Panamá, 13 de marzo de 2003
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Las consecuencias de la ‘Casagrande’

En lugar de estar justificando estas irregularidades por las que deberían estar presos más de cuatro, obliguemos a la Lotería a solucionar estos problemas

Guillermo A. Cochez
gcochez@cableonda.net

El 14 de octubre de 1965, hace un poco más de 37 años, fuimos detenidos 25 demócrata cristianos en el Ministerio de Previsión Social y Salud Pública (hoy Salud). Nos sentamos en el piso del despacho del ministro (Roderick Esquivel), hasta que unidades de la Guardia Nacional del Cuartel de Panamá Viejo nos subieron a las patrullas que nos llevaron a la cárcel Modelo. Protestábamos por la persecución que dicho ministerio ejercía en contra de los dirigentes del PDC. El juez nocturno de policía, por órdenes superiores según supimos después, nos echó 20 días de cárcel, condena que se redujo a siete días por la presión ciudadana que produjo nuestro encarcelamiento.

Al día siguiente nos dimos cuenta por los periódicos que, además de nosotros, el mismo día 14 habían detenido al presbítero Jenkins, acusado de ser uno de los reyes de la “bolita”. No recuerdo qué pasó con él, pero nosotros salimos de la Modelo en la tarde del 21 de octubre. Con el correr de los tiempos se ha mencionado los nombres de muchas personas como vinculadas a la venta de lotería ilícita, mejor conocida como el chance clandestino o “bolita”, pero nunca más hemos sabido de algún pez gordo que haya sido detenido. Ya hasta he olvidado cuándo fue la última vez que la Lotería metió preso a alguien por vender ese tipo de lotería prohibida.

En reciente viaje al interior me enteré de que la “bolita” continúa, pero muchísimo más sofisticada y, calculo yo, con ganancias que bien podrían ser parecidas a las de la Lotería Nacional. Se ha ajustado a los tiempos modernos, según tengo entendido, con el visto bueno de algunas autoridades que reciben sus dividendos en función de simplemente hacerse de la vista gorda y actuar como padrinos de los dueños de la “Casagrande”, el centro de venta, distribución y pago de todo el ilegal negocio, el cual no genera ni un solo céntimo al Estado panameño, pero que debe enriquecer a más de cuatro bellacos y llenar los bolsillos a los funcionarios encubridores, que deben cambiar cada cinco años, porque me imagino que los beneficiarios cambian al mismo tiempo que los gobiernos constitucionales.

La operación es sencilla. Hay una serie de números muchísimo más cotizados que otros. Los que sueñan algo bueno con Juana, averiguan qué día nació y esos números solo estarán entre el 01 y el 31. Los que en sueños vieron algo malo con su abuelita que ya murió, buscarán el día que pasó a mejor vida y tendrán que buscar entre el 01 y el 31. Así, los números más cotizados están entre el 01 y el 31, de acuerdo con el libro de los sueños, el más utilizado por los jugadores. Si ese número, por ejemplo el 04, se busca en una billetera, tendrá que echar un pie para encontrarlo. Cuando al final te topas con solo 10 pedazos de chance 04, la billetera te dice que únicamente te lo puede vender “casado” con 10 pedazos de 79. El enredo se soluciona con la señora Pancha, que todos en el mercado saben que vende para la “Casagrande”, y a quien solo tienes que decirle los tiempos (pedazos de chance) que quieres y te los vende: 100, 200, 300. Los que quieras, simplemente porque ella no tiene límites. A través del celular que se le da a cada vendedor, éste reporta antes del sorteo lo que vendió, para así saber la “Casagrande” los riesgos que tiene si en el sorteo sale 23 ó 14, y al día siguiente la vendedora pasa a entregar lo que vendió y le pagan la comisión que le tocó por su trabajo de venta. Dicen que hasta le pagan mediante cheque, en la misma “Casagrande”, que es un lugar céntrico con computadoras, fax y varios empleados, lógicamente con su especie de gerente general.

Si vives en Chiriquí o Bocas puedes jugar hasta en seis sorteos cada semana: los tres de Costa Rica y los tres de Panamá, cuando se juega el Gordito. ¿Cuánto vende la “Casagrande” de cada lugar donde se encuentre? o como en los tiempos de la mafia de Chicago, ¿hasta dónde llega su territorio? 100 mil, 200 mil, 300 mil por sorteo, no lo puedo adivinar. ¿Cuánto recibe de dividendos el funcionario encubridor de la “Casagrande”? 10 mil, 20 mil, 30 mil por cada sorteo o semanalmente, tampoco lo puedo imaginar.

Todo esto hecho ante los ojos de las autoridades tiene un efecto nefasto no solo para las arcas de la Lotería Nacional de Beneficencia y los propios billeteros que cada día venden menos, sino para el resto de la población. Por ejemplo, el policía y el PTJ a quienes se les exige que detengan a los delincuentes comunes, pero que ignoren a los que se dedican a esta ilegal actividad. A la misma población que les compra a estos vendedores, que dirá que hay cosas malas que se castigan, pero otras que se ven con buenos ojos o con ojos cómplices o encubridores por las mismas autoridades. A la sociedad que sabe dónde viven los gamonales de estos negocios y los ostentosos carros que usan, a expensas de un negocio ilícito.

El negocio de la “Casagrande”, me dirán algunos, siempre ha existido. Les contestaré, que el homicidio también históricamente ha existido. ¿Por qué entonces si pretendemos justificar el chance clandestino, que no solo empobrece aún más a la gente humilde que busca en el juego la hipotética solución a sus problemas, endeudándose aún más y quizás hasta robando para comprar sus tiempos, no decidimos también legalizar el homicidio y así nos ahorramos buena cantidad de dinero en policías, petejotas, jueces y magistrados?

En lugar de estar justificando estas irregularidades por las que deberían estar presos más de cuatro, obliguemos a la Lotería a solucionar estos problemas, exigiéndole ajustarse a los tiempos modernos y a vender el chance legal a través de vendedores ambulantes, con celular y fax, y a cada uno lo que quiera de sus números soñados. Verán que la “Casagrande” desaparece y todos los ingresos de estas actividades van a parar a la “Casagrande” de todos los panameños: El Estado panameño, que pareciera que su bienestar les importa a pocos.

El autor es abogado

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