Panamá, 13 de marzo de 2003
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La pasión política

La conquista del poder, en casi todas partes, hace que el político se salga de madre en lo que se refiere a respetar la dignidad del adversario

Juan B. Gómez

Hace poco un amigo que había leído mi artículo “Votemos por Endara”, decía que era tan transparente la honradez del ex presidente que nadie podría atacarlo por ese ángulo de su gobierno; y que contra él prácticamente estarían desarmados sus adversarios.

Yo no estuve de acuerdo con el amigo, porque cuando la pasión, y sobre todo la pasión electoral, sube al rojo vivo no se detiene en esos pormenores. La conquista del poder, en casi todas partes, hace que los políticos se salgan de madre en lo que se refiere a respetar la dignidad de sus adversarios. No hay bajeza a la que no se eche mano cuando se trata de ensuciar a quien puede hacer peligrar las aspiraciones presidenciales o de cualquier otro puesto de elección popular. La política es sucia y esto no lo discute nadie. Al parecer, cuando llegan estos momentos, afloran a la conciencia los más bajos y canallescos sentimientos que anidan en el fondo del alma.

Desde mi niñez me acostumbré a ver a un distinguido chiricano como al perfecto caballero; siempre andaba impecablemente vestido; su honorabilidad servía de ejemplo a sus conciudadanos; hablaba con gran corrección y se sabía que no era hombre de vulgaridades ni en la intimidad con familiares y amigos; a todos trataba con respeto y consideración; y por ello, repito, se convirtió en el modelo de nuestra sociedad. Pero todo esto no impidió que, pasados algunos años después de su muerte, el adversario de un hijo suyo, escribiera que su padre (el gran caballero) era un borracho que andaba por las calles, andrajoso, pidiendo tragos en las cantinas. Por supuesto que el hijo del gran señor ni siquiera se dignó contestar al pobre diablo que mentía tan descaradamente sobre la limpia y ejemplar conducta de su padre.

En Estados Unidos se guarda un respeto casi religioso por los fundadores de su nación. No obstante, un escritor estadounidense recuerda lo que ocurrió cuando uno de sus hombres más grandes fue candidato presidencial. Y no fue un cualquiera quien insultó al prócer; fue el presidente de la Universidad de Yale, Timothy Dwight, quien advirtió que, si este hombre era elegido presidente, “podríamos ver a nuestras esposas e hijas víctimas de la prostitución legal, fríamente deshonradas, alevosamente degradadas, convertidas en las proscritas de la delicadeza y la virtud, y en la abominación de Dios y de los hombres”. Así habló un rector de la Universidad de Yale ¡de Thomas Jefferson! Lean el comentario del escritor Dale Carnegie: “¿Qué Thomas Jefferson? Indudablemente, no el inmortal Thomas Jefferson, el autor de la Declaración de Independencia, el santo patrón de la democracia, ¿verdad? Pues sí, ese era el acusado, el mismo”.

Y sigamos leyendo al escritor Dale Carnegie: ¿Qué estadounidense creen ustedes que fue acusado de “hipócrita”, “impostor” y “poco mejor que un asesino”? Una caricatura de diario lo presentaba en la guillotina, con la cuchilla a punto de caer sobre su cabeza. La multitud le increpaba y silbaba en las calles. ¿Quién era él? George Washington”.

Hace años un distinguido político panameño contestó a un adversario que lo infamaba, que “la pelea es peleando”, dando a entender que pagaría con la misma moneda a su ofensor. Si me ofendes, te ofenderé, si me calumnias, te calumniaré, etc. Un personaje de Borges decía: “Yo no me conformo con odiar a mis enemigos, yo los calumnio”. Nunca he estado de acuerdo con esa respuesta. Si un cerdo nos invita a revolcarnos en el lodazal, ¿aceptaríamos su invitación? Estoy más bien con los que ignoran al ofensor. Siempre que oigo denigrar a un gran hombre, me pregunto qué hubiera contestado Ricardo J. Alfaro, Roberto F. Chiari, José Isaac Fábrega, Samuel Lewis o Diógenes de la Rosa…

Por eso les decía al principio, que la transparencia de honradez que el ex presidente Endara observó durante su mandato presidencial, no lo eximirá mañana de una ola de infamias que sus adversarios lanzarán seguramente sobre su cabeza. Y sospecho que él estará preparado para recibir los insultos con la serenidad de quien ha actuado correctamente. Es lo que se espera de él. Nada más.

El autor es periodista

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