
Sueño de Carnaval
Este año del centenario
los metropolitanos esperan que la Junta del Carnaval reviva el esplendor
que tenían antaño las fiestas de Momo
Hermes Sucre S. hsucre@prensa.com
Después
de la jornada periodística diaria, el cansancio hace que los párpados
pesen como si fueran marquesinas de hierro. La cotidiana búsqueda
de noticias, y el posterior trabajo de redacción detrás de la computadora
es agotador, pero siempre hay tiempo para pensar en la diversión.
Entre un bostezo y otro llegan a mi mente las remembranzas de los
últimos carnavales capitalinos.
Me veo en plena Vía España, como uno más
de los cientos de “desorientados” que acuden a presenciar el desfile
de unos carros alegóricos que son como los diamantes: escasos. Desde
el fondo de la garganta de la céntrica vía se escuchaba el retumbar
de los tambores de la samba de “Los Campesinos” de El Chorrillo,
que se divertían brincando con paraguas (abiertos) multicolores.
En medio de la niebla residual de las mechas de
cohetes chinos, los niños se entretenían recogiendo bolitas de confeti.
Cada cinco metros había un puesto de venta de comida, refrescos
y cerveza. Desde muy temprano, las improvisadas galerías de espectadores
–con su nevera al lado– ganaban lugar para el gran evento.
Una “mamita” afroamericana –con un sombrero adornado
con frutas plásticas– saboreaba un aromático capuchino, acompañado
de una tiamina porque, según ella, “el Carnaval capitalino es un
sueño, porque la gente se duerme mientras espera los desfiles”.
Por todos los rincones se sentía el olor de los
chorizos empalados sobre las parrillas. Sobraban los buhoneros con
cajetas llenas de confeti. “Cerveza, cerveza... bien fría”, gritaban
los pregoneros. De vez en cuando –estimulados por los tragos– se
producían amagos de alegría, como el caso de un adulto mayor que
desafió su reuma para irse al piso bailando el “culiquitaca”. Otro
amigo, recién viejo, pero con menos condiciones, cayó como papaya
cuando trató de lucirse con el “baile de la pera”. Algunas damas
–más conservadoras– sudaban sus licras al ritmo del merengue y de
la música de Sandra Sandoval.
Los asustados niños, medio deshidratados, no podían
saborear su algodón de azúcar, por culpa de las impertinencias del
sempiterno diablo rojo, con una cola remendada a su ya descolorido
disfraz. Para colmo, el blanquecino rizo del algodón perdía volumen
cuando los tragafuegos soltaban su llamarada.
La gente iba y venía a lo largo de la ruta del desfile,
como a la espera de un milagro. De vez en cuando aparecía un solitario
carro alegórico, escoltado por payasos en patines. Y por supuesto,
no podían faltar los resbalosos “pideplata”. Uno de ellos, con un
repugnante pedazo de carne cruda en la boca, se le acercó a una
dama para decirle: “me das un peso o te doy un beso”. La doñita
terminó por entregarle hasta las tarjetas de crédito.
Está de más decir que todo el mundo cargaba un celular
en la cintura. Cuando caían las primeras sombras de la noche, era
común ver a los bebedores de cerveza regando los maceteros del área
bancaria. Esporádicamente aparecía un turista, con un sombrero “espeluca’o”
y una camisa hawaiana, con una filmadora al hombro. Como siempre,
no faltaba un chiquillo llorón, que quizá cegado por el humo de
los fogones, se había extraviado de su mamá.
La Vía España parecía una abarrotada estación de
tren, llena de gente esperando el gran desfile. En la lejanía se
escuchaba el ruido de un equipo pesado, como de una carroza. “¡Viene
otro carro, viene otro carro...”, gritaban los eufóricos espectadores,
con un entusiasmo parecido al de los náufragos cuando divisan una
isla. Poco a poco se fue despejando la incógnita: era el carro de
la basura que arrastraba los montículos de confeti, el reguero de
vasos vacíos y la cartuchería embarrada de salsa de barbacoa.
De pronto escuché un timbrazo –mezcla de ruido de
pitos y música de violín–. Pensé que venían las escuelas o la Banda
Republicana, pero después de tirar manotazos en la oscuridad me
di cuenta de que era el reloj despertador. Todo había sido un sueño
de Carnaval.
Fue un alivio lavarme la cara y recuperarme de la
pesadilla. Este año del centenario los metropolitanos esperan que
la Junta del Carnaval reviva el esplendor que tenían antaño las
fiestas de Momo.
El Miércoles de Ceniza la cuadrilla de los trabajadores
del aseo se llevarán los recuerdos de un Carnaval que, como toda
fiesta pagana, tiene momentos malos y buenos. Y en la tarde las
iglesias estarán llenas de pecadores arrepentidos –con sus caras
lánguidas, quemadas del sol– preguntándose unos a otros: “¿vas para
la Atalaya?”.
El autor es periodista
Además en actualidad
• Sueño de Carnaval:
Hermes Sucre S. •
La corrupción y el hanta: Carlos Ovando •
De vuelta al problema: Gerardo Berroa Loo
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