La pasión política
La conquista del poder,
en casi todas partes, hace que el político se salga de madre en
lo que se refiere a respetar la dignidad del adversario
Juan B. Gómez
Hace poco un amigo que había leído mi artículo
“Votemos por Endara”, decía que era tan transparente la honradez
del ex presidente que nadie podría atacarlo por ese ángulo de su
gobierno; y que contra él prácticamente estarían desarmados sus
adversarios.
Yo no estuve de acuerdo con el amigo, porque
cuando la pasión, y sobre todo la pasión electoral, sube al rojo
vivo no se detiene en esos pormenores. La conquista del poder, en
casi todas partes, hace que los políticos se salgan de madre en
lo que se refiere a respetar la dignidad de sus adversarios. No
hay bajeza a la que no se eche mano cuando se trata de ensuciar
a quien puede hacer peligrar las aspiraciones presidenciales o de
cualquier otro puesto de elección popular. La política es sucia
y esto no lo discute nadie. Al parecer, cuando llegan estos momentos,
afloran a la conciencia los más bajos y canallescos sentimientos
que anidan en el fondo del alma.
Desde mi niñez me acostumbré a ver a un distinguido
chiricano como al perfecto caballero; siempre andaba impecablemente
vestido; su honorabilidad servía de ejemplo a sus conciudadanos;
hablaba con gran corrección y se sabía que no era hombre de vulgaridades
ni en la intimidad con familiares y amigos; a todos trataba con
respeto y consideración; y por ello, repito, se convirtió en el
modelo de nuestra sociedad. Pero todo esto no impidió que, pasados
algunos años después de su muerte, el adversario de un hijo suyo,
escribiera que su padre (el gran caballero) era un borracho que
andaba por las calles, andrajoso, pidiendo tragos en las cantinas.
Por supuesto que el hijo del gran señor ni siquiera se dignó contestar
al pobre diablo que mentía tan descaradamente sobre la limpia y
ejemplar conducta de su padre.
En Estados Unidos se guarda un respeto casi religioso
por los fundadores de su nación. No obstante, un escritor estadounidense
recuerda lo que ocurrió cuando uno de sus hombres más grandes fue
candidato presidencial. Y no fue un cualquiera quien insultó al
prócer; fue el presidente de la Universidad de Yale, Timothy Dwight,
quien advirtió que, si este hombre era elegido presidente, “podríamos
ver a nuestras esposas e hijas víctimas de la prostitución legal,
fríamente deshonradas, alevosamente degradadas, convertidas en las
proscritas de la delicadeza y la virtud, y en la abominación de
Dios y de los hombres”. Así habló un rector de la Universidad de
Yale ¡de Thomas Jefferson! Lean el comentario del escritor Dale
Carnegie: “¿Qué Thomas Jefferson? Indudablemente, no el inmortal
Thomas Jefferson, el autor de la Declaración de Independencia, el
santo patrón de la democracia, ¿verdad? Pues sí, ese era el acusado,
el mismo”.
Y sigamos leyendo al escritor Dale Carnegie: ¿Qué
estadounidense creen ustedes que fue acusado de “hipócrita”, “impostor”
y “poco mejor que un asesino”? Una caricatura de diario lo presentaba
en la guillotina, con la cuchilla a punto de caer sobre su cabeza.
La multitud le increpaba y silbaba en las calles. ¿Quién era él?
George Washington”.
Hace años un distinguido político panameño contestó
a un adversario que lo infamaba, que “la pelea es peleando”, dando
a entender que pagaría con la misma moneda a su ofensor. Si me ofendes,
te ofenderé, si me calumnias, te calumniaré, etc. Un personaje de
Borges decía: “Yo no me conformo con odiar a mis enemigos, yo los
calumnio”. Nunca he estado de acuerdo con esa respuesta. Si un cerdo
nos invita a revolcarnos en el lodazal, ¿aceptaríamos su invitación?
Estoy más bien con los que ignoran al ofensor. Siempre que oigo
denigrar a un gran hombre, me pregunto qué hubiera contestado Ricardo
J. Alfaro, Roberto F. Chiari, José Isaac Fábrega, Samuel Lewis o
Diógenes de la Rosa…
Por eso les decía al principio, que la transparencia
de honradez que el ex presidente Endara observó durante su mandato
presidencial, no lo eximirá mañana de una ola de infamias que sus
adversarios lanzarán seguramente sobre su cabeza. Y sospecho que
él estará preparado para recibir los insultos con la serenidad de
quien ha actuado correctamente. Es lo que se espera de él. Nada
más.
El autor es periodista
Además en opinión
• Cáncer: Rubén
M. Castillo Gill
• La pasión política:
Juan B. Gómez
• Las consecuencias de
la ‘Casagrande’: Guillermo A. Cochez
• Al clamor de ¡justicia!:
Guillermo Márquez Amado
|