El tremendo juez de la Tremenda Corte
Alberto Cigarruista Cortez debe agradecer el gesto de la comadre y renunciar de la Corte Suprema de Justicia para volver a lo suyo
I. Roberto Eisenmann, Jr.
Con frecuencia escucho, mientras me muero de la risa, el programa radial de Tres Patines. Siempre se inicia con un: “El tremendo juez de la Tremenda Corte va a resolver un tremendo caso”... a lo que Tres Patines grita “¡a la reja!”.
Cuando salen sentencias como la reciente emanada de la Corte Suprema de Justicia, por medio de la cual la Sala Civil anula lo juzgado hasta ese momento tras ocho largos años del proceso judicial llevado por 72 ex compañeros de trabajo del diario La Prensa –quienes por 22 meses sufrieron la pérdida de su trabajo por un cierre público y notorio–, no puedo más que pensar que nuestra Corte Suprema de Justicia y la Tremenda Corte se parecen cada vez más.
Y es que esta anulación se decide no por el fondo del caso en cuestión, sino por su forma, por un argumento de procedimiento. “No debió interponerse en la jurisdicción civil, sino en la Sala de lo Contencioso Administrativo” –sentenció la Corte– ¡así es que anúlense ocho años de esfuerzo en este proceso! Sin ser doctor en leyes (¡Dios me libre!), me pregunto, como lo hacen todos los demás ciudadanos: si existe –según el criterio de la Corte– una falla de procedimiento, ¿no se puede aducir eso mismo para que se redirija el proceso aplicando el Artículo 476 del Código Judicial que dice textualmente: “el Tribunal debe darle a la demanda...el trámite que legalmente le corresponda cuando el señalado por las partes esté equivocado”...? ¿Era necesario anular todo lo hecho en ocho años, no permitiendo recurso adicional alguno? ¡Por supuesto que no! ¿Es esto justicia? Solo lo es en la Tremenda Corte de Trespatines...y, aparentemente, también lo es en nuestro más alto tribunal de justicia.
Ahora los ex compañeros de trabajo no tienen otro recurso que llevar el caso ante la justicia internacional; sin lugar a dudas ganarán el caso y la justicia panameña volverá a quedar “con las patas fuera del catre” ante los foros internacionales, para vergüenza de toda la nación y sus ciudadanos.
Luchador político, sí. Fogoso y agitado legislador, sí. Buen compadre, sí, pero... como magistrado de la Corte Suprema de Justicia, ¡nopo! Cada cual debe saber para lo que sirve y para lo que no sirve. Si por “compromiso” lo ubican a uno en un puesto para el que no tiene ni el carácter ni el profundo conocimiento jurídico, uno debe –a fuerza de ser honrado– renunciar, conservando la dignidad para volver a hacer lo que uno sabe hacer bien desde su curul de político fogoso y luchador.
Alberto Cigarruista Cortez debe agradecer el gesto de la comadre y renunciar de la Corte Suprema de Justicia para volver a lo suyo, en donde ejercía un papel coincidente con sus virtudes de fogoso político y legislador.
En un país en donde la renuncia a los privilegios por razones de dignidad es una noción que parece se ha olvidado, un acto de renuncia como el sugerido impactaría geométricamente como un supremo acto de dignidad que –sin lugar a dudas– distinguiría al ciudadano Cigarruista para siempre, formando parte de su personalidad pública en la carrera que escoja seguir.
Recordemos aquella postura histórica de don Nino Chiari cuando –en un gesto sin precedentes– tomó su sombrero y salió de la Presidencia con su dignidad enaltecida, para luego convertirse, con la legitimidad del voto popular, en presidente de la República; de esta forma pasó a la historia como el Presidente de la Dignidad, cambiando para siempre las relaciones de Panamá con EU.
El magistrado Cigarruista tiene en sus manos similar oportunidad para enaltecer su dignidad. La otra opción, la de ser magistrado político actuando en un puesto que está en contraposición con su propio ser, es hacer un triste y hasta ridículo papel que no se merece.
El autor es presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana
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