden afectar la fauna y flora.
En 1993, el navío chipriota Mary H perdió en las
playas de Bretaña 34 mil detonadores explosivos, dotados de un sistema
eléctrico de deflagración y con una potencia suficiente para causar
importantes daños físicos si se manipulan o golpean, lo que mantuvo
en vilo a las autoridades de Francia y España, debido a la dispersión
de estos explosivos por las corrientes marinas.
El vertido o la explosión controlada de miles de
toneladas de obuses, proyectiles o munición caducada en los mares,
es otra fuente de sustancias peligrosas y contaminantes, ya que
contiene metales pesados como el plomo o el mercurio, muy tóxicos
y persistentes durante décadas, que pueden entrar en la cadena alimenticia
y afectar a los seres humanos, según los ecologistas.
Armas, a la basura
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, los
Gobiernos se han desecho de cientos de miles de toneladas de agentes
de guerra química obsoletos, residuos de armas nucleares y munición
convencional, vertiéndolos al mar, enterrándolos o incinerados en
el aire.
La
dioxina, un componente muy nocivo para la salud, ya que causa cáncer
y malformaciones congénitas en los bebés, y que es parte del denominado
"agente naranja" que utilizó EU para defoliar las selvas durante
la Guerra de Vietnam, sigue presente en el medio ambiente de la
zona de Indochina donde ocurrió el conflicto, décadas después de
concluida la lucha.
En Camboya, las minas han herido y matado más civiles
en tres años de paz, que en dos décadas de guerra.
No solo las guerras contaminan. Sus preparativos
también siembran el planeta de residuos tóxicos, explosivos y radiactivos
de larga duración, muy difíciles de detectar y contrarrestar.
Estados Unidos, Rusia y Alemania están dedicando
mucho tiempo, esfuerzos y dinero a descontaminar los antiguos polígonos
militares donde se efectuaban pruebas y maniobras en territorio
germano antes de caer el Muro de Berlín, para que no sean un peligro
para la salud cuando los destinen a usos civiles.
Después de los hongos atómicos
Los cientos de pruebas de armas atómicas que han
efectuado las superpotencias en las últimas décadas, en la atmósfera,
el subsuelo y los océanos, tienen un impacto ambiental de grandes
dimensiones y duración, pero difícil de cuantificar debido al secreto
con que se efectúan los ensayos.
Los distintos gobiernos han acumulado un arsenal
destructivo colosal, formado por decenas de miles de cargas nucleares,
aviones de combate, grandes carros de combate y piezas de artillería,
decenas de miles de toneladas de gases venenosos, millones de toneladas
de explosivos y munición convencionales y unos dos mil grandes buques
de guerra y submarinos.
Ocurra lo que ocurra con esas armas, tanto si se
usan en guerras, como si se pierden en accidentes o deben ser eliminadas
o desmanteladas, son una de las mayores amenazas para el ambiente.
Cualquiera sea el bando que gane un conflicto bélico,
toda la humanidad sale perdiendo debido al enorme volumen de elementos
contaminantes que quedan en los campos de batalla, una vez que se
han retirado los carros de combate, ejércitos y aviones.
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