‘La Tremenda Corte’
Al analizar los vaivenes
de la política en Panamá, me di cuenta de que los Trespatines sobran
y los tremendos jueces escasean
José Miguel Samudio-Horna
La risa y la diversión son un estilo de vida
en la realización radial cubana de mitad de siglo pasado conocida
como: La Tremenda Corte. Una de las formas de aliviar el espíritu,
de distraer el alma cuando sufrimos, es mediante una buena carcajada.
Esta lo ayudará a relajarse para ver el mundo a través de una sonrisa
y a olvidar la desazón que producen las penas económicas, sociales,
políticas, y del corazón.
Desde muy pequeño, y más bien inducido por
la afición de mi papá, aprendí a disfrutar las morcillas hilarantes,
las condenas inconcebibles y el humor delicioso que otrora fue la
cúspide del humorismo radial latinoamericano. Cástor Vispo, escritor
de La Tremenda Corte, es considerado, con justos méritos, el mejor
humorista radial de la isla a pesar de ser español-cubano; fue el
creador de una joya invaluable que cinco décadas después sigue haciendo
reír a miles de personas. En una época ausente de militares, y cuando
las guaracheras curvilíneas marcaban el son isleño, el ingenio del
escritor cobró vida en las voces de los ya fallecidos Leopoldo Fernández
(José Candelario Trespatines), Aníbal de Mar (el tremendo juez),
Mimí Cal (Luz María Nananina), Adolfo Otero (Rudecindo Caldeiro
y Escobiña) y el secretario (Mario Barral). Los programas radiofónicos
se grabaron de lunes a sábado, y a pesar de que nadie sabe cuántos
perviven exactamente, y por haber tantos, siempre dejan el sabor
dulce de la primera vez.
Luego de la revolución cubana, un funcionario de
la empresa productora CMQ de La Habana compró los derechos de transmisión
a un precio irrisorio y se los llevó a Estados Unidos. Su lado televisivo
no gustó tanto como se esperaba, y jamás pudo sustituir los cientos
de programas grabados entre 1947 y 1961. Sus chistes hacen imaginarse
a una Cuba soleada y limpia, con sus guaguas rodando apaciblemente
por las calles. He aprendido con cada capítulo el espíritu inocente
que se impregnó en las viejas cintas de audio que ahora no son más
que la quimera de una patria libre. Algunos de sus títulos peculiares
son novelicidio y benjumedicidio, siempre representativos del caso
a tratar e inventados a la carrera por el tremendo juez. Nuestros
actores políticos actuales inspirarían títulos como: cemicidio,
durodolaricidio, hachepericidio y magistradicidio.
El gran Trespatines es el personaje artístico con
más dotes que he conocido; no solo es ingenioso, estafador, mentiroso,
confianzudo y descarado, sino que además es el típico pillo de barrio
que siempre sabe que su destino nunca es menos de una semana en
el calabozo, y que anticipa a diario con su inigualable saludo:
¡A la reja! Ignoro si a las mujeres les gusta su impredecible dialecto,
o si soportan los gritos de orden que vocifera el señor juez, pero
me gustaría pensar que también gozan de las artimañas que se lanzan
al estrado. Quizás se identifiquen más con el carácter vivaz y siempre
firme de Nananina, o mejor aún, tal vez admiren la inteligencia
oculta de la más grande, pero a la vez más ausente de todas las
madres del mundo, la gran: ¡Mamita! Y si de complicidad o acusaciones
contra Trespatines se trata, situación ambivalente, no hay más experto
que el famoso Rudecindo: español de un léxico elocuente usualmente
ensalzado por gárgaras de buche, adulador y a veces irrespetuoso,
que con gran fascinación expone su caso al gran dotór de la sala;
siempre en busca del lado que más le convenga. Y hablando de lambones,
quien mejor que el “secretario” de la corte; usualmente preocupado
por la salud del señor juez, medio vago y algunas veces atrevido.
¡Escriba ahí secretario!, apunta con mano firme el señor juez. Caballero
de principio a fin, justo, autoritario, respetuoso y educado. Sin
embargo, a veces impaciente y bellaco, tentado por la haraganería
del secretario. Sus gritos hacen eco en el recinto cargado de multas
y órdenes que usualmente resuenan con sabor a castigos justos. ¡Venga
la sentencia!, se alcanza a puntualizar al final de la velada cuando
se condena al bribón.
Al analizar los vaivenes de la política en Panamá,
me di cuenta de que los Trespatines sobran y los tremendos jueces
escasean. La diferencia fundamental de lo ficticio y lo real en
nuestro país, es que allá los presentes reían, acá miramos consternados.
Hago esta comparación porque los cimientos de nuestro Organo Judicial
acaban de estremecerse con las declaraciones impulsivas del magistrado
Alberto Cigarruista.
A los que olvidaron por momentos aquellas líneas
picarescas enardecidas por Trespatines y apaciguadas por el Tremendo
Juez, o las estratagemas sencillas cargadas de sabor y engaño, les
recuerdo que la patria la hacemos todos y que una buena sonrisa
es el mejor escape cuando nos embarga una pena. Concluyendo mi caso
les aclaro, que si encontraron alguna similitud entre los personajes
de La Tremenda Corte y alguno de nuestros políticos, es pura y mera
coincidencia: ¡Cosa ma’grande la vida, chico!
El autor es estudiante graduando de medicina
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