No perdimos la guerra, en lugar
de ello ganamos héroes
Da tristeza tener que aceptar
que la mayoría de nuestra población desconoce la historia general
de Panamá
Eladio Ostía Pravia eostiapravia@yahoo.com
Al leer las historias de los patriotas de
otros pueblos me invade un profundo respeto; al leer la historia
de los patriotas de mi pueblo me lleno de orgullo, pero al advertir
que pocos son los compatriotas que la conocen, me lleno de disgusto
y deseos por divulgarla.
El 21 de febrero de 1921, 100 hombres del
Ejército costarricense irrumpieron en el pueblo de Coto y tomaron
control del mismo después de haber expulsado al último corregidor
panameño de esa localidad, el señor Manuel Salvador Pinzón Yangüez.
La noticia de la agresión en Coto no demoró en llegar
a la capital, en donde el doctor Belisario Porras, entonces presidente
de la República, tomó las medidas para repeler la agresión. En pocos
días habíamos recuperado Coto y la estrategia para mantener la posición
era sencilla: cortar la línea de suministros a las tropas costarricenses,
pues desprovistas de apoyo tendrían que rendirse; Panamá no contaba
con equipo armado, pues unos años antes de tal evento la policía
había sido desarmada para evitar conflictos con los soldados estadounidenses
que transitaban por nuestro istmo rumbo a Europa durante la Primera
Guerra Mundial. Sin embargo, el Dr. Porras, bajo la premisa “somos
República o no lo somos”, había escondido algunos fusiles en el
Palacio de las Garzas, claro que los primeros combates no se registraron
con estos enseres, sino con el valor de los campesinos panameños
que decidieron combatir a los agresores empleando armas personales
que en otro tiempo fueron herramientas de cacería, pero que a partir
de entonces se convirtieron en instrumentos garantes de libertad
y soberanía.
Los primeros enfrentamientos fueron accesibles para
las tropas panameñas, quienes lograron reocupar y mantener la posición,
pero los costarricenses ambicionaban mucho más que Coto, llegando
incluso a enviar más de 500 hombres armados a Bocas del Toro. A
pesar de los deseos de combatir de los bocatoreños, no pudieron
hacer mucho por la ausencia de armas en la remota provincia; mas
no fue ese el fin, mientras unos combatían con lo poco que tenían,
otros se preparaban para ir al frente y defender la patria; eran
muchachos de escuela secundaria existentes en la época y que aún
se mantienen en pie: hubo lasallistas, institutores y artesanos
en el grupo de muchachos que marchó hacia la frontera a defender
nuestro terruño.
El conflicto empezaba a tomar mayores proporciones,
por lo que el Gobierno de Estados Unidos decidió intervenir “a fin
de preservar sus intereses en la región”, especialmente en el caso
de la United Fruit Company. Bajo esta consigna obligó a la implementación
del mal llamado Fallo White, pues el mismo concurrió ante una solicitud
de interpretación de un fallo previo, el de Emile Loubet y en ese
contexto la actuación del señor Edward White debió limitarse a explayar
el alcance y la aplicación del fallo francés, hechos que no concurrieron
dado que el entonces presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos
decidió aprovechar la situación para emitir un nuevo fallo camuflado
y amparado bajo la figura de una interpretación del Fallo Loubet,
pero que constituyó, in factum, un nuevo fallo, incurriendo en una
actuación violatoria del derecho internacional.
El doctor Belisario Porras, ante la intervención
estadounidense y a fin de evitar mayor derramamiento de sangre,
decidió ordenar la retirada de las tropas panameñas, no sin antes
reservar para la república de Panamá el derecho de reocupar los
territorios vilmente arrebatados, en el momento y por los medios
que nuestro país considerara convenientes.
La reserva hecha por Porras nunca pudo ser ejercida.
Veinte años después de la guerra de Coto, el entonces presidente,
Arnulfo Arias Madrid, firmó la paz (cediendo el territorio de Coto)
con el Gobierno de Costa Rica en el tratado Arias-Calderón Guardia,
fijando in iure el límite oeste de nuestro país.
Son muy pocos los panameños que realmente conocen
la historia de esta guerra, muy poco se habla de ella; cada 21 de
febrero transcurre como un día regular al igual que cada 20 de diciembre
posterior a 1989. La información difundida sobre estos eventos en
las escuelas y demás centros académicos es casi nula, no se aborda
este fragmento de nuestra historia y da tristeza tener que aceptar
que la mayoría de nuestra población desconoce la historia general
de Panamá. Solo espero que la gente se instruya y evitemos que la
historia de lo ocurrido al oeste de Panamá concurra al este, pues
el derramamiento de sangre sería solo equiparable al 20 de diciembre,
y quizá peor.
La guerra de Coto es un episodio en el que no murieron
miles de panameños, pero no por ello debemos dejar en el olvido
esa página de nuestra historia, porque a pesar de que no ganamos
la guerra, tampoco perdimos. En lugar de ello, ganamos héroes.
El autor es estudiante de derecho
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