
Toynbee, Freud y la guerra
En un choque de culturas
o si se quiere, entre civilizaciones distintas, ninguna conservará
su pureza original, ni siquiera la “victoriosa”
Juan Carlos Ansin
En un mundo plenamente democrático la guerra
no tendría lugar. De ser así, sería un serio fracaso del equilibrado
sistema inventado por los griegos. Pero el mundo no es, ni podrá
ser nunca, plenamente democrático. Las múltiples culturas que lo
integran hacen que la democracia, en algunas de ellas, sea una quimera,
más por razones teológicas y económicas que sociales o políticas.
Los regímenes teocráticos son incompatibles
con el sistema democrático tal como se interpreta en Occidente.
La cultura árabe se halla impregnada de tal manera de misticismo
religioso que no se la concibe fuera del Corán, su texto sagrado,
y de las leyes que de él derivan. Ellas han sido, y aún lo son,
una infranqueable barrera para dos de las características que Toynbee
señala como estereotipos negativos de la civilización occidental,
el individualismo y el consumo de alcohol. El hecho que los sistemas
socialistas no hayan penetrado con éxito esa cultura, demuestra
hasta dónde puede ser posible soñar con la utopía de un régimen
democrático, todavía mucho más ajeno y extraño que los sistemas
autocráticos que habitualmente gobiernan a las naciones islámicas.
El drama de Irak lo demuestra con notoria claridad.
Un país dividido en diferentes sectas y manejado bajo el despotismo
autoritario de un partido que se define como socialista pero se
mantiene en el poder por las leyes del terror implantadas por sus
dirigentes. Pretender como lo quieren Estados Unidos y Gran Bretaña
reemplazar ese régimen a sangre y fuego y de la noche a la mañana
por una democracia al estilo Wall Street es realmente un craso error
no sólo de interpretación política, sino un desconocimiento de la
antropología social y de la historia de las civilizaciones y que
demuestra además una seria perturbación del pensamiento, digna del
más profundo análisis del eje Bush-Rumsfeld-Rice y de la psicosis
colectiva desencadenada luego de la terrible experiencia criminal
que sufrieran el 11 de septiembre.
En su Civilization on Trial, Toynbee refiere que
ante el choque de las culturas judeocristiana y árabe, poderosa
una en lo económico y militar, fuerte la otra en sus creencias,
a ésta última no le queda más que dos caminos, enfrentarse a muerte
como los zelotes judíos hicieron ante la invasión romana o adaptarse
a ella, como lo hicieron en tiempo de Herodes. A la primera respuesta,
el rebelde, el historiador británico la llama “zelotismo” y la adaptación
de la segunda “herodismo”. Hace la salvedad que en los comienzos
de la confrontación predominaría la primera y que la adaptación
cultural sería mucho más lenta, medida tal vez en siglos. Pero analiza
que a lo largo de las confrontaciones históricas, los pueblos islámicos
han dejado tras de sí una profunda huella integradora. Así sucedió
con los pueblos sumerios y acadios, antepasados de los persas en
las fronteras de lo que hoy son Irak e Irán. Fueron conquistados
por la cultura islámica. Durante la etapa de conquista islámica,
los árabes llegaron hasta el sureste de Francia y han dejado allí,
en España, en el sur de Italia y en la costa norteña del Africa
manifestaciones perennes de su presencia. Todo esto anuncia que
en un choque de culturas o si se quiere, entre civilizaciones distintas,
ninguna conservará su pureza original, ni siquiera la “victoriosa”.
En cuanto al porqué de las recientes y multitudinarias
manifestaciones contra la guerra; una respuesta que parecen buscar
con poco empeño y mucho desinterés tanto el Gobierno como el 50%
de los americanos que la apoyan, se explica por lo que Freud dice
en su artículo titulado De guerra y muerte (1915). “ …condenados
a una información unilateral, sin la suficiente distancia respecto
a las grandes transformaciones que ya se han consumado o empiezan
a consumarse y sin vislumbrar el futuro que va plasmándose, caemos
en la desorientación sobre el significado de las impresiones que
nos asedian y sobre el valor de los juicios que formamos.” Más adelante
Freud emite dos conceptos que en principio suenan contrapuestos
pero que no lo son. En cuanto a la legitimidad de la guerra compara
la aplicación de la justicia al ciudadano común y la del Estado
en tiempos bélicos.
Dice Freud: “…El Estado beligerante se entrega a
todas las injusticias y violencias que inflamarían a los individuos…”
y más adelante agrega: “…El Estado exige de sus ciudadanos la obediencia
y el sacrificio más extremos, pero los priva de su mayoridad mediante
un secreto desmesurado y una censura –o manipulación de las informaciones,
agregado mío– que los deja inermes…denuncia los tratados y compromisos
con que se había obligado frente a otros Estados y confiesa paladinamente
su codicia y afán de poderío, que después los individuos deben aplaudir
por patriotismo”. Termina el párrafo aclarando que:…”no se objete
que el Estado no puede renunciar al uso de la injusticia, porque
de esa manera se pondría en desventaja. También para el individuo
es, en general, harto desventajosa la observancia de normas éticas
y la renuncia al ejercicio brutal de la violencia…pues nuestra conciencia
moral no es ese juez insobornable que dicen los maestros de la ética:
su origen no es otra cosa que angustia social. Toda vez que la comunidad
suprime el reproche, cesa también la sofocación de los malos apetitos
y los hombres cometen actos de crueldad, de perfidia, de traición
que se habían creído incompatibles con su nivel cultural”.
Evidentemente tenemos en estas citas selectivas,
escritas en los albores de la Primera y la Segunda Guerra Mundial
las explicaciones y respuestas que en todo tiempo y lugar la solución
bélica produce en los seres humanos: una gran desilusión.
El autor es médico
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