Optimismo
Al final, será el grado
de evolución de la conciencia cívica de la población lo que determinará
si el Canal se salva o se hunde
Adolfo Ahumada
Aun frente a la complejidad de los asuntos
que giran alrededor del Canal, lo cierto es que se abre paso la
conciencia sobre su carácter especial. Cada decisión que involucra
al Canal de modo directo o indirecto queda sometida a examen riguroso
y atento. Los alcances y las consecuencias se miden en toda su magnitud,
pero el significado más importante de este crecimiento de la convicción
colectiva reside en el reconocimiento –aunque en algunos es en el
plano puramente retórico– de que es adecuado el régimen que se aplica
al funcionamiento de la vía interoceánica. En medio de la discusión
que produjo la consolidación contable de las finanzas públicas centrales
con las del Canal, nadie o casi nadie puso en duda que la mejor
manera de manejar el Canal es mediante el fortalecimiento de su
trabajo autónomo. Así es, igualmente, como me parece que debe interpretarse
la revisión que ha empezado a realizarse en la Asamblea Legislativa,
por virtud de la cual, en un borrador constitucional que circula,
se ha restablecido la norma que, basada en el rol internacional
que cumple el Canal, impide que su funcionamiento pueda ser interrumpido.
Quedan pendientes temas muy trascendentes y graves, como la pretensión
de que el Canal –que tiene que asegurar la provisión de agua necesaria
para poder existir– no tenga la responsabilidad de guardar y conservar
la cuenca hidrográfica. Sin embargo, el optimismo se abre paso,
dado que la idea central sobre la conveniencia nacional de la autonomía
canalera ha ido ganando terreno, al menos en el plano de la cultura
del país.
El optimismo tiene que ser cauteloso, porque
habrá una escabrosa lucha conceptual que se caracterizará por los
altibajos. Ello no debe sorprendernos porque resulta bastante difícil
que, en una sociedad pequeña acostumbrada a que las decisiones se
tomen desde arriba, con fuerte acento centralista y con un sistema
político que se nutre del clientelismo más primitivo, subsistan
instituciones que puedan quedar a salvo de todos los embates del
medio que les sirve de marco. Por ejemplo, la Constitución señala
que el Organo Judicial es autónomo, pero tiene crecientes necesidades
que los presupuestos no le satisfacen. En la práctica, las autonomías
de la Universidad de Panamá, la Caja de Seguro Social y los municipios,
han devenido en formulación relativa, aspiración que no se alcanza.
Ni aun entidades que generaban sus propios ingresos, como los antiguos
IRHE, INTEL y casinos o la actual Lotería Nacional de Beneficencia,
ejercen completa gestión autonómica. Lo trascendente, no obstante,
es que, mientras que el recorte de estas autonomías no da lugar
a mayores estremecimientos públicos –salvo alguna que otra voz aislada
y solo en caso de temas específicos–, cuando se trata del Canal
sí se produce una reacción colectiva, se expresa una actitud de
permanente vigilia y la preocupación de los sectores mejor preparados
queda más clara y patente. El Canal es parte de la Nación, pero
se sabe que hay que precaverlo, en la medida en que ello sea posible,
de las debilidades estructurales inherentes a la vida social que
puedan llegar a afectarlo. Las reglas del título constitucional
vigente fueron sabias y merecen observarse como el enfoque sincero
y muy pragmático que Panamá decidió adoptar para dar protección
a una empresa tan vinculada a las potencialidades de su ulterior
desarrollo. Como el Canal es estratégico, sus reglas también deben
serlo.
No sé si ese estado de ánimo tan positivo de muchos
ciudadanos será suficiente para lograr que las reglas aplicables
al Canal, tan distintas del resto de la institucionalidad pública,
no queden convertidas en letra muerta. Al final, será el grado de
evolución de la conciencia cívica de la población lo que determinará
si el Canal se salva o se hunde. Por ahora, afortunadamente, pareciera
que la mayoría comparte el criterio de que la empresa más importante
del país merece que se la trate con todos los cuidados, y que ninguna
generación está dispuesta a permitir que el Canal se desvanezca
ante sus ojos. Digo yo.
El autor es abogado
Además en opinión
• Optimismo: Adolfo
Ahumada •
Enseñanzas: I. Roberto Eisenmann III •
Reglas para una mejor sociedad: Eric Aragón
• Presencia
extranjera en el país: Arturo Rebollón
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