Panamá, 7 de marzo de 2003
 
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Un punto para Uribe

Panamá sirvió de alfombra para la culminación de una etapa en el camino guerrerista de Uribe. Gracias a la falta de visión histórica y la carencia de vocación reflexiva de los arnulfistas

Mario Velásquez

Panamá fue testigo de un entusiasmo sorpresivo e insulso de nuestras autoridades. Hablemos claro. Alegría, por ejemplo, ocasionaría presenciar una intempestiva y fugaz cumbre de presidentes centroamericanos para elaborar, ordenar o respaldar la ejecución de un plan de fomento socioeconómico en las principales áreas afectadas por la guerra colombiana. En este marco, una calificación regional de terroristas a las FARC sería una conducta realmente honesta.

Con la Declaración de Panamá se hizo lo contrario. El gobierno arnulfista olvidó incluir una referencia a los trágicos sucesos de Paya y Púcuru. ¿Fue esta omisión deliberada? Cierto que las FARC cometen actos típicamente terroristas. Y no ahora que atacan los grandes centros urbanos, sino desde hace décadas que vienen haciendo lo mismo en comunidades del campo. Su lado terrorista no es nuevo. Pero hoy Colombia cuenta con un presidente que convenció a ese pueblo hermano de que podía acabar con los guerrilleros. ¿Cómo? Con mano dura y guerra sicológica (caso de Arauca donde cubren al ejército con un manto maternal). Después del fracaso de las tristemente célebres negociaciones del Caguán, esa promesa coincidió con la esperanza mayoritaria del electorado colombiano.

Esa mano dura pasa por el fortalecimiento y ampliación del polémico Plan Colombia. Mayor apoyo de Estados Unidos se facilita en la medida que internacionalmente haya consenso en calificar a las FARC como terroristas. Ya Uribe lo obtuvo de Centroamérica. Le es más difícil de Venezuela, Brasil y Ecuador. Brasil ya dijo que no, que podría servir de mediador. Esta posición fue cuestionada irónicamente por el ministro del Interior de Colombia, quien reaccionó igual con Hugo Chávez, al que descalificó afirmando que por conocer personalmente a los guerrilleros, será difícil que forme parte del juego.

Lo cierto es que en Centroamérica, desde hace mucho tiempo, existen las herramientas legales suficientes para un combate efectivo contra todas las conductas delictivas que facilitan la acción de los irregulares colombianos. Y se han aplicado, pero el terrorismo no termina. Y Uribe sabe perfectamente que no terminará. Lo que realmente busca es el apoyo del imperio. Recordemos que Uribe llamó a Estados Unidos a efectuar un despliegue de tropas contra los guerrilleros, similar al que efectúa alrededor de Irak. He aquí el verdadero interés de Uribe.

Y fue el gobierno con menos personalidad y consistencia en Centroamérica, el seleccionado por Uribe y compañía para hacer la convocatoria. Los antecedentes del gobierno arnulfista en materia de política exterior fueron decisivos en esta selección. En efecto, los arnulfistas han mostrado extrema negligencia y fatídica improvisación en el manejo del problema de Darién. Las recientes reformas legales sobre blanqueo de capitales no nacieron por iniciativa propia, sino por presiones externas. No han podido sentar a Estados Unidos para ventilar la limpieza de los polígonos de tiro. Han colocado las frías estadísticas comerciales por encima de criterios soberanos y consecuentes con las tendencias modernas en el mundo (casos de las ballenas y de Taiwan). Entienden que ampliar las ventajas de administrar el Canal es extraer los balances positivos de la ACP para tapar el déficit fiscal de la mala gestión del Gobierno central.

Si los arnulfistas nunca han comprendido la bondad de los Tratados Torrijos-Carter, no es de extrañar que tampoco entiendan que la obtención y organización de la voluntad común, que es una de las funciones de la política, es finalmente más poderosa que el uso de la violencia, que constituye la habilidad especial de los militares. Panamá sirvió de alfombra para la culminación de una etapa en el camino guerrerista de Uribe. Gracias a la falta de visión histórica y la carencia de vocación reflexiva de los arnulfistas.

El autor es periodista

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