Panamá, 2 de marzo de 2003
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Desvergonzados

Una Asamblea Legislativa desprestigiada por sus propios bochornos no puede honrar a ninguna ciudad o pueblo a donde se traslade

Jorge E. Ritter
jritter@cwpanama.net

Si usted va a ser una de las pocas personas que van a leer una columna de opinión el domingo de Carnaval, y de eso se ufana, lamento informarle que yo ostento un heroísmo mayor: fui el único que oyó la instalación de la Asamblea Legislativa ayer (solo una parte, por supuesto: una cosa es informarse y otra flagelarse). Desde temprano encendí el televisor, pues quería verles la cara a los asistentes, no para saber si estaban engomados o en camino de estarlo, que es lo que menos me importa, sino para encontrar aunque fuera en alguno de ellos un gesto de vergüenza por haber antepuesto la demagogia y las ansias de parrandear a la Constitución que una vez juraron cumplir. Iluso que es uno: las cadenas de televisión ni siquiera se molestaron en transmitir la mojiganga, pero un testigo ocular me aseguró que más bien parecían orgullosos de haberse burlado –¡una vez más!– de las normas constitucionales y de haber reafirmado su desprecio por la opinión pública (o por lo menos de la parte de ésta que todavía se encuentra sobria).

El aspecto jurídico ha sido explicado de sobra. Para nuestra desgracia y vergüenza el texto de la Constitución lo entienden todos, menos aquellos que deben cumplirlo: “La Asamblea Legislativa se reunirá por derecho propio, sin previa convocatoria, en la capital de la República…”. Y la capital de la República es la ciudad de Panamá, salvo que la presidenta, el Consejo de Gabinete, o uno de los clanes familiares que nos gobiernan hayan dispuesto lo contrario sin que nos hubiéramos dado cuenta. Lo cual también es muy posible. ¿Desde cuándo cuarenta legisladores están por encima de la Constitución? La presidenta, que ha demostrado en más de una ocasión que maneja la Asamblea a su antojo, bendijo –si acaso no fue la que propició– la arbitrariedad; y los magistrados de la Corte, que hubieran podido enmendar o sancionar el exabrupto, lo avalaron con su presencia. En resumidas cuentas: clavo pasado. Lo bueno, si algo bueno puede quedar cuando se pisotea la Constitución, es que a pocos les importó lo que se hizo, mucho menos lo que allí se dijo, y hasta puede que a algunos les haya parecido simpático que el gobierno en pleno haya solemnizado de forma tan propia el inicio del Carnaval.

Las justificaciones que se han escuchado mueven a risa: una nueva relación de la Asamblea con el pueblo, un homenaje al interior, un acercamiento de las instituciones a la gente. Una Asamblea Legislativa desprestigiada por sus propios bochornos no puede honrar a ninguna ciudad o pueblo a donde se traslade; por el contrario, ofende la bonhomía del interiorano que todos los órganos del Gobierno arrastren para allá su deshonra. En la época del generalísimo Francisco Franco, San Sebastián se convertía en la capital de España durante los meses que allí veraneaba el Caudillo. Pareciera que estuviéramos reeditando en América aquella época, que la España de hoy prefiere olvidar, para ahora hacer que dondequiera que se traslade el gobierno allí se traslade la capital de la República.

Sé que muy pocos repararán en lo que aconteció en Santiago ayer: el Carnaval comenzó el viernes y lo que haga o deje de hacer el gobierno ni les quita el sueño, ni les alivia la goma. Pero muy pronto habrán de darse cuenta lo grave que resulta pasar por alto, una y otra vez, las desfachateces de los gobernantes, puesto que cuando éstos confirman la pasividad de los gobernados se animan a perpetrar mayores abusos. Sin embargo, la otra cara de esa misma moneda es que hasta el más humilde intuye cuando se le humilla so pretexto de honrarlo. Y trasplantar la Asamblea Legislativa a Santiago y hacer allí una apología del Carnaval, como hizo la presidenta, y una exaltación de los valores interioranos constituye un ultraje a la dignidad de todos los panameños.

Post scriptum: A los embajadores que, en cumplimiento de sus deberes, tuvieron que ensacarse para ir a Santiago a presenciar un acto espurio, les pido comprensión e indulgencia, y les aseguro que somos muchos los panameños que los tenemos en mejor estima. Y a los legisladores de oposición y de gobierno que, reprimiendo las ganas de carnavalear, tuvieron el valor cívico de presentarse al palacio Justo Arosemena, les expreso mi reconocimiento. Lástima que, como tantas otras veces, el cumplimiento de la Constitución le haya cedido el paso a la desvergüenza

El autor es abogado y ex canciller de la República

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