El barolo y el amarone
ANA ALFARO
ESPECIAL PARA LA PRENSA revista@prensa.com
Si el parmesano es el rey de los quesos, el
Barolo, por su gran asociación con la casa real de Saboya (Víctor
Manuel, rey de Saboya-Piamonte, fue el primer rey de la Italia reunificada
y desde entonces el Barolo se ha asociado con esta dinastía).
Probamos un excelente Barolo 1997 de la casa Prunotto
(Tastevin, B. /30.00): Antinori compró la operación a fines de los
80 y ha sido merecedora en varias ocasiones de los tres Bicchieri
de la Guía de los vinos de Italia; como de tonos granates con aromas
de frutas de bosque, se mostró pleno y aterciopelado en boca, con
excelente equilibrio. Además del cuidado propiciado por la mano
del hombre, los cielos sonrieron al Piamonte este año, que fue,
por consenso absoluto, el mejor de la mejor década del siglo. De
tomar ahora o guardar.
Otro Barolo encomiable es el Cannubi de 1995, producido
por Marchesi di Barolo (Motta, B./57.50). Añejado en roble por un
mínimo de tres años, según especifica su DOC, este vino necesita,
además de decantar, respirar al menos 45 minutos para “abrirse”;
si no, los taninos pueden resultar un poquitín ásperos.
Probamos además dos Barbarescos, bárbaros de verdad
-perdón por el juego de palabras infantiloide-. El primero, un Prunotto
de 1998, tenía buen color e intensidad. Este año fue tan bueno como
el 99 para la mayoría de Italia, y las colinas de Barbaresco no
fueron la excepción. El Prunotto (Tastevin, B./30) muestra aromas
complejos con toques de regaliz y algo de cuero, que se va modificando
al abrirse (también decantar, y dejar descansar de unos 30 a 45
minutos).
El Barbaresco de Gaja (B./60.00, Brostella) es una
verdadera poesía. Angelo Gaja, el Midas de los vinos de Italia,
es tan maniático que supervisa personalmente todo el proceso vitivinícola,
y esto incluye la elaboración de sus barricas. Antes de hacerlas,
cura la madera a la intemperie, con lo que elimina parte del contenido
tánico del vino, obteniendo así un producto espectacularmente aterciopelado,
con una nariz llena de cerezas y moras maduras, cuerpo exquisitamente
balanceado. Bueno, no bastan los superlativos.
Amarone
Si Romeo y Julieta hubieran sido mayores de edad,
hubieran celebrado su última velada con este vino de nombre poético,
que casualmente procede de la misma región de Italia. Su nombre
completo es Amarone della Valpolicella, y se logra por medio de
la técnica de appassimento , o sea de vino apasado. Antiguamente
se dejaban las uvas en la viña hasta que se cargaran de botritis,
pero últimamente se prescinde de la noble podredumbre para producir
un vino más ligero, acorde al gusto de los tiempos. No es tan dulce
como se podría creer y tiene gran, gran cuerpo. Es casi un sirope,
denso y perfecto como vino para una mesa de quesos, jamás como aperitivo.
Piense en él como en un vino de Oporto, pero menos dulce y, sí,
más denso.
Probamos el Amarone 1900 de Bertani (Motta, B./
79.00). Bertani ha sido por mucho tiempo la vara con que se mide
el desempeño del Amarone della Valpolicella, y este vino ha evolucionado
admirablemente en su década de guarda, y se identifica una buena
dosis de fruta seca y algunos aromas de cuero que va perfectamente
bien con su resina.
Si el precio anterior es más de lo que quiere pagar,
el Amarone della Valpolicella de Bolla (Tastevin, B./31.95) es otra
opción altamente recomendable. Tratándose de un vino más joven,
tiene mucha especia, por supuesto mucha pasa y también algo de tabaco.
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