Panamá, 7 de marzo de 2003
 
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Palo porque boga y palo porque no...

El país que queremos es responsabilidad de todos los que en él habitamos y para construirlo hay que pasar del dicho al hecho

Lilibeth Bayard de Langoni
langoni@orbi.net

Parece paradójico y a veces hasta increíble que mientras el país en general marcha sin norte, contaminado por el “juega vivo” y los “antivalores”, algunos voceros que a diario lamentan los casos de corrupción y claman por transparencia y sentido de patria en las decisiones de Estado, sean a veces críticos feroces de la gestión empresarial de la Autoridad del Canal de Panamá.

Pareciera que la independencia o autonomía del Canal fuera –en sí– reprochable. Nos llaman “republiqueta” –en términos despectivos– por el mero hecho de tener un sistema administrativo que resulta inusual en una empresa de Gobierno. A menudo nuestros detractores demuestran una carencia de visión y un egoísmo tal, que pareciera ser más aceptable que todas las empresas gubernamentales panameñas, sin consideración a su misión y objetivos, adolecieran de los mismos males y sufrieran las mismas carencias y limitaciones. A lo panameño, “mal de muchos, consuelo de tontos”.

La autonomía del Canal está fundamentada en la ley, y el fundamento legal que creó la ACP no fue concebido de la noche a la mañana. El título constitucional y la ley orgánica pasaron muchos tamices y el escrutinio de muchos panameños –algunos de nuestros más renombrados juristas, patriotas y visionarios– quienes evaluaron las ventajas y desventajas de establecer un sistema tal que ofreciera al país y a los clientes del Canal, garantías explícitas de que la vía acuática más importante del mundo iba a ser operada de manera eficiente y mantenida abierta al tránsito ininterrumpido de los buques de todas las naciones en cumplimiento a esa noble misión de nuestro suelo istmeño.

¿Qué la ley nos otorga privilegios? Sí, pero también nos otorga responsabilidades. Sería entonces justo que los panameños nos dedicáramos a evaluar la eficacia de la ACP y de sus empleados en el cumplimiento de sus responsabilidades, antes de criticar los llamados privilegios de los que somos objeto. ¿Cómo creen los criticones que pudieran alcanzarse los niveles de rendimiento y eficiencia superiores a los alcanzados por la administración estadounidense, si contáramos con personal seleccionado de acuerdo a banderías políticas, amiguismo o nepotismo? ¿Cómo creen que podríamos manejar tasas de accidentes muy por debajo de la industria y de los niveles alcanzados por la anterior administración, si no promocionáramos la excelencia, atrayendo al mejor capital humano con salarios adecuados e invirtiendo en el desarrollo del equipo humano y en tecnología de punta, entre otras cosas?

Parece mentira que mientras los gremios empresariales claman por salarios más justos y la instauración y respeto de la carrera administrativa que permita al empleado crecer profesionalmente dentro de su empresa al mismo tiempo que garantiza, con el trabajo honrado, condiciones de vida dignas para él y su familia, algunas personas todavía insistan en que podemos avanzar como país, rebajando las condiciones de trabajo de la única empresa estatal que tiene su régimen laboral fundamentado en un sistema de méritos y que por tanto ofrece a todos los panameños esperanza de remuneraciones justas en un ambiente laboral que promueve la excelencia en el desempeño, además de un sentido de orgullo patriótico por ser parte de uno de los motores de desarrollo más importantes de Panamá. Lejos de ser censurable, esas son “más razones para cuidar el Canal!”.

Gracias al concurso de panameños nobles, los derechos de los empleados de la ACP están protegidos por la Constitución y la ley. ¡Ojalá todas las empresas gubernamentales pudieran tener leyes especiales que protegieran al trabajador, garantizándole estabilidad a cambio de rendimiento y productividad! ¡Ojalá todas las empresas panameñas pudieran gozar de un régimen laboral basado en méritos académicos y profesionales, con clasificación de sus puestos y descripción de cada una de las funciones necesarias para llevar adelante los objetivos de la misma y el plan de desarrollo del país! ¡Qué maravilloso sería si los empleados gubernamentales fueran inmunes a la politiquería y a los cambios de gobierno, y su trayectoria y ascensos profesionales fueran consecuencia única y exclusiva de su desempeño y sus virtudes morales y éticas!

¡Ojalá pudiéramos sumar muchísimas otras empresas con reputación de seriedad y servicio de excelencia de acuerdo con normas y estándares internacionales! La experiencia de la ACP es un modelo de gestión que habla bien del panameño y de su capacidad administrativa y que por tanto honra el nombre de nuestro país. Solo una gestión de calidad es capaz de, año tras año, superar sus propios logros y exceder sus propias metas y las expectativas de su clientela, mientras contribuye significativamente al desarrollo económico del país y mientras, con responsabilidad social, promueve programas de desarrollo humano y de crecimiento cultural que llegan a áreas remotas y mejoran la calidad de vida de los más desposeídos. ¡Ojalá todas las empresas panameñas tuvieran siquiera metas tan alentadoras! Estoy segura de que el día en que esto suceda, tendremos una sociedad más sana, una economía más próspera y estaremos construyendo un mejor país para nuestros hijos y nietos.

Pero el país que queremos no va a ser producto solamente del concurso de empresas como la ACP; ni mucho menos es responsabilidad exclusiva de nuestros gobernantes. El país que queremos es responsabilidad de todos los que en él habitamos y para construirlo hay que pasar del dicho al hecho y emular la gestión de la ACP en nuestra empresa familiar y en nuestro hogar, ofreciendo salarios adecuados y acordes con nuestros ingresos al personal que labora para nosotros; ofreciéndoles oportunidades de superación a través de la educación y de la especialización; premiando el desempeño sobresaliente y corrigiendo el desempeño inferior; estableciendo políticas para proteger el medio que nos rodea y haciendo lo que tenemos conciencia de que es lo correcto y es lo mejor, aunque algunos –por desconocimiento o por falta de visión– nos critiquen.

La autora es ingeniera

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