Panamá, 28 de febrero de 2003
 
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Colón, ¿ciudad en ruinas?

Sabía que veríamos una ciudad en estado de pobreza, pero no estábamos listos para un estremecimiento emocional tan fuerte

Francisco Herrera

Viajar a la ciudad de Colón puede convertirse en una experiencia desagradable, si no dolorosa, para quienes la conocieron en otras épocas. En julio pasado visité la isla Galeta con un grupo de historiadores, geógrafos, geólogos, etc., que participó en el VI Congreso Centroamericano de Historia, invitados por el Dr. S. Heckadon, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales. La isla Galeta es actualmente una propuesta interesante de investigación y educación ambiental para la comunidad colonense, sobre la zona marino costera de Colón, ahora amenazada por intereses económicos que promueven el “desarrollo” a ultranza en esa región.

Después de pasar algunas horas mirando los manglares, los arrecifes, peces, tortugas, y enterarnos de la variedad biológica del ecosistema costero marino en el sitio, visitamos la ciudad de Colón, en parte para cumplir el compromiso hecho a los invitados, entre los cuales había quienes tenían hasta 30 años de haberla visto por primera vez. Sabía que veríamos una ciudad en estado de pobreza, pero no estábamos preparados para un estremecimiento emocional tan fuerte. Una vez pasado el cruce, con su caótico transitar de vehículos con desvíos de una sola ruta, debido a las obras civiles del puente que aliviará el tránsito actual, bajo la coordinación del Programa Colón 2000, pasamos los rellenos de lo que fue la laguna de Sylver City, y entramos a la ciudad.

Si alguna vez quisiéramos tener una idea de lo que pudiera representar una bomba de neutrón, aquella que supone no destruir los edificios, sino a la gente, aquí tendríamos algún tipo de ejemplo. Aunque con variantes. Lo primero que golpea a la vista es el estado de los edificios y las calles, que contrasta con la febril actividad que se observa en las entradas de la Zona Libre. Aquí, el movimiento no deja lugar a dudas acerca de la importancia concedida a los puertos y su desarrollo, mientras que el resto de la ciudad parece una ruina, si es que no lo es ya. La mayor parte de los edificios, tanto de madera como los de cemento y mampostería, apenas si reflejan su particular arquitectura, de diversas épocas del siglo XIX y el siglo XX. Estructuras a las que se les han desprendido sus fachadas y elementos de adorno, tanto por el tiempo como por falta de mantenimiento. En aquellas casas de un alto, donde los anchos balcones servían de marquesina y protección de la lluvia a los transeúntes, el hacinamiento ha obligado a dividirlas en múltiples cuartitos, eliminando lo que fuera su intención arquitectónica: brindar el espacio de recreación en las horas estivales o aun durante los momentos más calurosos de la estación lluviosa. La basura se acumula en numerosos sitios alrededor de los cuales deambula la gente, indiferente, al parecer, a su fealdad y malos olores. Lo que fuera el famoso paseo que da al mar hacia la entrada del Canal, frente a la antigua base naval de Coco Solo y que terminaba en el hospital Amador Guerrero, ya refleja el abandono. La hierba alta, trabajos de drenaje de aguas negras sin terminar, le dan un aspecto de tierra de nadie, aunque todavía la gente llega para disfrutar de los vientos del norte que soplan en la estación seca.

¿Quién o quiénes son los culpables? En realidad la pregunta está mal hecha. Buscar culpables sugiere condenar y satisfacerse con el castigo al supuesto delincuente. Creo que al tratar de contestar esta pregunta, se han cometido juicios equivocados y llenos de prejuicios. Más bien debemos preguntarnos por qué Colón ha llegado a esa situación. Y buscar, eso sí, en su historia algún factor que en su ausencia la haya condicionado. Es probable que las explicaciones sobren. Desde las de los desempleados que demandan trabajo para la gente de Colón y que –según ellos– no han logrado que la comunidad sea atendida por aquellos que tienen el control de la economía de la ciudad, hasta las de los empresarios que sostienen que la actitud de desgano de la gente y su inclinación a rendir poco en el trabajo es parte de la respuesta, pasando por los políticos que piensan que la inestabilidad social tiene su origen en la falta de recursos dirigidos hacia el área.

La historia de Colón podría pensarse como la de toda ciudad puerto que ha desarrollado una amplia dependencia al movimiento y trasiego de mercancías, más, quizá, que el resto de las ciudades del país. Angel Rubio, geógrafo español, fundador de la Escuela de Geografía de la Universidad de Panamá, decía que Colón tenía a todo el país como su hinterland. Con esto quería decir que siendo una ciudad dedicada a brindar servicios a las funciones de tránsito del Canal, la dependencia con respecto a la producción agrícola del país era una consecuencia de ese papel que adquirió. Lo paradójico es que una buena parte de su población rural fue atraída por los trabajos durante la pre-guerra y la Segunda Guerra Mundial, dejando de producir lo necesario para el mantenimiento de su población. Así, su dependencia del resto del mundo se hizo más notable.

Así debió ser hasta las décadas de 1960 y 1970 para la gente de la Costa Abajo y la Costa Arriba, si tomamos en cuenta que la mayor parte de la población original de esas áreas se dedicaba a la pesca, a la horticultura de subsistencia y a una economía extractiva de recursos naturales, como zarzaparrilla, balata, caucho, níspero, tortugas, y alguna vez productos agrícolas como el banano.

En Colón, la población afroantillana que permaneció después de la construcción del Canal y que le dio su personalidad a la ciudad, dependió históricamente del Canal como fuente de trabajo, pero al crecer su población sobrepasó la oferta de trabajo y se fue degradando en la pobreza y en economías informales, pero sobrevivió mientras esa economía estuvo ligada a las bases militares y la fuerza de trabajo civil de la Zona del Canal.

En 1948 se crea la Zona Libre de Colón, un proyecto que además de aprovechar la posición geográfica del país, suponía la posibilidad de generar empleo, pero quedó en realidad separado de la misma. Ahora, anticipando la post-guerra, la Zona Libre pretende ser Colón 2000. Si en algo falló la propuesta fue en generar empleo para los colonenses. Durante la década de 1950, la economía de Colón decayó hasta provocar una de las primeras manifestaciones de protesta social en la llamada marcha contra el hambre de hombres, mujeres y niños hacia la ciudad de Panamá. Dicha marcha fue el anuncio de una crisis que no ha terminado y que no parece terminar pues los programas se reducen a fomentar proyectos económicos en los que la participación de la gente sigue siendo limitada debido a los prejuicios sociales, culturales y hasta étnicos.

La restauración de la ciudad, respetando su arquitectura y su historia, puede ser, si el Estado se lo propone, un solo proyecto que podría generar trabajo y participación de la gente. La noticia reciente de un viejo caserón que se desplomó en los días de Navidad solo parece confirmar el abandono, en apariencia natural, de la ciudad. Sus ruinas sugieren otra cosa en los cálculos de algunos que especulan con los bienes raíces de sus tierras. Y peor, hay quienes especulan con el desarrollo urbano sin su gente.

El autor es antropólogo, historiador y profesor de la Universidad de Panamá

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