El Carnaval
Las lupercalias o lupercales,
en conjunto con las bacanales, constituyeron motores básicos de
los carnavales
Jorge Kam Ríos
Una de las fiestas más esperadas por los
panameños es el Carnaval. Pese a su origen pagano, cuando se pregunta
qué nos caracteriza como pueblo y país, el Carnaval es elevado a
la categoría de elemento de identidad no solo nacional, sino cultural.
Sin embargo, ¿dónde se encuentran los antecedentes
de esta celebración? ¿Estará en las fiestas al dios Apis de los
egipcios? ¿En el nacimiento del dios Indoiraní Mitra? ¿En las bacanales?
¿Tal vez en las fiestas de la diosa Jano? ¿Las saturnalias? ¿Las
lupercalias? ¿Las fiestas del sol invicto? ¿Las equirias? ¿Magna
Mater?
De una manera u otra, todos estos festejos, a lo
largo de la historia, se fueron fundiendo hasta ser el Carnaval
que se celebraba en gran parte de Europa y que llegó a nuestra América
vía España y Portugal.
Empero, todos los autores parecen estar de acuerdo
en que el Carnaval tiene sus antecedentes en las siguientes fiestas
grecorromanas, como: las bacanales, las saturnalias y las lupercalias.
Las bacanales fueron conmemoraciones de carácter
orgiásticos dedicadas al dios Baco, divinidad del vino y de la alegre
licencia de la época de la vendimia (correspondiente al Dionisio
griego). Durante esos días de jolgorio, donde no se dejaba nada
vedado a la moral, una serie de individuos disfrazados de sátiros
le cantaban ditirambos o canciones satíricas y obscenas al dios;
se dice, además, que un sacerdote de Baco conducía un barco sobre
ruedas, llamado carrus navalis (carro naval), que pronunciado por
los romanos sonaba: car navalis; sobre este antecesor de los actuales
carros alegóricos se paseaba al dios acompañado de danzas promiscuas.
Las lupercalias o lupercales, en conjunto con las
bacanales, constituyeron motores básicos de los carnavales. Fueron
momentos de desenfrenos, celebrados anualmente (15 ó 19 de febrero),
y se dedicaban a la divinidad romana conocida como Fauno (Pan, para
los griegos) o Luperco (divinidad pastorial de los ítalos). En un
principio era una fiesta que se iniciaba con el sacrificio de un
macho cabrío; el sacrificador solía pasar el cuchillo ensangrentado
por la frente de dos jóvenes nobles y, luego, era limpiado con lana
mojada en leche, a la cual las mujeres le atribuían virtudes fecundantes.
Pero la fiesta degeneró en un ambiente vulgar, de
orgías y se podía ver a los hombres semidesnudos correr embadurnados
de sangre (luego del sacrificio de perros y cabras por los lupercos
o crepis) y blandiendo látigos de piel de cabra para flagelar a
las mujeres que querían tener hijos y, de esa manera, poder ser
fértiles. Otras versiones sostienen que Luperca fue la loba que
amamantó a los gemelos hijos de Marte, y el Lupercal su morada,
ubicada en el monte Palatino. De igual manera se dice que esta es
una fiesta de purificación del pueblo.
Las saturnalias o saturnales fueron las fiestas
de mediados de diciembre dedicadas a Saturno y se extendían por
siete días (posiblemente entre los días 17 y 23). Se suspendían
las guerras, los suplicios se aplazaban y los esclavos podían sentarse
a la mesa con sus amos. Las gentes se regalaban velas de cera (cerei)
y oscilla o sigillaria, figuritas de barro que, generalmente, servían
de juguetes a los niños. Pero, como todo, esta celebración evolucionó
hacia el desenfreno, al desorden civil y al libertinaje.
Como queda expuesto arriba, los romanos, a quienes
hay que citar siempre que se hable del Carnaval, celebraron este
con las saturnalias y bacanales en diciembre y las lupercalias en
febrero.
El cristianismo asimiló estas y otras fiestas paganas
de invierno, acomodándolas a su calendario y denominándolas rituales
de la “Risa Pascual”. En medio de ellas situó la Epifanía (6 de
enero), la fiesta de San Antonio Abad (17 de enero) y la Candelaria
(2 de febrero).
Independientemente de lo que dio origen a la palabra
Carnaval (carrus navalis–car navalis, carnestollendas o carne levare
–quitar las carnes–, carne vale –adiós a la carne–, carnislevamen
o carnisprivum –privación de carne–) este festejo precede el comienzo
del ayuno de Cuaresma, la fiesta de ramos, la Pascua, la Semana
Mayor, escenarios religiosos que, el panameño, luego del desenfreno
de su conducta en el Carnaval, guarda con extrema seriedad y solemnidad.
El autor es historiador y catedrático universitario
Además en opinión
• Rectificación:
Guillermo Sánchez Borbón •
Desvergonzados: Jorge E. Ritter
• Un país
invisible en Washington •
El Carnaval: Jorge Kam Ríos
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