Vengo a decirle adiós a los muchachos
Hay que soportar, además,
que aquél concluya de tu texto lo que le venga en ganas, aunque
tenga poco que ver con lo que dijiste
Jaime A. Porcell Alemán japorcell@yahoo.com.mx
No conozco a nadie que le piquen los pies
por dejar el rol de columnista. Desde hace una década, escribir
me posee como un demonio mientras me regala una satisfacción inexplicable.
He escrito con regularidad para cinco medios. Mas fue con La Prensa
donde mejor conocí y disfruté del poder de la palabra escrita. Pero
cuando te cantan tres strikes, estás ponchado. Tres artículos rechazados,
dos en menos de 15 días, todo un récord, indica que no nos estamos
entendiendo y que tocó la hora de decir adiós a los muchachos. El
único sentimiento típico que me faltaba, el de no ser comprendido,
ya está aquí.
Escribí, también leí, pero sobre todo, entendí.
Este investigador de mercado requirió redactar más de 150 columnas
durante tres años y sobrevivir a tres administraciones, para descifrar
algunos retos que afronta el articulismo nacional.
Abundan quienes orientan la opinión, escasean los
que, además, la deleitan. Aquellos que pretenden deleitarla, serán
tratados como bichos raros, en una fauna plena de articulistas profundos
pero que aburren hasta las piedras. Tampoco se les puede culpar.
Un escritor sin oficio, aunque conozca del tema, produce textos
de aficionado. Con un sentido del ahorro mal entendido, los periódicos
entregaron las páginas de opinión a quien no tiene por qué manejar
la técnica del artículo. Peor aún. Los medios están rellenando con
políticos disfrazados de analistas, que por más vueltas que den
siempre caen en las ¡vivas! y los ¡abajo! Eso no es opinión, es
propaganda, y debiera pagarse.
Las páginas destilan, sin tregua ni imaginación
un monotema político escaso de gracia, cuya fijación tenderá a intensificarse
con la cercanía del período electoral. Los editores desdeñan el
gran poder de convocar lectores de lo artístico, académico, médico,
lo familiar, como parte de una temática de opinión. La persistencia
de tantos vicios, acendra la sospecha que los periódicos entienden
el periodismo de opinión distinto al entender clásico.
Existe la idea que escribir resulta tan sencillo
como sentarse en el ordenador, y que los buenos textos están tan
a la mano de Ritter, Sánchez Borbón, José Montano, como de cualquiera.
Las redacciones desbordan de opiniones tendenciosas y triviales,
mientras hacen falta más Gorritti, Rubén Murgas, Renato Pereira,
Mario Galindo, Gilberto Sucre, Olmedo Miranda, Italo Antinori, Ernesto
Endara, que distingan el texto bueno del mediocre.
Desde esta esquinita, debajo de Bobby, señalé verdades
con nombre propio, pero con respeto por el poder de la letra impresa.
De las 70 mil palabras que parí, reniego de una: haber calificado
a Ricardo Bermúdez como “temoso”, todo por un error de edición.
La madurez que sobrevino con el oficio, evidencia
algunas verdades íntimas. Hay placer en ver el nombre de uno impreso
en tinta negra, y casi tocas el cielo cuando tropiezas con alguien
que inquiere –¿usted es el que escribe?–. El columnista envidia
al político mientras sustituye el poder del puesto por el de la
pluma. Aquí la fama es efímera, y si buscas inmortalidad, mejor
prensa un acordeón. El prestigio de una firma lo forja la insistencia
de aparecer y ser leído periódicamente. Pero el lector, más que
tuyo, pertenece al medio. Hay que soportar, además, que aquél concluya
de tu texto lo que le venga en ganas, aunque tenga poco que ver
con lo que dijiste.
De resumir el legado de estos tres años, diría que
en el redactar conciso y claro está la base de un estilo propio.
La editora Nubia Aparicio me conminó a escribir en 650 palabras.
Cuando eliminé adherencias y comprimí mi artículo, quedé extasiado
ante el poder de la difícil brevedad. Suscribir una columna supuso
enfrentar que, aunque no quise ser escritor, no quedó otro remedio
que rendirme ante un rol que me tomó tan en serio, que me impone
decir adiós en contra de mi vanidad y mi bolsillo.
El autor es analista de mercado
Además en opinión
• Política,
políticos, candidatos: I. Roberto Eisenmann, Jr.
• Vengo a decirle
adiós a los muchachos: Jaime A. Porcell Alemán
• Colón, ¿ciudad
en ruinas?: Francisco Herrera •
Mojigatería alcaldicia en Carnaval: Jorge
I. Alzamora M.
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