Panamá, 20 de febrero de 2003
 
SECCIONES
Portada
Hoy por hoy
La Ciudad
Nacionales
Deportes
Opinión
Mundo
Negocios
Defensor del lector
Revista
Reseña
Horóscopo
SERVICIOS
Titulares por email
Directorio de email
Reportajes
Columnistas
Notas importantes
El tiempo
TIEMPO LIBRE
Turismo
De interés
Agenda
Cine
De noche
Restaurantes
Recetas
SUPLEMENTOS
Ellas Virtual
Martes Financiero
Aprendo Web
R. Empresarial
SEPARATAS
Pulso de la Nación
AYUDA
Guía del sitio
Tarifas
¿Quienes somos?
Contáctenos
VISITA
Defensoría del pueblo
Vea nuestros clasificadosHaga esta su página de inicio

Optimismo

Al final, será el grado de evolución de la conciencia cívica de la población lo que determinará si el Canal se salva o se hunde

Adolfo Ahumada

Aun frente a la complejidad de los asuntos que giran alrededor del Canal, lo cierto es que se abre paso la conciencia sobre su carácter especial. Cada decisión que involucra al Canal de modo directo o indirecto queda sometida a examen riguroso y atento. Los alcances y las consecuencias se miden en toda su magnitud, pero el significado más importante de este crecimiento de la convicción colectiva reside en el reconocimiento –aunque en algunos es en el plano puramente retórico– de que es adecuado el régimen que se aplica al funcionamiento de la vía interoceánica. En medio de la discusión que produjo la consolidación contable de las finanzas públicas centrales con las del Canal, nadie o casi nadie puso en duda que la mejor manera de manejar el Canal es mediante el fortalecimiento de su trabajo autónomo. Así es, igualmente, como me parece que debe interpretarse la revisión que ha empezado a realizarse en la Asamblea Legislativa, por virtud de la cual, en un borrador constitucional que circula, se ha restablecido la norma que, basada en el rol internacional que cumple el Canal, impide que su funcionamiento pueda ser interrumpido. Quedan pendientes temas muy trascendentes y graves, como la pretensión de que el Canal –que tiene que asegurar la provisión de agua necesaria para poder existir– no tenga la responsabilidad de guardar y conservar la cuenca hidrográfica. Sin embargo, el optimismo se abre paso, dado que la idea central sobre la conveniencia nacional de la autonomía canalera ha ido ganando terreno, al menos en el plano de la cultura del país.

El optimismo tiene que ser cauteloso, porque habrá una escabrosa lucha conceptual que se caracterizará por los altibajos. Ello no debe sorprendernos porque resulta bastante difícil que, en una sociedad pequeña acostumbrada a que las decisiones se tomen desde arriba, con fuerte acento centralista y con un sistema político que se nutre del clientelismo más primitivo, subsistan instituciones que puedan quedar a salvo de todos los embates del medio que les sirve de marco. Por ejemplo, la Constitución señala que el Organo Judicial es autónomo, pero tiene crecientes necesidades que los presupuestos no le satisfacen. En la práctica, las autonomías de la Universidad de Panamá, la Caja de Seguro Social y los municipios, han devenido en formulación relativa, aspiración que no se alcanza. Ni aun entidades que generaban sus propios ingresos, como los antiguos IRHE, INTEL y casinos o la actual Lotería Nacional de Beneficencia, ejercen completa gestión autonómica. Lo trascendente, no obstante, es que, mientras que el recorte de estas autonomías no da lugar a mayores estremecimientos públicos –salvo alguna que otra voz aislada y solo en caso de temas específicos–, cuando se trata del Canal sí se produce una reacción colectiva, se expresa una actitud de permanente vigilia y la preocupación de los sectores mejor preparados queda más clara y patente. El Canal es parte de la Nación, pero se sabe que hay que precaverlo, en la medida en que ello sea posible, de las debilidades estructurales inherentes a la vida social que puedan llegar a afectarlo. Las reglas del título constitucional vigente fueron sabias y merecen observarse como el enfoque sincero y muy pragmático que Panamá decidió adoptar para dar protección a una empresa tan vinculada a las potencialidades de su ulterior desarrollo. Como el Canal es estratégico, sus reglas también deben serlo.

No sé si ese estado de ánimo tan positivo de muchos ciudadanos será suficiente para lograr que las reglas aplicables al Canal, tan distintas del resto de la institucionalidad pública, no queden convertidas en letra muerta. Al final, será el grado de evolución de la conciencia cívica de la población lo que determinará si el Canal se salva o se hunde. Por ahora, afortunadamente, pareciera que la mayoría comparte el criterio de que la empresa más importante del país merece que se la trate con todos los cuidados, y que ninguna generación está dispuesta a permitir que el Canal se desvanezca ante sus ojos. Digo yo.

El autor es abogado

Además en opinión

Optimismo: Adolfo Ahumada
Enseñanzas: I. Roberto Eisenmann III
Reglas para una mejor sociedad: Eric Aragón
Presencia extranjera en el país: Arturo Rebollón






¦
Portada¦ Hoy por hoy¦ La Ciudad¦ Nacionales¦ Deportes¦ Opinión¦
¦
Mundo¦ Negocios¦ Revista¦ Reseña¦ Última hora ¦ UH Mundo¦
¦
UH Negocios ¦ UH Deportes ¦ UH Farandula ¦ UH Ciencia y Salud¦ UH Tecnología ¦ UH Cultura ¦ UH Curiosidades ¦
Derechos reservados, Corporación La Prensa.internet@prensa.com

Corporación La Prensa TEL (507)222-1222
Apartado 6-4586 El Dorado Ave. 12 de octubre, Hato Pintado Panamá, República de Panamá