Palo porque boga y palo porque no...
El país que queremos es
responsabilidad de todos los que en él habitamos y para construirlo
hay que pasar del dicho al hecho
Lilibeth Bayard de Langoni
langoni@orbi.net
Parece paradójico y a veces hasta increíble
que mientras el país en general marcha sin norte, contaminado por
el “juega vivo” y los “antivalores”, algunos voceros que a diario
lamentan los casos de corrupción y claman por transparencia y sentido
de patria en las decisiones de Estado, sean a veces críticos feroces
de la gestión empresarial de la Autoridad del Canal de Panamá.
Pareciera que la independencia o autonomía
del Canal fuera –en sí– reprochable. Nos llaman “republiqueta” –en
términos despectivos– por el mero hecho de tener un sistema administrativo
que resulta inusual en una empresa de Gobierno. A menudo nuestros
detractores demuestran una carencia de visión y un egoísmo tal,
que pareciera ser más aceptable que todas las empresas gubernamentales
panameñas, sin consideración a su misión y objetivos, adolecieran
de los mismos males y sufrieran las mismas carencias y limitaciones.
A lo panameño, “mal de muchos, consuelo de tontos”.
La autonomía del Canal está fundamentada en la ley,
y el fundamento legal que creó la ACP no fue concebido de la noche
a la mañana. El título constitucional y la ley orgánica pasaron
muchos tamices y el escrutinio de muchos panameños –algunos de nuestros
más renombrados juristas, patriotas y visionarios– quienes evaluaron
las ventajas y desventajas de establecer un sistema tal que ofreciera
al país y a los clientes del Canal, garantías explícitas de que
la vía acuática más importante del mundo iba a ser operada de manera
eficiente y mantenida abierta al tránsito ininterrumpido de los
buques de todas las naciones en cumplimiento a esa noble misión
de nuestro suelo istmeño.
¿Qué la ley nos otorga privilegios? Sí, pero también
nos otorga responsabilidades. Sería entonces justo que los panameños
nos dedicáramos a evaluar la eficacia de la ACP y de sus empleados
en el cumplimiento de sus responsabilidades, antes de criticar los
llamados privilegios de los que somos objeto. ¿Cómo creen los criticones
que pudieran alcanzarse los niveles de rendimiento y eficiencia
superiores a los alcanzados por la administración estadounidense,
si contáramos con personal seleccionado de acuerdo a banderías políticas,
amiguismo o nepotismo? ¿Cómo creen que podríamos manejar tasas de
accidentes muy por debajo de la industria y de los niveles alcanzados
por la anterior administración, si no promocionáramos la excelencia,
atrayendo al mejor capital humano con salarios adecuados e invirtiendo
en el desarrollo del equipo humano y en tecnología de punta, entre
otras cosas?
Parece mentira que mientras los gremios empresariales
claman por salarios más justos y la instauración y respeto de la
carrera administrativa que permita al empleado crecer profesionalmente
dentro de su empresa al mismo tiempo que garantiza, con el trabajo
honrado, condiciones de vida dignas para él y su familia, algunas
personas todavía insistan en que podemos avanzar como país, rebajando
las condiciones de trabajo de la única empresa estatal que tiene
su régimen laboral fundamentado en un sistema de méritos y que por
tanto ofrece a todos los panameños esperanza de remuneraciones justas
en un ambiente laboral que promueve la excelencia en el desempeño,
además de un sentido de orgullo patriótico por ser parte de uno
de los motores de desarrollo más importantes de Panamá. Lejos de
ser censurable, esas son “más razones para cuidar el Canal!”.
Gracias al concurso de panameños nobles, los derechos
de los empleados de la ACP están protegidos por la Constitución
y la ley. ¡Ojalá todas las empresas gubernamentales pudieran tener
leyes especiales que protegieran al trabajador, garantizándole estabilidad
a cambio de rendimiento y productividad! ¡Ojalá todas las empresas
panameñas pudieran gozar de un régimen laboral basado en méritos
académicos y profesionales, con clasificación de sus puestos y descripción
de cada una de las funciones necesarias para llevar adelante los
objetivos de la misma y el plan de desarrollo del país! ¡Qué maravilloso
sería si los empleados gubernamentales fueran inmunes a la politiquería
y a los cambios de gobierno, y su trayectoria y ascensos profesionales
fueran consecuencia única y exclusiva de su desempeño y sus virtudes
morales y éticas!
¡Ojalá pudiéramos sumar muchísimas otras empresas
con reputación de seriedad y servicio de excelencia de acuerdo con
normas y estándares internacionales! La experiencia de la ACP es
un modelo de gestión que habla bien del panameño y de su capacidad
administrativa y que por tanto honra el nombre de nuestro país.
Solo una gestión de calidad es capaz de, año tras año, superar sus
propios logros y exceder sus propias metas y las expectativas de
su clientela, mientras contribuye significativamente al desarrollo
económico del país y mientras, con responsabilidad social, promueve
programas de desarrollo humano y de crecimiento cultural que llegan
a áreas remotas y mejoran la calidad de vida de los más desposeídos.
¡Ojalá todas las empresas panameñas tuvieran siquiera metas tan
alentadoras! Estoy segura de que el día en que esto suceda, tendremos
una sociedad más sana, una economía más próspera y estaremos construyendo
un mejor país para nuestros hijos y nietos.
Pero el país que queremos no va a ser producto solamente
del concurso de empresas como la ACP; ni mucho menos es responsabilidad
exclusiva de nuestros gobernantes. El país que queremos es responsabilidad
de todos los que en él habitamos y para construirlo hay que pasar
del dicho al hecho y emular la gestión de la ACP en nuestra empresa
familiar y en nuestro hogar, ofreciendo salarios adecuados y acordes
con nuestros ingresos al personal que labora para nosotros; ofreciéndoles
oportunidades de superación a través de la educación y de la especialización;
premiando el desempeño sobresaliente y corrigiendo el desempeño
inferior; estableciendo políticas para proteger el medio que nos
rodea y haciendo lo que tenemos conciencia de que es lo correcto
y es lo mejor, aunque algunos –por desconocimiento o por falta de
visión– nos critiquen.
La autora es ingeniera
Además en opinión
• Nueva agenda para
empresarios: I. Roberto Eisenmann, Jr. •
¿Es necesaria una nueva Constitución?:
Abdiel Augusto Patiño I. •
Palo porque boga y palo porque no...: Lilibeth
Bayard de Langoni •
Adaptadores para tanques de gas, bombas de tiempo: Antonio Clement
|