
Una francofonía comprometida
Las decisiones políticas
son hijas de las circunstancias, como también de los hombres que
les toca vivirlas, y reaccionar ante ellas y los hombres es el producto
de su herencia cultural
Irene de Delgado
El geógrafo francés Onésime Reclus se sentiría
orgulloso de saber que el término que él creó por primera vez en
su libro Francia, Argelia y las colonias, a fines del siglo XIX,
sirve hoy como bandera de orgullo y tolerancia para unir a todos
aquellos que comparten en el mundo la lengua y la cultura francesas.
El 20 de marzo se celebra el día mundial
de la francofonía, y en medio de amenazas de guerra mundial y de
golpes de Estado en Africa francófona, se abre un espacio de reflexión
sobre la tolerancia y el derecho a la identidad cultural; celebración
que resulta paradójica dentro del clima de guerra actual, como lo
es también la reciente instalación de la Corte Internacional de
Justicia por parte de la ONU. Sin embargo, tales instituciones nos
hacen pensar que todavía hay esperanza de que la cordura y el humanismo
prevalezcan frente a la barbarie y el materialismo.
En estos momentos en que Francia, a través de su
presidente Jacques Chirac, se ha convertido en símbolo de resistencia
a la guerra contra Irak, la celebración del día internacional de
la francofonía cobra especial interés. La posición adoptada por
Chirac frente a la amenaza bélica ha favorecido la imagen del presidente
francés y le ha ganado la simpatía de algunos de sus opositores
políticos. Así, el diario Liberación definía esta acción como: “la
que le abrirá las puertas de la historia”.
Muchos años han pasado desde las épocas del poderío
colonial de Francia. Las relaciones actuales de Francia con sus
antiguas colonias son por lo general cordiales, lo cual es posible
gracias a la herencia cultural de la conquista, barnizada por el
mestizaje racial, lingüístico y cultural.
Me refiero a estos hechos políticos de actualidad,
aparentemente sin relación con el tema de la francofonía, porque
las decisiones políticas son hijas de las circunstancias, como también
de los hombres que les toca vivirlas, y reaccionar ante ellas y
los hombres es el producto de su herencia cultural. De la misma
manera y con resultados distintos podríamos opinar sobre las decisiones
del presidente de Estados Unidos.
Chirac, en estos momentos, se ha convertido en la
voz auténtica de su pueblo, que desde la gran Revolución no ha hecho
más que comprobar lo que expresó Chirac en una reciente entrevista:
“Cualquier comunidad dominada por una sola potencia es peligrosa
y provoca reacciones”.
En política todo está sujeto a reacomodos: puede
haber otras razones menos románticas detrás de la oposición Chirac-Bush,
las razones de Chirac pueden ser múltiples y no solo de principios,
puede que las circunstancias lo hagan cambiar de opinión, pero su
decisión actual, que ha logrado mantener desde el principio del
conflicto, ilustra el espíritu de la francofonía, aquella que ha
llevado a políticos y hombres de letras a utilizar la lengua francesa
como expresión de lo que los une y los distingue de la metrópoli.
En muchos casos, en Africa como en las Antillas, poetas como Leopold
Senghor y Aimé Césaire han usado la lengua francesa no solo como
un vehículo de expresión cotidiana y poética, sino como un puente
en la búsqueda de su identidad. En ambos casos la expresión poética
los ha llevado a la acción política: ambos fueron diputados y Senghor
llegó a ser presidente de su país, Senegal. Ambos lucharon, cada
uno a su manera, por lograr la comprensión y la aceptación de su
identidad africana y por la democracia de sus países.
Hoy, cuando la preponderancia de la primera potencia
hace temblar al mundo frente a su amenaza de guerra, la actitud
del presidente de Francia se erige como un hito más a lo largo de
la historia de ese país sumándose a la gran Revolución del siglo
XVIII, a las luchas de 1848 y 1870 por la defensa de la República
y a la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial.
En vísperas de la celebración del día internacional
de la francofonía, el francés, la lengua de la razón, de la diplomacia
y de la tolerancia, sigue expresándose en esos términos. Vienen
a mi memoria, por asociación de ideas, las palabras del martiniqués
Aimé Césaire en ocasión de cumplirse 50 años de la adopción de la
Declaración Universal de los Derechos del Hombre por parte de la
ONU: “Todos los hombres tienen los mismos derechos, estoy de acuerdo.
Pero hay quienes tienen más deberes que otros. Allí está la desigualdad.
Una desigualdad por intimidación”.
El mundo civilizado se siente intimidado por el
retumbar de los tambores de guerra. Mientras tanto hay quienes esperamos
que se haga el milagro de una palabra escuchada por todos, una palabra
que sea como la describía Césaire: “como sangre fresca, como marejada,
como erisipela, paludismo, lava y fuego”, en fin, una palabra que
logre reemplazar la guerra.
La autora es catedrática de literatura francesa
en la Universidad de Panamá
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