Colón, ¿ciudad en ruinas?
Sabía que veríamos una
ciudad en estado de pobreza, pero no estábamos listos para un estremecimiento
emocional tan fuerte
Francisco Herrera
Viajar a la ciudad de Colón puede convertirse
en una experiencia desagradable, si no dolorosa, para quienes la
conocieron en otras épocas. En julio pasado visité la isla Galeta
con un grupo de historiadores, geógrafos, geólogos, etc., que participó
en el VI Congreso Centroamericano de Historia, invitados por el
Dr. S. Heckadon, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales.
La isla Galeta es actualmente una propuesta interesante de investigación
y educación ambiental para la comunidad colonense, sobre la zona
marino costera de Colón, ahora amenazada por intereses económicos
que promueven el “desarrollo” a ultranza en esa región.
Después de pasar algunas horas mirando los
manglares, los arrecifes, peces, tortugas, y enterarnos de la variedad
biológica del ecosistema costero marino en el sitio, visitamos la
ciudad de Colón, en parte para cumplir el compromiso hecho a los
invitados, entre los cuales había quienes tenían hasta 30 años de
haberla visto por primera vez. Sabía que veríamos una ciudad en
estado de pobreza, pero no estábamos preparados para un estremecimiento
emocional tan fuerte. Una vez pasado el cruce, con su caótico transitar
de vehículos con desvíos de una sola ruta, debido a las obras civiles
del puente que aliviará el tránsito actual, bajo la coordinación
del Programa Colón 2000, pasamos los rellenos de lo que fue la laguna
de Sylver City, y entramos a la ciudad.
Si alguna vez quisiéramos tener una idea de lo que
pudiera representar una bomba de neutrón, aquella que supone no
destruir los edificios, sino a la gente, aquí tendríamos algún tipo
de ejemplo. Aunque con variantes. Lo primero que golpea a la vista
es el estado de los edificios y las calles, que contrasta con la
febril actividad que se observa en las entradas de la Zona Libre.
Aquí, el movimiento no deja lugar a dudas acerca de la importancia
concedida a los puertos y su desarrollo, mientras que el resto de
la ciudad parece una ruina, si es que no lo es ya. La mayor parte
de los edificios, tanto de madera como los de cemento y mampostería,
apenas si reflejan su particular arquitectura, de diversas épocas
del siglo XIX y el siglo XX. Estructuras a las que se les han desprendido
sus fachadas y elementos de adorno, tanto por el tiempo como por
falta de mantenimiento. En aquellas casas de un alto, donde los
anchos balcones servían de marquesina y protección de la lluvia
a los transeúntes, el hacinamiento ha obligado a dividirlas en múltiples
cuartitos, eliminando lo que fuera su intención arquitectónica:
brindar el espacio de recreación en las horas estivales o aun durante
los momentos más calurosos de la estación lluviosa. La basura se
acumula en numerosos sitios alrededor de los cuales deambula la
gente, indiferente, al parecer, a su fealdad y malos olores. Lo
que fuera el famoso paseo que da al mar hacia la entrada del Canal,
frente a la antigua base naval de Coco Solo y que terminaba en el
hospital Amador Guerrero, ya refleja el abandono. La hierba alta,
trabajos de drenaje de aguas negras sin terminar, le dan un aspecto
de tierra de nadie, aunque todavía la gente llega para disfrutar
de los vientos del norte que soplan en la estación seca.
¿Quién o quiénes son los culpables? En realidad
la pregunta está mal hecha. Buscar culpables sugiere condenar y
satisfacerse con el castigo al supuesto delincuente. Creo que al
tratar de contestar esta pregunta, se han cometido juicios equivocados
y llenos de prejuicios. Más bien debemos preguntarnos por qué Colón
ha llegado a esa situación. Y buscar, eso sí, en su historia algún
factor que en su ausencia la haya condicionado. Es probable que
las explicaciones sobren. Desde las de los desempleados que demandan
trabajo para la gente de Colón y que –según ellos– no han logrado
que la comunidad sea atendida por aquellos que tienen el control
de la economía de la ciudad, hasta las de los empresarios que sostienen
que la actitud de desgano de la gente y su inclinación a rendir
poco en el trabajo es parte de la respuesta, pasando por los políticos
que piensan que la inestabilidad social tiene su origen en la falta
de recursos dirigidos hacia el área.
La historia de Colón podría pensarse como la de
toda ciudad puerto que ha desarrollado una amplia dependencia al
movimiento y trasiego de mercancías, más, quizá, que el resto de
las ciudades del país. Angel Rubio, geógrafo español, fundador de
la Escuela de Geografía de la Universidad de Panamá, decía que Colón
tenía a todo el país como su hinterland. Con esto quería decir que
siendo una ciudad dedicada a brindar servicios a las funciones de
tránsito del Canal, la dependencia con respecto a la producción
agrícola del país era una consecuencia de ese papel que adquirió.
Lo paradójico es que una buena parte de su población rural fue atraída
por los trabajos durante la pre-guerra y la Segunda Guerra Mundial,
dejando de producir lo necesario para el mantenimiento de su población.
Así, su dependencia del resto del mundo se hizo más notable.
Así debió ser hasta las décadas de 1960 y 1970 para
la gente de la Costa Abajo y la Costa Arriba, si tomamos en cuenta
que la mayor parte de la población original de esas áreas se dedicaba
a la pesca, a la horticultura de subsistencia y a una economía extractiva
de recursos naturales, como zarzaparrilla, balata, caucho, níspero,
tortugas, y alguna vez productos agrícolas como el banano.
En Colón, la población afroantillana que permaneció
después de la construcción del Canal y que le dio su personalidad
a la ciudad, dependió históricamente del Canal como fuente de trabajo,
pero al crecer su población sobrepasó la oferta de trabajo y se
fue degradando en la pobreza y en economías informales, pero sobrevivió
mientras esa economía estuvo ligada a las bases militares y la fuerza
de trabajo civil de la Zona del Canal.
En 1948 se crea la Zona Libre de Colón, un proyecto
que además de aprovechar la posición geográfica del país, suponía
la posibilidad de generar empleo, pero quedó en realidad separado
de la misma. Ahora, anticipando la post-guerra, la Zona Libre pretende
ser Colón 2000. Si en algo falló la propuesta fue en generar empleo
para los colonenses. Durante la década de 1950, la economía de Colón
decayó hasta provocar una de las primeras manifestaciones de protesta
social en la llamada marcha contra el hambre de hombres, mujeres
y niños hacia la ciudad de Panamá. Dicha marcha fue el anuncio de
una crisis que no ha terminado y que no parece terminar pues los
programas se reducen a fomentar proyectos económicos en los que
la participación de la gente sigue siendo limitada debido a los
prejuicios sociales, culturales y hasta étnicos.
La restauración de la ciudad, respetando su arquitectura
y su historia, puede ser, si el Estado se lo propone, un solo proyecto
que podría generar trabajo y participación de la gente. La noticia
reciente de un viejo caserón que se desplomó en los días de Navidad
solo parece confirmar el abandono, en apariencia natural, de la
ciudad. Sus ruinas sugieren otra cosa en los cálculos de algunos
que especulan con los bienes raíces de sus tierras. Y peor, hay
quienes especulan con el desarrollo urbano sin su gente.
El autor es antropólogo, historiador y profesor
de la Universidad de Panamá
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