Desvergonzados
Una Asamblea Legislativa
desprestigiada por sus propios bochornos no puede honrar a ninguna
ciudad o pueblo a donde se traslade
Jorge E. Ritter jritter@cwpanama.net
Si usted va a ser una de las pocas personas
que van a leer una columna de opinión el domingo de Carnaval, y
de eso se ufana, lamento informarle que yo ostento un heroísmo mayor:
fui el único que oyó la instalación de la Asamblea Legislativa ayer
(solo una parte, por supuesto: una cosa es informarse y otra flagelarse).
Desde temprano encendí el televisor, pues quería verles la cara
a los asistentes, no para saber si estaban engomados o en camino
de estarlo, que es lo que menos me importa, sino para encontrar
aunque fuera en alguno de ellos un gesto de vergüenza por haber
antepuesto la demagogia y las ansias de parrandear a la Constitución
que una vez juraron cumplir. Iluso que es uno: las cadenas de televisión
ni siquiera se molestaron en transmitir la mojiganga, pero un testigo
ocular me aseguró que más bien parecían orgullosos de haberse burlado
–¡una vez más!– de las normas constitucionales y de haber reafirmado
su desprecio por la opinión pública (o por lo menos de la parte
de ésta que todavía se encuentra sobria).
El aspecto jurídico ha sido explicado de
sobra. Para nuestra desgracia y vergüenza el texto de la Constitución
lo entienden todos, menos aquellos que deben cumplirlo: “La Asamblea
Legislativa se reunirá por derecho propio, sin previa convocatoria,
en la capital de la República…”. Y la capital de la República es
la ciudad de Panamá, salvo que la presidenta, el Consejo de Gabinete,
o uno de los clanes familiares que nos gobiernan hayan dispuesto
lo contrario sin que nos hubiéramos dado cuenta. Lo cual también
es muy posible. ¿Desde cuándo cuarenta legisladores están por encima
de la Constitución? La presidenta, que ha demostrado en más de una
ocasión que maneja la Asamblea a su antojo, bendijo –si acaso no
fue la que propició– la arbitrariedad; y los magistrados de la Corte,
que hubieran podido enmendar o sancionar el exabrupto, lo avalaron
con su presencia. En resumidas cuentas: clavo pasado. Lo bueno,
si algo bueno puede quedar cuando se pisotea la Constitución, es
que a pocos les importó lo que se hizo, mucho menos lo que allí
se dijo, y hasta puede que a algunos les haya parecido simpático
que el gobierno en pleno haya solemnizado de forma tan propia el
inicio del Carnaval.
Las justificaciones que se han escuchado mueven
a risa: una nueva relación de la Asamblea con el pueblo, un homenaje
al interior, un acercamiento de las instituciones a la gente. Una
Asamblea Legislativa desprestigiada por sus propios bochornos no
puede honrar a ninguna ciudad o pueblo a donde se traslade; por
el contrario, ofende la bonhomía del interiorano que todos los órganos
del Gobierno arrastren para allá su deshonra. En la época del generalísimo
Francisco Franco, San Sebastián se convertía en la capital de España
durante los meses que allí veraneaba el Caudillo. Pareciera que
estuviéramos reeditando en América aquella época, que la España
de hoy prefiere olvidar, para ahora hacer que dondequiera que se
traslade el gobierno allí se traslade la capital de la República.
Sé que muy pocos repararán en lo que aconteció en
Santiago ayer: el Carnaval comenzó el viernes y lo que haga o deje
de hacer el gobierno ni les quita el sueño, ni les alivia la goma.
Pero muy pronto habrán de darse cuenta lo grave que resulta pasar
por alto, una y otra vez, las desfachateces de los gobernantes,
puesto que cuando éstos confirman la pasividad de los gobernados
se animan a perpetrar mayores abusos. Sin embargo, la otra cara
de esa misma moneda es que hasta el más humilde intuye cuando se
le humilla so pretexto de honrarlo. Y trasplantar la Asamblea Legislativa
a Santiago y hacer allí una apología del Carnaval, como hizo la
presidenta, y una exaltación de los valores interioranos constituye
un ultraje a la dignidad de todos los panameños.
Post scriptum: A los embajadores que, en cumplimiento
de sus deberes, tuvieron que ensacarse para ir a Santiago a presenciar
un acto espurio, les pido comprensión e indulgencia, y les aseguro
que somos muchos los panameños que los tenemos en mejor estima.
Y a los legisladores de oposición y de gobierno que, reprimiendo
las ganas de carnavalear, tuvieron el valor cívico de presentarse
al palacio Justo Arosemena, les expreso mi reconocimiento. Lástima
que, como tantas otras veces, el cumplimiento de la Constitución
le haya cedido el paso a la desvergüenza
El autor es abogado y ex canciller de la República
Además en opinión
• Rectificación:
Guillermo Sánchez Borbón •
Desvergonzados: Jorge E. Ritter
• Un país
invisible en Washington •
El Carnaval: Jorge Kam Ríos
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