Al clamor de ¡justicia!
Los magistrados y jueces
dicen estar preocupados por la situación de la administración de
justicia, pero no cortan el cáncer
Guillermo Márquez Amado
Las gargantas de cientos de miles de panameños
gritamos hasta enronquecer: ¡Justicia! Por esa palabra, expresión
de arraigadas y sólidas convicciones, sacrificamos tiempo, arriesgamos
nuestras vidas, padecimos detenciones, sufrimos torturas y expusimos
nuestra libertad. Ninguna otra palabra fue dicha con tanta emoción
y pasión. Era el estandarte de la lucha contra la dictadura; con
ella queríamos purificar la nación escupida, corrompida y pisoteada
por las botas sucias de los cuarteles; lavar los colgajos de carne
de sus víctimas, adheridos a la piel de la inmaculada patria.
De aquellas marchas y manifestaciones una
vez escapó un globo con una cinta que decía “Justicia”. Mientras
se elevaba, el milagro de una fuerza invisible lo puso justo en
la mano de la estatua de la Virgen del Carmen que está entre las
dos torres de su templo. Allí permaneció algunos minutos como si
el cielo mismo nos hubiera dicho que compartía nuestros anhelos.
Las lágrimas anegaron en esa ocasión mis ojos, conmovido por lo
que, no tengo dudas, fue la revelación de un deseo divino.
Asco debe darnos la justicia que nos hemos dado.
Quiero encontrar una palabra que la describa como la veo y como
la siento. Maloliente, pegajosa, bochornosa, una expresión dura,
pero que no por su uso frecuente parece carecer de contenido.
Tenemos una justicia aplicada por quienes son designados
magistrados gracias a transacciones de fajos de billetes en maletines
y al índice de quienes se perciben como ladrones de la cosa pública.
Tenemos jueces a quienes las leyes solo les importan para maquillar
sus decisiones, retorciendo su sentido para ser injustos y robar
o permitir el robo. Nuestros magistrados y jueces dicen estar preocupados
por la situación de la administración de justicia, pero no cortan
el cáncer teniendo la capacidad de hacerlo, convirtiéndose en cómplices
de los traficantes.
¿A dónde vamos así? Hace poco le dije a un juez
que había recobrado algo de mi fe en el Organo Judicial. Sus propios
actos, tímidos por una parte –donde no tenían que serlo– y maliciosamente
agresivos, por otra, me han hecho arrepentirme de lo dicho y afirmar
aún más mi convencimiento de que dicho órgano se asemeja más a una
manoseada prostituta que a la diosa de la justicia que los griegos
nos legaron. Hoy también este juez es objeto de una investigación,
según anuncian los diarios, que concluirá en lo de casi siempre:
nada.
Debe haber algunos magistrados –ojalá fueran muchos–
compenetrados con su sagrada misión, pero en el sistema que tenemos
casi todos, si no todos, tienen miedo. Felicito a los dos magistrados
que recientemente salvaron su voto en una decisión que exoneraba
de responsabilidades a un juez que debió haber sido condenado y
expulsado de ese órgano, así fuera únicamente por mentiroso. Conozco
al juez y sé muy bien lo que digo.
Fétida, viscosa, con la temperatura de las pasiones
del cuerpo, con los desechos mucosos que expulsamos, tenemos la
justicia del escupitajo. ¡Cuán feo suena! ¡Cuánto peor se siente!
Aún se mece en mis recuerdos la cinta que decía
“Justicia” en las manos de la Virgen, cuando con un milagro ella
y su Niño nos dijeron que compartían con nosotros ese anhelo.
El autor es abogado y ex magistrado del Tribunal
Electoral
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