Panamá, 6 de abril de 2003
 
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Límites claros

Los que luchamos por la democracia y estábamos tan orgullosos de un sistema electoral sin forros ni trampas, nos sentimos muy nerviosos por la demora

Guillermo Sánchez Borbón

Una de las muchas razones por las cuales voy a votar por Endara, es que dentro del carácter de urgencia que adquirieron todas las cosas al principio de su gobierno, nombró la mejor (y más independiente) Corte Suprema de Justicia. La nombró y se olvidó de ella. Como la oposición sacó únicamente ocho legisladores (aun en esto respetó la voluntad popular), los partidos que apoyaban a Endara tenían una cómoda mayoría. Cuando la democracia cristiana se fue (o la fueron) del gobierno, los partidos afectos al presidente quedaron en minoría. Y sin embargo, Endara nunca trató de sonsacarle un solo diputado a los partidos que lo adversaban. Sabía lo que todos los políticos veteranos: se puede gobernar sin contar con una mayoría en la Asamblea.

Respetó escrupulosamente la separación de poderes. Durante su período, se le dieron al Tribunal Electoral las facultades y la independencia de que hoy disfruta, y que le ha permitido presidir cuatro elecciones purísimas, rompiendo así la cadena de fraudes que arrastraba la república desde sus primeros años.

El Tribunal debe tener una absoluta independencia y decir la última palabra en materia electoral. El caso, por ejemplo, de Afú, caía de lleno dentro de la jurisdicción del TE. De nadie más. Pero el abogado de Afú interpuso ante la Corte, desde el mes de agosto del 2002, una advertencia de inconstitucionalidad. El ponente del caso es Winston Spadafora, es decir, uno de los dos magistrados que se beneficiaron del voto de Afú (el otro, Cigarruista, admitió públicamente, con inaudito cinismo, que él le debía su magistratura al cambio inducido de Afú y de Alvarado). Spadafora ha tenido suficiente tiempo para redactar su ponencia, pero no le da la gana hacerlo. De nada serviría que él, en vista del evidente conflicto de intereses que existe, se declarara impedido, porque su suplente también debe su cargo al voto de Afú. De manera que Spadafora tiene la obligación de presentar su ponencia y la Corte de pronunciarse en un sentido o en otro. Lo importante es que se resuelva el caso desde luego.

Los que luchamos por la democracia y estábamos tan orgullosos de un sistema electoral sin forros ni trampas, nos sentimos muy nerviosos por la demora. Creo que el fallo debe decir claramente que la Corte no tiene derecho a invadir el espacio del Tribunal Electoral, cuya jurisdicción en esta materia es absoluta y definitiva, i.e. es la última instancia y, por tanto, inapelable. No reconocerlo así es sobremanera peligroso.

Voy a aclarar la cuestión con dos ejemplos: las elecciones ticas de 1948 las ganó por unos 10 mil votos el candidato de la oposición Otilio Ulate. El candidato oficialista Calderón Guardia (aliado a los comunistas) impugnó el resultado ante el Tribunal Electoral, alegando que sus partidarios no habían podido votar porque no figuraban en las listas de las mesas en que él era más fuerte. Como se ve, era una situación explosiva, pero el TE se tomaba su tiempo. En vista de lo cual, el líder comunista Manuel Mora fue a ver a los magistrados y les dijo: "ustedes deben fallar el recurso a favor o en contra, pero deben fallar cuanto antes". No le hicieron caso. De acuerdo con la Constitución de Costa Rica vigente entonces, cuando no estaba claro el resultado de unas votaciones, el Congreso actuante (en aquel momento el surgido de los comicios anteriores, en que el gobierno tenía una sólida mayoría, pero que ya no reflejaba la realidad política de la hora), decidía quién era el ganador. Optó por anular las elecciones. Resultado: una guerra civil en la que murieron 3 mil 500 personas.

Un caso más reciente. Cuando Bush fue declarado presidente electo de Estados Unidos, escribí que los estadounidenses tendrían tiempo de sobra para arrepentirse de haberlo elegido. Un gringo me escribió una carta corrigiéndome: nosotros no lo elegimos; llegó a la Casa Blanca gracias a un paquetazo de su hermano Jeb Bush en la Florida y a la sentencia absurda de una Corte Suprema reaccionaria. La Corte, como se recordará, usurpó las funciones de los organismos electorales y le entregó la presidencia al perdedor, que no estaba capacitado para ella, como lo prueban la guerra con Irak y sus disparatados planes económicos, que, de ponerse en práctica, llevarían al país (y al mundo) a la ruina.


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