
Peligro de muerte, verdadero problema
del transporte
Cada pasajero, peatón y
conductor particular está expuesto a sufrir una desgracia causada
por algún “diablo rojo”, como aquel de la ruta Tocumen-Vía España
con placa 8B-1335
Jean Marcel Chéry mchery@prensa.com
Mientras viajaba hacia la Gran Terminal de
Transporte debía decidir entre escribir una columna sobre el hurto
de anestésicos del Hospital del Niño o la sustracción de las piezas
arqueológicas del Museo Antropológico Reyna Torres de Araúz.
Creí conveniente hacer un llamado a la conciencia
de los servidores públicos, que, según las investigaciones, son
los principales sospechosos, tanto de haber quitado a los niños
sus medicamentos, como de despojarnos de gran parte de nuestra historia.
Cavilando entre ambos temas, subí a aquel “diablo
rojo” de la ruta Tocumen-Vía España. Me senté en un puesto a mitad
del bus.
A medida que el colectivo aceleraba por la curva
a la altura de la ULACIT y se introducía intermitentemente en la
vía contraria, pensaba menos en los infames hurtos de anestésicos
infantiles y tesoros precolombinos, y me preocupaba más lo terrible
que sería si, a más 90 kilómetros por hora, el bus colisionara con
un vehículo que viniera en su carril.
Al llegar al McDonald’s de La Loma, me enteré de
la razón del apuro; una regata. De un frenazo, el chofer paró el
bus justo al lado de otro de la ruta Don Bosco-Vía España, hizo
una demostración gestual de su virilidad y reclamó a su colega el
atrevimiento de arrebatarle la clientela.
Continuó la carrera y la pelea por las personas
que, sin saber el peligro al que se exponían, en cada parada subían
a los buses.
–¡Parada en La Cresta!, gritó un grupo de señoras,
desde que íbamos por la sede del IFARHU. El chofer las ignoró. No
sé si desatendió la petición de las damas mayores deliberadamente
o el estruendo al ritmo de reggae, que parecía fluir de todas partes
del oscuro interior del bus, le impedía escuchar la solicitud de
alto.
Unos 60 metros después de la parada de La Cresta,
el conductor giró repentinamente hacia la derecha y detuvo el bus
para obstruir el paso de su competidor de Don Bosco-Vía España.
Las señoras aprovecharon para pagar su pasaje y lanzarse, con apremio,
a tierra firme.
Fue entonces cuando me ubiqué en el asiento más
cercano a la única puerta del vehículo y determiné exigirle al conductor
que no pusiera más en riesgo la vida de los pasajeros. Un error.
–Mejor pídeme la cédula, respondió.
–¿Eso lo aprendió en el seminario (que organizó
la Cámara Nacional del Transporte para mejorar el trato al usuario)?,
cuestioné.
La conversación concluyó cuando el transportista
me advirtió que en la próxima parada podíamos bajar ambos a resolver
mi queja. También se comprometió a enseñarme a la fuerza los “buenos
modales” que aprendió en el referido seminario.
En ese momento desistí de la idea de preguntarle
dónde estaba su carné, el uniforme, la línea amarilla en el estribo,
y el letrero con el número telefónico para informar sobre las quejas.
También deseé que nunca llegara la próxima parada.
Quedé en silencio hasta llegar a la Gran Terminal
del Transporte, donde me bajé y aproveché para apuntar el número
de placa de aquel bus Tocumen-Vía España.
Ya a salvo, resolví que otro día escribiría de cómo
servidores públicos nos despojan de nuestras reliquias y dejan a
los niños enfermos sin sus medicinas.
Ahora que los transportistas demandan exoneraciones
en la compra de combustible, es importante recordar la calidad del
servicio que desde hace años vienen dando a los usuarios.
No obstante, el problema del transporte colectivo
urbano va más allá del injustificado aumento del pasaje, las groserías
impartidas por los conductores y las condiciones ruinosas de los
buses.
Estos son solo algunos de los conocidísimos vicios
del transporte colectivo y que ninguna autoridad ha sido capaz de
resolver. Sin embargo, hay algo más grave que las incomodidades
a las cuales somos sometidos quienes usamos el transporte colectivo
diariamente. Me refiero al peligro de muerte en el que permanecemos
todos los que –en algún momento– estamos cerca o en una de esas
máquinas de tortura psicológica y física.
Y es que cada pasajero, peatón y conductor particular
está expuesto a sufrir una desgracia causada por algún “diablo rojo”,
como aquel de la ruta Tocumen-Vía España con placa 8B-1335. Si lo
ve, sepa el riesgo que correrá al abordarlo.
El autor es periodista
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Peligro de muerte, verdadero problema del transporte:
Jean Marcel Chéry
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