Panamá, 13 de marzo de 2003
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Cáncer

Es importante que los médicos que se dedican a la rama de la oncología tengan la mente abierta y se mantengan al día en las investigaciones que se realizan en todo el mundo

Rubén M. Castillo Gill
rcastillo@mavclex.com

El cáncer es una enfermedad cruel que en los últimos años ha tenido un inusitado crecimiento estadístico en nuestro país. Este mal no solo va socavando la salud del que lo sufre, sino que también destruye la estabilidad emocional de sus familiares como consecuencia de la impotencia que genera la idea de que, en algunos casos, es poco lo que se puede hacer.

La guerra contra el cáncer tiene dos ejes fundamentales, a saber: por un lado la acción preventiva, que implica que el Estado insista en las campañas educativas que motivan a la población a realizarse los exámenes y estudios que detecten la enfermedad en sus etapas tempranas, y por otro lado, la labor de investigación que permita descubrir sustancias que impidan, retrasen o terminen con el desarrollo del mal, amén de los medios tradicionales de tratamiento.

La batalla global contra este flagelo la inició la administración del presidente Nixon en Estados Unidos. Nixon se planteó la idea de encontrar las causas de la enfermedad y proveer, asimismo, los mecanismos terapéuticos para derrotarla. Millones de dólares se han invertido en las investigaciones correspondientes, pero hasta ahora no se ha descubierto la solución definitiva.

Pese a lo anterior, entiendo que desde el punto de vista científico hay motivos para alentar esperanzas de que en un futuro cercano se lograrán resultados que liberarán a la raza humana de las macabras consecuencias del cáncer.

En Panamá, el Estado casi no destina recursos para las investigaciones científicas. He corroborado que en otros países de América Latina se han dado avances en el estudio de sustancias que retrasan el progreso del mal o minimizan los desgarrradores efectos de este, sin que haya en nuestro país un ente oficial que preste atención a estas investigaciones.

En Europa, las terapias alternativas se han venido combinando con las fórmulas tradicionales, generando una expectativa de vida más amplia y con más calidad, lo que mitiga, sin lugar a dudas, el desconsuelo del afectado y sus familiares.

A mi juicio se requiere una reforma integral del sistema de salud que implique que los servicios que se presten sean expeditos y eficaces, y que cuenten con lo más avanzado de la tecnología contemporánea.

Es incomprensible y anticristiano que la gente humilde de nuestro país tenga que esperar meses para lograr una cita médica, tomando en cuenta que, en muchas ocasiones, la persona empeora o muere antes de que llegue el día de la cita.

Es absurdo que el Hospital Oncológico se haya mantenido, por mucho tiempo, con un solo equipo de radioterapia para atender las necesidades de miles de pacientes. Gracias a Dios pronto se contará con equipos modernos que mejorarán la calidad de la atención.

En el aspecto humano, es importante que los médicos que se dedican a la rama de la oncología tengan la mente abierta y se mantengan al día en las investigaciones que se realizan en todo el mundo. No se puede afrontar el cáncer con eficacia si asumimos actitudes tozudas que nos ponen de espaldas al desarrollo de la ciencia o si no damos el máximo de nuestro esfuerzo para que, en el peor de los casos, el paciente tenga una mejor calidad de vida.

En otro orden de ideas, el Estado tiene una asignatura pendiente en relación con los pacientes que murieron por sobrerradiación. Es imprescindible que queden claros los hechos que se denunciaron, con el fin de que se sancione a los responsables y se garantice que estos lamentables acontecimientos no volverán a ocurrir.

Espero que los panameños tomen conciencia de la realidad del cáncer en nuestro país, y que asuman la responsabilidad de tomar medidas preventivas que eviten que más hogares lloren por la partida de un ser querido debido a este infame mal.

El autor es abogado

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