Panamá, 28 de febrero de 2003
 
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Sueño de Carnaval

Este año del centenario los metropolitanos esperan que la Junta del Carnaval reviva el esplendor que tenían antaño las fiestas de Momo

Hermes Sucre S.
hsucre@prensa.com

Después de la jornada periodística diaria, el cansancio hace que los párpados pesen como si fueran marquesinas de hierro. La cotidiana búsqueda de noticias, y el posterior trabajo de redacción detrás de la computadora es agotador, pero siempre hay tiempo para pensar en la diversión. Entre un bostezo y otro llegan a mi mente las remembranzas de los últimos carnavales capitalinos.

Me veo en plena Vía España, como uno más de los cientos de “desorientados” que acuden a presenciar el desfile de unos carros alegóricos que son como los diamantes: escasos. Desde el fondo de la garganta de la céntrica vía se escuchaba el retumbar de los tambores de la samba de “Los Campesinos” de El Chorrillo, que se divertían brincando con paraguas (abiertos) multicolores.

En medio de la niebla residual de las mechas de cohetes chinos, los niños se entretenían recogiendo bolitas de confeti. Cada cinco metros había un puesto de venta de comida, refrescos y cerveza. Desde muy temprano, las improvisadas galerías de espectadores –con su nevera al lado– ganaban lugar para el gran evento.

Una “mamita” afroamericana –con un sombrero adornado con frutas plásticas– saboreaba un aromático capuchino, acompañado de una tiamina porque, según ella, “el Carnaval capitalino es un sueño, porque la gente se duerme mientras espera los desfiles”.

Por todos los rincones se sentía el olor de los chorizos empalados sobre las parrillas. Sobraban los buhoneros con cajetas llenas de confeti. “Cerveza, cerveza... bien fría”, gritaban los pregoneros. De vez en cuando –estimulados por los tragos– se producían amagos de alegría, como el caso de un adulto mayor que desafió su reuma para irse al piso bailando el “culiquitaca”. Otro amigo, recién viejo, pero con menos condiciones, cayó como papaya cuando trató de lucirse con el “baile de la pera”. Algunas damas –más conservadoras– sudaban sus licras al ritmo del merengue y de la música de Sandra Sandoval.

Los asustados niños, medio deshidratados, no podían saborear su algodón de azúcar, por culpa de las impertinencias del sempiterno diablo rojo, con una cola remendada a su ya descolorido disfraz. Para colmo, el blanquecino rizo del algodón perdía volumen cuando los tragafuegos soltaban su llamarada.

La gente iba y venía a lo largo de la ruta del desfile, como a la espera de un milagro. De vez en cuando aparecía un solitario carro alegórico, escoltado por payasos en patines. Y por supuesto, no podían faltar los resbalosos “pideplata”. Uno de ellos, con un repugnante pedazo de carne cruda en la boca, se le acercó a una dama para decirle: “me das un peso o te doy un beso”. La doñita terminó por entregarle hasta las tarjetas de crédito.

Está de más decir que todo el mundo cargaba un celular en la cintura. Cuando caían las primeras sombras de la noche, era común ver a los bebedores de cerveza regando los maceteros del área bancaria. Esporádicamente aparecía un turista, con un sombrero “espeluca’o” y una camisa hawaiana, con una filmadora al hombro. Como siempre, no faltaba un chiquillo llorón, que quizá cegado por el humo de los fogones, se había extraviado de su mamá.

La Vía España parecía una abarrotada estación de tren, llena de gente esperando el gran desfile. En la lejanía se escuchaba el ruido de un equipo pesado, como de una carroza. “¡Viene otro carro, viene otro carro...”, gritaban los eufóricos espectadores, con un entusiasmo parecido al de los náufragos cuando divisan una isla. Poco a poco se fue despejando la incógnita: era el carro de la basura que arrastraba los montículos de confeti, el reguero de vasos vacíos y la cartuchería embarrada de salsa de barbacoa.

De pronto escuché un timbrazo –mezcla de ruido de pitos y música de violín–. Pensé que venían las escuelas o la Banda Republicana, pero después de tirar manotazos en la oscuridad me di cuenta de que era el reloj despertador. Todo había sido un sueño de Carnaval.

Fue un alivio lavarme la cara y recuperarme de la pesadilla. Este año del centenario los metropolitanos esperan que la Junta del Carnaval reviva el esplendor que tenían antaño las fiestas de Momo.

El Miércoles de Ceniza la cuadrilla de los trabajadores del aseo se llevarán los recuerdos de un Carnaval que, como toda fiesta pagana, tiene momentos malos y buenos. Y en la tarde las iglesias estarán llenas de pecadores arrepentidos –con sus caras lánguidas, quemadas del sol– preguntándose unos a otros: “¿vas para la Atalaya?”.

El autor es periodista

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