Panamá, 7 de marzo de 2003
 
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Mínimo y prolongado

En tiempos preelectorales las decisiones son muy peligrosas, ya que pueden significar la diferencia entre ganar o perder

Deidamia Batista C.
dbatista@prensa.com

El país está en ascuas. Con un retraso de cinco meses, el anuncio del salario mínimo tiene a más de uno con la mano sobre la barbilla. El anuncio del nuevo salario mínimo está pendiente desde octubre del 2002, cuando la Comisión Nacional de Salario Mínimo fracasó en el intento de consensuar el ajuste salarial que regirá en los próximos dos años.

En el camino hubo de todo. Posiciones congeladas, propuestas irrisorias y debates estériles. Vergonzosamente, la decisión pasó a manos del Ejecutivo. Pero allí no acaba la vergüenza. Las autoridades se han dado el tupé de hacer esperar al país por su anuncio.

Con la economía cuesta abajo, el precio de la luz, agua y teléfono por las nubes y el costo de la gasolina en ascenso, el salario actual de 253 dólares al mes no alcanza para satisfacer las necesidades mínimas.

Desde enero pasado, la presidenta de la República, Mireya Moscoso, ha estado anunciando que el salario mínimo para los trabajadores sería aprobado y se lamentaba de que la decisión tendría que tomarla el Consejo de Gabinete.

También dijo en reiteradas ocasiones que los trabajadores estaban pidiendo un salario mínimo “sumamente alto” y que “no se les puede dar”.

La historia no tiene ni un ápice de novedad. Desde que se comenzó a discutir el salario mínimo, los sindicalistas y empresarios mantuvieron sus absurdas posiciones.

Con dirigentes carentes de sentido común y con empresarios cerrados en sus argumentos, los obreros llevan las de perder con la irrisoria propuesta de pasar de un salario mínimo de 253.8 dólares a uno 671.3 dólares.

Lo cierto es que después de varios anuncios fallidos sobre el aumento salarial, lo peor del caso es que la espera no valdrá la pena: la presidenta ha dicho que el aumento será “mínimo”.

Los obreros, incluso, sospechan que el esperado aumento será de apenas 7 centavos la hora; es decir 56 centavos al día. Con esa cantidad ni siquiera podrán costearse un desayuno de hojaldre, salchicha y una taza de café. Y ni hablar de asumir las consecuencias de un latente aumento de la tarifa del transporte público. Y los que tienen automóvil a duras penas podrán costear el galón de gasolina que ya sobrepasa los dos dólares.

Al margen de las presunciones de los trabajadores, lo que sí es indiscutible es que en un total irrespeto a los panameños, el Gobierno fija fechas de anuncio sin cumplirlas, y peor aún, sin dar una explicación válida.

Después de colmar la paciencia de los trabajadores, y la del país, varios sectores se han sumado al juego de fijar la fecha en que el Gobierno hará el anuncio.

¿Son conscientes las autoridades de que la demora en el anuncio crea más incertidumbre? ¿Se dan cuenta de que están jugando con la paciencia de los panameños? La respuesta es obvia: No.

Mientras tanto, los empresarios y trabajadores están a merced de que el Gobierno se digne fijar el nuevo salario mínimo.

Recuérdese que en el 2000, y en una “maniobra política muy conveniente”, la presidenta, Mireya Moscoso, ajustó el salario en 14%.

Hoy, sin embargo, políticamente, el Gobierno anda con cuidado porque sabe que el esperado anuncio le podría restar o aumentar votantes en las próximas elecciones, o condicionar las “jugosas” donaciones. En tiempos preelectorales las decisiones son muy peligrosas, ya que pueden significar la diferencia entre ganar o perder.

La autora es periodista

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