Panamá, 13 de marzo de 2003
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Al clamor de ¡justicia!

Los magistrados y jueces dicen estar preocupados por la situación de la administración de justicia, pero no cortan el cáncer

Guillermo Márquez Amado

Las gargantas de cientos de miles de panameños gritamos hasta enronquecer: ¡Justicia! Por esa palabra, expresión de arraigadas y sólidas convicciones, sacrificamos tiempo, arriesgamos nuestras vidas, padecimos detenciones, sufrimos torturas y expusimos nuestra libertad. Ninguna otra palabra fue dicha con tanta emoción y pasión. Era el estandarte de la lucha contra la dictadura; con ella queríamos purificar la nación escupida, corrompida y pisoteada por las botas sucias de los cuarteles; lavar los colgajos de carne de sus víctimas, adheridos a la piel de la inmaculada patria.

De aquellas marchas y manifestaciones una vez escapó un globo con una cinta que decía “Justicia”. Mientras se elevaba, el milagro de una fuerza invisible lo puso justo en la mano de la estatua de la Virgen del Carmen que está entre las dos torres de su templo. Allí permaneció algunos minutos como si el cielo mismo nos hubiera dicho que compartía nuestros anhelos. Las lágrimas anegaron en esa ocasión mis ojos, conmovido por lo que, no tengo dudas, fue la revelación de un deseo divino.

Asco debe darnos la justicia que nos hemos dado. Quiero encontrar una palabra que la describa como la veo y como la siento. Maloliente, pegajosa, bochornosa, una expresión dura, pero que no por su uso frecuente parece carecer de contenido.

Tenemos una justicia aplicada por quienes son designados magistrados gracias a transacciones de fajos de billetes en maletines y al índice de quienes se perciben como ladrones de la cosa pública. Tenemos jueces a quienes las leyes solo les importan para maquillar sus decisiones, retorciendo su sentido para ser injustos y robar o permitir el robo. Nuestros magistrados y jueces dicen estar preocupados por la situación de la administración de justicia, pero no cortan el cáncer teniendo la capacidad de hacerlo, convirtiéndose en cómplices de los traficantes.

¿A dónde vamos así? Hace poco le dije a un juez que había recobrado algo de mi fe en el Organo Judicial. Sus propios actos, tímidos por una parte –donde no tenían que serlo– y maliciosamente agresivos, por otra, me han hecho arrepentirme de lo dicho y afirmar aún más mi convencimiento de que dicho órgano se asemeja más a una manoseada prostituta que a la diosa de la justicia que los griegos nos legaron. Hoy también este juez es objeto de una investigación, según anuncian los diarios, que concluirá en lo de casi siempre: nada.

Debe haber algunos magistrados –ojalá fueran muchos– compenetrados con su sagrada misión, pero en el sistema que tenemos casi todos, si no todos, tienen miedo. Felicito a los dos magistrados que recientemente salvaron su voto en una decisión que exoneraba de responsabilidades a un juez que debió haber sido condenado y expulsado de ese órgano, así fuera únicamente por mentiroso. Conozco al juez y sé muy bien lo que digo.

Fétida, viscosa, con la temperatura de las pasiones del cuerpo, con los desechos mucosos que expulsamos, tenemos la justicia del escupitajo. ¡Cuán feo suena! ¡Cuánto peor se siente!

Aún se mece en mis recuerdos la cinta que decía “Justicia” en las manos de la Virgen, cuando con un milagro ella y su Niño nos dijeron que compartían con nosotros ese anhelo.

El autor es abogado y ex magistrado del Tribunal Electoral

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