Panamá, 4 de abril de 2003
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La marca del Zorro

Hay que castigar al corrupto y distinguir al honesto; lástima que en ocasiones se hace lo contrario

Hermes Sucre Serrano
hsucre@prensa.com

Aquella lluviosa tarde de septiembre de 1974, el agua inundaba el sótano del edificio Prosperidad, en la Vía España, antigua sede del Ministerio de Comercio e Industrias (MICI). Un Ford LTD azul se detuvo frente a un rincón que servía de refugio a Charlie Barnet, un jamaiquino que cuidaba los estacionamientos. "¡Todos ustedes (los cuidacarros) son unos ladrones!", le gritó un ejecutivo que tenía sus oficinas en el inmueble.

Los conductores que regresaban de sus misiones diarias consolaron al popular "negro", una especie de clon del tío Tom de la cabaña. Después del incidente, Charlie gesticulaba y pronunciaba confusas palabras en un inglés medio "guacuco" (panameñismo que significa hombre de raza negra).

A los días, un tumulto de compañeros del MICI bajaba a toda carrera hacia el sótano. Algo raro acontecía y, por supuesto, qué mejor pretexto para suspender las rutinarias tareas burocráticas. Barnet había capturado -con su cuchilla automática- a un peligroso mozalbete que intentó robarle a la esposa del empresario que lo había insultado dos semanas atrás. Además de la dama, en el Ford LTD había dos niños histéricos.

Según versiones de "Frend", un chitreano que colaba hasta los mosquitos, el ejecutivo recompensó al viejo Charlie para que comprara ropa en el almacén de Betesh (oiga el lujo), para unas zapatillas nuevas, y hasta le ayudó a hacerse una prótesis dental (no hubo constancia). Pero algo hay de cierto en el reporte de "Frend" porque a los días Charlie comenzó a sonreír con mucha frecuencia.

Moraleja: persiste la mala costumbre de muchos panameños de generalizar y juzgar a las personas por su apariencia.

Es un error generalizar en torno a las fallas -propias de humanos- de los empleados de las instituciones públicas y privadas. Estos prejuicios están haciendo mucho daño a la institucionalidad del país. Vasta una simple opinión, antojadiza e infundada, para calificar de ineptas a todas las personas que laboran en determinado lugar. Los periodistas también caemos en esta equivocación.

Por ejemplo, es injusto decir que todo el sistema judicial panameño está corrupto. Es una aseveración que irrespeta la dignidad de aquellos personeros, fiscales, jueces, magistrados y demás auxiliares judiciales que ejercen sus cargos con honestidad, profesionalismo y apego a la ley. Las faltas a la ética y la corrupción se deben individualizar, a fin de aplicar las sanciones correspondientes. No es posible que cada vez que un funcionario judicial se jubile, salga de un sistema corrupto, y que los nuevos empleados que entran queden automáticamente etiquetados como perversos. Estos prejuicios, que a veces son portadores de una gran dosis de sadismo, impiden la depuración del sistema y el mejoramiento del servidor público.

Otro prejuicio muy común es el que se refiere a que los empleados públicos son todos unos vagos y mediocres. Como en todo, hay buenos y malos. Muchos de ellos -altamente calificados- están mal pagados y viven en una permanente angustia a causa de la inestabilidad provocada por los cambios políticos. En la administración pública persiste la injusticia laboral y la falta de alicientes.

Decir que todo es malo refleja frustración y egoísmo. Un caso típico son los ataques contra los servicios que presta la Caja de Seguro Social (CSS) y su personal médico y administrativo. Sucede, entre otras cosas, que la gran demanda de servicios médicos sobrepasa la capacidad de respuesta de la institución. Por supuesto que hay fallas del personal, pero también hay reglamentos para corregirlas. Juan Jované es temporal, pero la institución perdurará (ojalá).

También es falso que todos los legisladores son ladrones y vagos. Este tipo de aseveraciones -muchas veces sin sustentación- destruyen la imagen institucional del Organo Legislativo. Los hombres y mujeres son pasajeros, pero las instituciones son permanentes. De ser así, no tendría ningún sentido que hombres y mujeres honestos y responsables aspiren a un puesto de elección popular (presidente (a) legislador (a) alcalde, alcaldesa, representante de corregimiento) si cuando asumen su cargo quedan inmediatamente desacreditados.

La mala costumbre de criticar por criticar puede desestimular a las nuevas generaciones. No hay institución pública o privada en la que todos sean eficientes o todos sean ineptos. Hay que castigar al corrupto y distinguir al honesto; lástima que en ocasiones se hace lo contrario. No es justo ponerle la marca del Zorro de por vida a las instituciones, sin reconocer méritos, la superación personal, y la oportunidad de reivindicación a la que tienen derecho todos los empleados.

Aún recuerdo aquel oscuro sótano del MICI, donde se divisaba la cansada figura del viejo Charlie -siempre con gorra y en zapatillas- saludando con un "¿qué tal chief?" a los ejecutivos y funcionarios del edificio Prosperidad, entre ellos ministros de la talla de Fernando Manfredo y Julio Sosa. Pero cuando a Charlie se le subía el africano, gritaba: "no joda pa'mí".

El autor es periodista

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