Gladys, la reina de 1930
Los recuerdos de Gladys
Müller son los de unos carnavales ya idos para siempre
Lina Vega Abad lvega@prensa.com
Corría el año de 1930 –apenas 27 años después
de la independencia de Panamá– y regresaba al país una hermosa y
distinguida señorita: Gladys Müller De la Espriella. Había pasado
algunos años en Europa con su familia y allí finalizó su educación;
primero en un internado en Inglaterra y luego en la Sorbona de París,
donde estudió literatura e historia del arte.
Pero algo muy especial le esperaba al regresar
a su tierra: se convirtió en la soberana de los carnavales de 1930.
“Con tus encantos bella deidad/ miles de corazones
destrozarás/ eres la reina, la majestad/ que más de un trono conquistarás”.
Esta fue parte de la letra del danzón escrito por
Raymond Rivera en honor a su majestad Gladys I, y que retrata perfectamente
el clima que rodeaba un carnaval que parece ido para siempre.
Sin duda, las cosas eran muy distintas cuando Gladys
Müller lució su belleza y elegancia por las estrechas calles de
San Felipe. “Uno podía darle la mano a la gente desde la carroza
y a ambos lados de la calles, que se inundaban de serpentina y confeti”,
recuerda aún hoy con sus dulces ojos quien luego se convirtió en
Gladys de Saint Malo, en un rincón de su casa.
Pero a pesar de las grandes diferencias, el reinado
de Gladys I parece haberse adelantado a su época en espectacularidad.
Por iniciativa de un amigo de la familia, Ramón
Ricardo Arias (q.e.p.d.), se consiguió prestado un hidroavión en
la Zona del Canal y Gladys I amarizó en la Bahía de Panamá, haciendo
su entrada triunfal a la ciudad –entonces casi exclusivamente San
Felipe y Santa Ana– para recibir las llaves de la ciudad en el Palacio
Municipal. ¡Todo un happening!
En los primeros años del carnaval de Panamá –que
se inició formalmente en 1910– las reinas eran también las reinas
del Club Unión, exclusivo club social de la ciudad, donde las familias
que vivían dentro de las murallas que originalmente dividieron a
San Felipe del arrabal, que se iniciaba en Santa Ana, se divertían.
Otra diferencia entre el carnaval que vivió doña
Gladys y lo que hoy sucede está en la organización de las fiestas.
Evidentemente las cosas eran mucho más fáciles:
se trataba de una pequeña ciudad con pocos habitantes. Además, la
gente del arrabal sentía un respeto casi reverencial por quienes
eran conocidos como los “de adentro”, muy especialmente por sus
bellas reinas.
En cuanto a la organización del evento, doña Gladys
proporcionó a La Prensa un ejemplar del programa oficial del carnaval.
El panfleto, de unas quince páginas, constituye un valioso documento
histórico y una ventana a un Panamá que es difícil de imaginar.
Allí se detallan las actividades de cada día del
carnaval, con la hora de inicio de cada una de ellas.
Por ejemplo, para el sábado de carnaval, a las 10:00
a.m., se preveía la siguiente actividad: “Será promulgado por medio
de bando el decreto del alcalde del distrito por el cual se permiten
y autorizan los regocijos públicos con motivos de las fiestas de
carnaval, siempre que ellos no pugnen con la moral y las buenas
costumbres...”
Para la noche –exactamente de 8 p.m. a 2 a.m.– el
plan era: “Grandes bailes populares en los parques de Santa Ana
y Catedral, para beneficio y regocijo del pueblo por el feliz arribo
de su majestad al reino de sus amores. Las bandas reales amenizarán
esos bailes y se invita a los vasallos de su majestad a que asistan
a ellos”. Y la gente, sin duda, asistía.
Doña Gladys recuerda como parte de sus actividades
nocturnas el recorrido por los toldos de la ciudad. “En un toldo
que se llamaba Los Festivos, un muchacho me sacó a bailar y colocó
un pañuelo entre su mano y la mía como gesto de respeto.... la gente
era entonces sumamente respetuosa”, contó con nostalgia.
Otra de las novedades del reinado de Gladys I, fue
que ella misma diseñó su corona. “Yo había visto una película sobre
Lucrecia Borgia y copié el tipo de corona, que era alta a diferencia
de las coronas planas que se usaban en Panamá”. La idea de la reina
fue llevada a la realidad por los joyeros Aldrete y aún forma parte
de los recuerdos de familia.
Con respecto al traje de la coronación, se utilizó
terciopelo azul para la capa y lamé plateado.
Doña Gladys recuerda su experiencia con alegría.
“Me habían advertido que la cosa no era fácil y que las reinas siempre
lloraban... pero a mí no me pasó... todo salió muy bien”.
En realidad, alguien garantizó la felicidad de cada
minuto del reinado de Gladys I. Su padre, Carlos W. Müller, no se
le despegó un instante. Incluso caminó al lado de sus carros alegóricos
durante los desfiles, a pesar de padecer en ese momento de erisipela.
La permanente vigilancia, sin embargo, no fue barrera
para la flecha de Cupido, que ya había hecho su labor. Uno de los
edecanes de Gladys I, Rodolfo Saint Malo, perdió el corazón por
la hermosa soberana. Un año después se habían convertido en esposos
y, seguramente, habrán revivido muchas veces juntos, aquellos inolvidables
carnavales de 1930.
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