Panamá, 20 de marzo de 2003
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El acto de concebir

Juan Carlos Ansin
drjcal@psi.net.pa

He leído el artículo “El derecho de no nacer” del Dr. Xavier Sáez Llorens, estimado amigo y admirado colega, y se me hace inevitable hacer algunas consideraciones muy personales al respecto.

En primer lugar creo que la vida humana no se origina ni proviene de ningún derecho, pero sí de una consecuencia. Si aceptamos que la vida humana comienza desde el instante mismo de la concepción, es decir de la unión de dos gametos, debemos admitir que el origen de esa vida humana está predeterminada por un acto voluntario o no y ese acto implica siempre una consecuencia potencial: la creación de un nuevo ser. Por lo tanto, debido a esa acción serán indefectiblemente responsables los padres (dueños) o manipuladores (científicos) de ambos gametos, masculino y femenino. Vemos pues que el acto de concebir no empieza por un derecho, sino por un acto y su consecuencia, y como toda consecuencia tiene obligaciones y responsabilidades.

Con su desarrollo ulterior el embrión humano adquiere un derecho primordial, rudimentario, íntimamente ligado al de la madre (receptora del espermatozoide y portadora del embarazo) y con menos dependencia pero igual responsabilidad del padre (el donante de esperma). Ahora bien, este acto que implica responsabilidades ante la ley natural y jurídica demanda un derecho, la potestad de nacer, pero ese derecho carece, en el embrión, de libre albedrío, es decir de la capacidad cognoscitiva para escoger entre una cosa y otra, entre nacer o no nacer, y quien debe decidir por él es la madre, el padre y la ley, esta última afectada por la filosofía y las creencias religiosas imperantes en la sociedad en la cual se vive. La religión otorga a la vida humana un valor sagrado y la dignidad humana proviene de ese carácter. Los materialistas y no religiosos otorgan tal dignidad precisamente a la capacidad humana de escoger entre el bien y el mal, es decir: a valores morales.

Con esto quiero decir que el derecho de nacer o de no nacer viene condicionado por tremendas responsabilidades individuales (padres), sociales (medio cultural) y jurídicas.

El otro punto es que la vida, lo que le da sentido a la misma, no depende del tamaño del universo ni del relativismo de una inmortalidad preconfigurada en el más allá, sino en el notable hecho de que cada presencia humana, por ínfima que sea, afecta la del prójimo, aun sin estar consciente de ello. Un gesto, una palabra o una actitud pueden significar el todo o la nada para la vida de los otros. Es lo que alguien llamó la “otridad”; lo que hace a la vida vivible y le confiere, como los vectores en la física, sentido, dirección y fuerza.

Mi querido amigo pisa la misma baldosa floja por donde suelen caminar los agnósticos o los cientificistas (sin desmerecer a ninguno. Dos o tres de mis escritores predilectos son agnósticos o ateos y uno de ellos escribió más sobre Dios que san Escrivá de Balaguer) cuando Xavier dice que hay seres (sic.) “predestinados a una vida corta y miserable”. No hay tal predestinación para los no creyentes, pues en el reparto de los dones interviene el azar… ¿o no? En esa respuesta radica parte del complejo drama de la niña nicaragüense.

Creo que Xavier se equivoca también cuando atribuye que “muchos de nuestros problemas se deben a que nos aferramos más a lo divino que lo humano”. Precisamente allí comienzan los problemas. En la mente humana cabe todo, desde la necesidad de creer en Dios por la fe, hasta de crear otros dioses para tranquilizar la conciencia o hasta la de creer, como Pitágoras, que nos gobierna el número 4.

Yo acepto que puede no creerse en Dios. También que se pueda ser religiosamente crítico o críticamente religioso. También se puede ser religioso contestatario, inconformista y hasta se puede ser cristiano nestoriano –no creen en la virginidad de María madre de Jesús– o arrianista –no creen que Jesús sea hijo de Dios– pero aceptan que ha sido el profeta de la cristiandad. Lo que no se puede es dejar de tener esperanza. Y Xavier muestra en este artículo cierta amargura hacia una humanidad que irremediablemente condena a quienes tienen la desdicha de nacer bajo circunstancias desgraciadas.

Existen en Panamá múltiples asociaciones que se encargan con bastante éxito y muchísimas penurias a criar hijos ajenos. También conozco hijos adoptivos que hoy son figuras prestigiosas de nuestra sociedad. Sin ánimo de ejercer un psicologismo no idóneo, creo comprender en mi estimado colega el dolor de ver cada día, en su profesión, las escenas y los actos más bochornosos que ser humano pueda imaginar.

En mis ya lejanos años de internado médico en el Hospital del Niño y en el Santo Tomás tuve que atender recién nacidos sacados del tinaco, mordidos por las ratas y otras alimañas. Niños dejados en el fondo de una cloaca cubiertos de excrementos, con el cordón sangrando. Niños estrangulados por su propia madre y con su mismo cordón umbilical. En fin…nada de eso ha hecho que dejara de creer en los sentimientos nobles de la humanidad. Son los mismos que hacen al Dr. Xavier Sáez Llorens dedicarse con alma y vida a salvar niños condenados a una muerte segura. Hace poco uno de sus trabajos sobre el tratamiento del sida en pediatría ha merecido ser escogido como uno de los mejores en la literatura médica internacional y eso nos motiva a todos. Es, pues, el mismo Dr. Sáez Llorens el que me da fuerzas cada día para seguir adelante, aceptar los tropezones, levantarme en las caídas y continuar viendo en las páginas de opinión de este periódico las maravillas y espantos del alma humana. Siempre hay en ellas un alma dispuesta a colaborar con y por los otros, es decir, a nosotros mismos. Porque como el universo y la vida, todo círculo empieza por donde termina.

El autor es médico


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