Panamá, 6 de abril de 2003
 
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Un país sin justicia

Lo que les mancilla ladignidad, a mis ojos, es que esos hechos se ventilen en un informe internacional

Betty Brannan Jaén

WASHINGTON, DC. -Como el retorno anual de las golondrinas a Capistrano, esta semana vimos el rito anual de acusaciones mutuas entre Estados Unidos y Panamá sobre el tema de la justicia panameña. Es una disputa en la que doy toda la razón a los norteamericanos.

Todo lo que he observado del sistema panameño de justicia confirma los señalamientos que el informe estadounidense sobre derechos humanos hace anualmente a Panamá. Tenemos un sistema anacrónico de justicia, plagado de procedimientos obsoletos, conceptos atrasados, e ineficiencia institucional.

La justicia penal en Panamá, he escrito mil veces, consiste básicamente en echar a los acusados al calabozo y tirar la llave al mar.

La poca credibilidad en la justicia civil espanta a los inversionistas extranjeros. Si los norteamericanos señalan que hay lentitud, ineficiencia, corrupción y manipulación política en el sistema judicial, la Alianza Ciudadana Pro Justicia también ha denunciado que "la corrupción es una de las mas graves causas de la mora judicial" en Panamá; que la manera panameña de seleccionar jueces "permite, de forma solapada, la influencia y el amiguismo"; y que los jueces panameños laboran bajo "el temor de tomar decisiones que afecten a determinados grupos políticos" o que difieran del criterio trazado por la Procuraduría General.

Esto sería motivo de vergüenza para los funcionarios de un país serio, pero yo no veo que ese sea el caso de Panamá.

Mi percepción es que a las autoridades panameñas no les avergüenza que sea "común" que un detenido pase más tiempo esperando su juicio de lo que hubiera sido la sentencia máxima para el delito del que se le acusa; pero sí los enfurece que Washington lo señale en voz alta.

Cuando leo las declaraciones de los funcionarios panameños que reaccionan todos los años al informe estadounidense, concluyo que para ellos, lo que "mancilla la dignidad institucional de la República" (para usar las palabras del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Adán Arnulfo Arjona) no es la vergonzosa situación en las cárceles, ni los escándalos en la confirmación de magistrados en la Corte, ni los fallos incomprensibles que casi semanalmente confirman la percepción de que no hay justicia en Panamá, ni los patéticos casos de presos "olvidados", sino que esos hechos se ventilen en un informe internacional.

Por ello recurren al más vergonzoso argumento de Gobiernos déspotas como el de la China comunista, y alegan que es "entrometerse en los asuntos internos de Panamá" cuando Estados Unidos critica los derechos humanos en nuestro país. Es indigno que un país, supuestamente libre y democrático, eche mano de tal defensa.

Es más, esa defensa confirma el criterio atrasado de los funcionarios panameños, que aparentemente no se han percatado de que la norma moderna es la universalidad de los derechos humanos.

Lejos de ser "inaceptable" que Estados Unidos pretenda erigirse en juez de la justicia panameña, lo que es inaceptable hoy día es que un Gobierno pretenda que abusar alegremente de sus ciudadanos sea un mero "asunto interno".

Más constructivo -por no decir elegante- sería que el Gobierno panameño todos los años emitiera una respuesta formal en la que punto por punto refutara, aclarara, o aceptara el análisis estadounidense, pero siempre sobre la base de los hechos (no de la demagogia).

Por ejemplo, es bochornoso que más de la mitad de los presos en Panamá sea personas que no han recibido juicio. Pero la buena noticia es que este porcentaje ha ido disminuyendo cada año. Veamos: El informe de 1991 señaló que el 80 % de los presos panameños no había sido enjuiciado. En 1995, esa cifra todavía estaba en 78%, pero para 1998 ya había bajado a 65%. El año siguiente, 1999, bajó a 59% y este último informe estima que la cifra ha bajado a 55% en 2002.

Señalar hechos de ese tipo ha debido ser la respuesta del Gobierno panameño al informe estadounidense, por escasos que sean los hechos que Panamá pueda aducir a su favor.

Es más, lo inteligente sería que Panamá preparara su propio análisis a publicarse en marzo todos los años, para tener a mano los hechos que aclaran o refutan los señalamientos estadounidenses. Eso aumentaría la transparencia del sistema panameño y crearía un archivo de datos que permitiría medir los progresos de año a año.

Pero hay que comenzar con funcionarios que reconozcan las muchas deficiencias de la justicia panameña en lugar de negarlas, con políticos que se comprometan a crear un Estado de derecho, y con un pueblo que lo exija.

La autora es corresponsal de La Prensa

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