Panamá, 28 de febrero de 2003
 
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Toynbee, Freud y la guerra

En un choque de culturas o si se quiere, entre civilizaciones distintas, ninguna conservará su pureza original, ni siquiera la “victoriosa”

Juan Carlos Ansin

En un mundo plenamente democrático la guerra no tendría lugar. De ser así, sería un serio fracaso del equilibrado sistema inventado por los griegos. Pero el mundo no es, ni podrá ser nunca, plenamente democrático. Las múltiples culturas que lo integran hacen que la democracia, en algunas de ellas, sea una quimera, más por razones teológicas y económicas que sociales o políticas.

Los regímenes teocráticos son incompatibles con el sistema democrático tal como se interpreta en Occidente. La cultura árabe se halla impregnada de tal manera de misticismo religioso que no se la concibe fuera del Corán, su texto sagrado, y de las leyes que de él derivan. Ellas han sido, y aún lo son, una infranqueable barrera para dos de las características que Toynbee señala como estereotipos negativos de la civilización occidental, el individualismo y el consumo de alcohol. El hecho que los sistemas socialistas no hayan penetrado con éxito esa cultura, demuestra hasta dónde puede ser posible soñar con la utopía de un régimen democrático, todavía mucho más ajeno y extraño que los sistemas autocráticos que habitualmente gobiernan a las naciones islámicas.

El drama de Irak lo demuestra con notoria claridad. Un país dividido en diferentes sectas y manejado bajo el despotismo autoritario de un partido que se define como socialista pero se mantiene en el poder por las leyes del terror implantadas por sus dirigentes. Pretender como lo quieren Estados Unidos y Gran Bretaña reemplazar ese régimen a sangre y fuego y de la noche a la mañana por una democracia al estilo Wall Street es realmente un craso error no sólo de interpretación política, sino un desconocimiento de la antropología social y de la historia de las civilizaciones y que demuestra además una seria perturbación del pensamiento, digna del más profundo análisis del eje Bush-Rumsfeld-Rice y de la psicosis colectiva desencadenada luego de la terrible experiencia criminal que sufrieran el 11 de septiembre.

En su Civilization on Trial, Toynbee refiere que ante el choque de las culturas judeocristiana y árabe, poderosa una en lo económico y militar, fuerte la otra en sus creencias, a ésta última no le queda más que dos caminos, enfrentarse a muerte como los zelotes judíos hicieron ante la invasión romana o adaptarse a ella, como lo hicieron en tiempo de Herodes. A la primera respuesta, el rebelde, el historiador británico la llama “zelotismo” y la adaptación de la segunda “herodismo”. Hace la salvedad que en los comienzos de la confrontación predominaría la primera y que la adaptación cultural sería mucho más lenta, medida tal vez en siglos. Pero analiza que a lo largo de las confrontaciones históricas, los pueblos islámicos han dejado tras de sí una profunda huella integradora. Así sucedió con los pueblos sumerios y acadios, antepasados de los persas en las fronteras de lo que hoy son Irak e Irán. Fueron conquistados por la cultura islámica. Durante la etapa de conquista islámica, los árabes llegaron hasta el sureste de Francia y han dejado allí, en España, en el sur de Italia y en la costa norteña del Africa manifestaciones perennes de su presencia. Todo esto anuncia que en un choque de culturas o si se quiere, entre civilizaciones distintas, ninguna conservará su pureza original, ni siquiera la “victoriosa”.

En cuanto al porqué de las recientes y multitudinarias manifestaciones contra la guerra; una respuesta que parecen buscar con poco empeño y mucho desinterés tanto el Gobierno como el 50% de los americanos que la apoyan, se explica por lo que Freud dice en su artículo titulado De guerra y muerte (1915). “ …condenados a una información unilateral, sin la suficiente distancia respecto a las grandes transformaciones que ya se han consumado o empiezan a consumarse y sin vislumbrar el futuro que va plasmándose, caemos en la desorientación sobre el significado de las impresiones que nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos.” Más adelante Freud emite dos conceptos que en principio suenan contrapuestos pero que no lo son. En cuanto a la legitimidad de la guerra compara la aplicación de la justicia al ciudadano común y la del Estado en tiempos bélicos.

Dice Freud: “…El Estado beligerante se entrega a todas las injusticias y violencias que inflamarían a los individuos…” y más adelante agrega: “…El Estado exige de sus ciudadanos la obediencia y el sacrificio más extremos, pero los priva de su mayoridad mediante un secreto desmesurado y una censura –o manipulación de las informaciones, agregado mío– que los deja inermes…denuncia los tratados y compromisos con que se había obligado frente a otros Estados y confiesa paladinamente su codicia y afán de poderío, que después los individuos deben aplaudir por patriotismo”. Termina el párrafo aclarando que:…”no se objete que el Estado no puede renunciar al uso de la injusticia, porque de esa manera se pondría en desventaja. También para el individuo es, en general, harto desventajosa la observancia de normas éticas y la renuncia al ejercicio brutal de la violencia…pues nuestra conciencia moral no es ese juez insobornable que dicen los maestros de la ética: su origen no es otra cosa que angustia social. Toda vez que la comunidad suprime el reproche, cesa también la sofocación de los malos apetitos y los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición que se habían creído incompatibles con su nivel cultural”.

Evidentemente tenemos en estas citas selectivas, escritas en los albores de la Primera y la Segunda Guerra Mundial las explicaciones y respuestas que en todo tiempo y lugar la solución bélica produce en los seres humanos: una gran desilusión.

El autor es médico

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