
Las cifras del terror
Lo que sí es cierto es
que el sometimiento de los pueblos pobres a la barbarie, puede conducir
a explosiones espontáneas de protestas
Herasto Reyes
hreyes@prensa.com
Mil 175 millones de personas viven con menos
de un dólar diario en el mundo. De estos, 61 millones son latinoamericanos.
Con menos de dos dólares diarios sobreviven 2 mil 811 millones.
Estas cifras son del Banco Mundial (BM) y del Fondo Monetario Internacional
(FMI).
Mil millones viven sin acceso al agua potable.
En Africa, la sequía y el hambre afectan al 82% de la población;
en Oceanía afectan al 48% y en América Latina el 35% sufre las consecuencias
de la sequía y el hambre. 24 mil personas en el mundo mueren diariamente
víctimas del hambre. 12 millones de personas reclaman asistencia
alimentaria urgente en Africa austral, según la organización Oxfam
Internacional.
Al tiempo que el hambre se extiende como un manto
de muerte y dolor, otro manto, también de muerte y dolor, avergüenza
a la humanidad: 789 mil millones de dólares se destinaron a la actividad
militar en el mundo. El presupuesto militar de Estados Unidos para
el presente año del 2003, es de 380 mil millones de dólares (30
mil millones más que en el 2002). Estados Unidos tiene la responsabilidad
del 40% del presupuesto militar en el mundo.
Esos datos son vergonzosos, pero mayor es la vergüenza
cuando se sabe que con 100 millones de dólares se puede hacer frente
a la hambruna en Etiopía, durante este año, según datos de la ONU.
Y para enfrentar el hambre en Africa subsahariana se requieren 400
millones de dólares, es decir un dólar por cada 950 dólares del
presupuesto militar de Estados Unidos.
El 20% de la población más rica tiene un nivel de
vida que supera 150 veces al 20% del nivel de vida de la población
más pobre. Datos de escándalo hay para llenar varios tomos: 200
millones de niños padecen de desnutrición, 125 millones de niños
no tienen acceso a instrucción, 250 millones de niños trabajan y
por ende no asisten a la escuela... Ese es el mundo de la injusticia.
La carrera armamentista de Estados Unidos utiliza
mucho más dinero en esos afanes belicistas, que el necesario para
liquidar los males de hambre, enfermedades y falta de educación
que hay en el mundo. Pero el poder de Washington no se ocupa de
las muertes y las penurias de la mayoría de la población mundial;
se ocupa, eso sí, de provocar guerras intervencionistas que le permitan
ampliar el negocio de las armas o acaparar yacimientos petrolíficos
en países como Irak.
Este asunto es característico del sistema capitalista:
el más rico quiere más, el más pobre sufre las consecuencias. Esa
fórmula de explotación no solo se da entre los países imperialistas,
en relación a los países pobres; también se da en la organización
de la sociedad, los ricos tienen todo (tienen el poder para robar
y salir impunes), los pobres, desorganizados como están, no tienen
ningún poder (y que no se roben una lata de sardinas, porque van
presos).
Las cifras aquí mencionadas como ejemplo de esas
desigualdades, hablan de millones de personas de carne y hueso,
de millones de miserables sin futuro; hablan de los olvidados, de
aquellos que son un grito de hambre permanente, de los que nunca
saben qué comerán mañana ni en que tierra quedarán las huellas de
sus pisadas.
Son cifras provenientes, en muchos casos, de los
datos que acumulan en sus escritorios los burócratas de los organismos
internacionales que están destinados a resolver los problemas, pero
que optan por contar muertos antes que por salvar vidas.
Mientras no se vire la tortilla la situación continuará
así. Virar la tortilla no es fácil; por ejemplo, declarar una moratoria
indefinida y universal (al menos latinoamericana) al pago de la
deuda externa, pudiera ser un primer paso importante. Pero no, los
gobernantes de los países endeudados prefieren quedar bien con el
Banco Mundial y el FMI, antes que resolver los problemas de las
masas empobrecidas.
Lo que sí es cierto es que el sometimiento de los
pueblos pobres a la barbarie, puede conducir a explosiones espontáneas
de protestas de quienes solo tienen el hambre para alimentar esa
propuesta de rebelión. Nada más...
El autor es periodista
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