Panamá, 28 de febrero de 2003
 
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La amenaza pacifista

Los intelectuales del movimiento pacifista son lunáticos que todavía no se enteraron de los desastrosos resultados del stalinismo, el nazismo y las demás utopías totalitarias del siglo XX

Andrés Oppenheimer

Soy una de las millones de personas que se oponen a una guerra de Estados Unidos contra Irak sin el apoyo de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Pero cuando escucho los delirantes discursos que se están haciendo en las manifestaciones pacifistas de Europa y América Latina, me pregunto cuál de los dos lados en el debate sobre Irak está más loco.

Consideren los síntomas de regresión totalitaria que proliferaron en las marchas pacifistas del 15 de febrero, cuando más de 3 millones de personas salieron a las calles en las principales ciudades europeas y latinoamericanas para repudiar los planes de guerra del presidente George W. Bush.

Al escuchar a oradores como el director de cine español Pedro Almodóvar, que habló ante un millón de personas en Madrid, uno no puede menos que concluir que los intelectuales supuestamente “progresistas” del movimiento pacifista son lunáticos que todavía no se enteraron de los desastrosos resultados del stalinismo, el nazismo y las demás utopías totalitarias del siglo XX.

Me tomé el trabajo de leer el discurso de Almodóvar, y no encontré una sola palabra crítica a los crímenes de Sadam Husein. A lo largo del discurso, pareciera que fuera Bush –y no Sadam– quien tomó el poder en un golpe militar hace 23 años, prohíbe los partidos políticos opositores y la prensa independiente, tortura a sus prisioneros y lanza armas químicas contra las minorías étnicas de su país y sus vecinos.

“Irak es hoy un país hundido en la miseria, devastado por más de una década de sanciones económicas y agresiones militares continuadas”, dijo Almodóvar. ``Más de un millón de personas, entre ellas 800 mil menores de cinco años, han muerto a causa del embargo [de la ONU]”.

Lo que es más, haciéndose eco de la retórica de Sadam, agregó que el mundo debería levantarse “en oposición a la guerra contra Irak y en solidaridad con el pueblo iraquí”.

Ese mismo día, otras 2 millones de personas marcharon en Roma, París, Londres, ciudad de México, Sao Paulo y Buenos Aires, muchas de ellas con banderas de Irak, Cuba y Palestina. En Argentina, coreaban “Bush, fascista, vos sos el terrorista”. En Brasil, el eslogan era “El iraquí es mi amigo: métete con él y te metes conmigo”.

¿Es que Almodóvar y sus colegas nunca se tomaron el trabajo de meterse en la página de internet de Amnistía Internacional (AI), y buscar lo que se dice sobre Irak? Si lo hubieran hecho, se habrían enterado de que el pueblo iraquí estaría feliz si pudiera deshacerse de Sadam.

Para hacer la historia corta, la dictadura de Sadam ha asesinado a decenas de miles de personas en la última década, desde la invasión iraquí a Kuwait. AI, que se opone a la guerra de Bush, dice en su último informe anual que el régimen de Irak “practica sistemáticamente la tortura” de sus prisioneros políticos.

“Los métodos más comunes de tortura física incluyen choques eléctricos o quemaduras de cigarrillos en varias partes del cuerpo, la extirpación de las uñas, la violación, las golpizas con cables y varas de metal”, dice el informe de AI.

Max Van der Stoel, hasta hace poco el encargado del grupo de las Naciones Unidas que monitorea los derechos humanos en Irak, ha dicho que el régimen iraquí es “la dictadura más cruel que se haya visto en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial”.

¿Solidaridad con eso me está pidiendo Almodóvar, y los demás oradores de las marchas pacifistas?

Perdónenme por ir contra la corriente, pero mientras vea flamear banderas de Irak, Cuba y otras dictaduras cavernarias en las manifestaciones contra la guerra, me costará mucho sentir alguna simpatía con el nuevo movimiento pacifista. Eso no es pacifismo, sino complicidad con el totalitarismo.

De hecho, creo que la comunidad internacional debería intervenir colectivamente en Irak lo antes posible, a través de la ONU, por dos motivos.

Uno, porque en nombre de los tratados internacionales que exigen la defensa colectiva de los derechos humanos, habría que exigirle cuentas a Sadam por sus crímenes de guerra.

Dos, porque a menos que la ONU castigue a Sadam por haber violado las 18 últimas resoluciones exigiéndole que entregue sus armas de destrucción masiva, el organismo internacional se volverá irrelevante, y el mundo se convertirá en un lugar mucho más peligroso.

En el mundo post-11 de septiembre, en que cada vez más Estados delincuentes y grupos terroristas pueden hacerse de armas químicas, biológicas o nucleares, hace más falta que nunca un organismo como Naciones Unidas que mantenga el orden internacional.

De manera que en el nuevo contexto internacional, en que los Estados terroristas y los grupos violentos tendrán un poder destructivo cada vez mayor, no sé quién representa un mayor peligro para la humanidad: si los guerreristas enceguecidos del gobierno de Bush, o los pacifistas cómplices de las dictaduras como Almodóvar y sus colegas.

El autor es columnista de The Miami Herald y de El Nuevo Herald

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