Sobre la riqueza de todos
Es en la colaboración,
producto del intercambio, donde cada uno se especializa en lo que
es capaz de hacer mejor, y donde reside la capacidad de multiplicar
el bienestar
Olmedo Miró gerencia@fundacionlibertad.org.pa
Imaginen que Bill Gates, el hombre más rico
del mundo, queda náufrago en una isla desierta. Allí tiene que sobrevivir
pescando lo que pueda con sus propias manos. Imaginemos que pesque
un pez a diario después de mucho esfuerzo. El “trabajo” no le da
ni para remendar sus ropas o cepillarse los dientes. Aquí podemos
decir que Bill Gates se ha convertido en un pobre. Ahora, un día
Bill descubre un inmenso tesoro abandonado. ¿Vuelve a ser rico acaso?
Claramente, la respuesta es no. Es así, porque de nada le serviría
un medio de cambio, como lo es el oro, sin contar con quien intercambiar.
Aquel tesoro no lo va a ayudar a pescar un pez más. El pobre Bill
está aislado; no puede intercambiar sus conocimientos de software,
su tesoro, con otros para conseguir alimentos. Para su desgracia
se ha convertido en una persona “autónoma”, que lo tiene que hacer
todo él mismo, así, exactamente, como lo tienen que hacer nuestros
campesinos pobres viviendo perdidos en la montaña. De esta manera
podemos decir que Bill Gates ha sido exiliado del intercambio global,
igual que nuestros campesinos pobres.
He utilizado la metáfora del náufrago para
ayudar a disipar una de las principales confusiones que tiene la
gente acerca de la naturaleza de la riqueza, la cual consiste en
confundir la riqueza (un fin) con un medio que en este caso sería
el dinero, el oro u otros elementos que han sido utilizados a través
de los años como medio de cambio y de denominación. El dinero solo
es importante como el medio más efectivo de facilitar el intercambio
“indirecto” de productos, o sea, aquel intercambio que un Internet
Café realiza cuando le compra un paquete de software a Bill, para
venderme un servicio a mí, que quiero escribir este artículo, con
las facilidades de un procesador de palabras. No hace falta que
ninguno de nosotros se conozca o simpatice, para colaborar en el
proceso de beneficiarnos mutuamente.
Ahora pasemos de la metáfora de la isla desierta
a la historia de la economía. En la Escocia de 1764, un distraído
y genial profesor de filosofía, Adam Smith, iniciaba un tratado
económico denominado La riqueza de las naciones, que terminó de
escribir un poco más de una década después. Este libro define, hasta
el día hoy, los fundamentos teóricos del liberalismo político y
económico en que operan la mayoría de los países occidentales, cuyas
economías funcionan bajo el sistema de mercado. Como descubrió Smith,
es en esa colaboración, producto del intercambio, donde cada uno
se especializa en lo que es capaz de hacer mejor. Allí reside la
capacidad de multiplicar el bienestar que es, a su vez, la naturaleza
de la riqueza personal y de las naciones. Confundir aquello con
valores estáticos, como el dinero, lleva a terribles equivocaciones
que permiten la intervención de la fuerza coercitiva del Estado,
en la colaboración voluntaria entre individuos. Ejemplos de esos
errores son la protección arancelaria (que pretende “impedir” la
salida de divisas), los impuestos redistributivos (que pretenden
distribuir “equitativamente” la riqueza), etc. Todos esos errores
están basados en la creencia, en la ficción de una “riqueza nacional”,
independiente de la propiedad particular que los individuos tengan
sobre ella.
Esta confusión reside en el hecho –demasiado común–
de entender la riqueza de una nación como un ente estático y preexistente,
en vez de analizarlo como un proceso altamente dinámico: un entretejido
de contratos voluntarios entre individuos para permitir potenciar
mejor el valor de sus activos. Y de este pecado no se salvan los
economistas tradicionales, como cuando hablan del producto interno
bruto (PIB), tal como quien habla de los guarismos de una cuenta
bancaria sin establecer como precondición para que la riqueza pueda
ser valuada, el hecho de que debe pertenecer a alguien que pueda
disponer de ella. De ahí que aquel otro gran economista, Ludwig
von Mises (padre de la economía austríaca), haya cuestionado hasta
la posibilidad del cálculo económico en un sistema donde no exista
la propiedad privada. Mises nunca se cansaba de mencionar que el
sistema de intercambio libre o capitalista es un sistema ante todo
“cooperativo”, en el que todos contribuyen a través del intercambio
voluntario a un bienestar común de proporciones casi milagrosas.
Es una lástima que este sistema esté expuesto a toda una serie de
intervenciones basadas en la ignorancia y el oportunismo, que nos
impiden salir de esta isla de pobreza.
Con esto vemos que la riqueza de una sociedad se
genera a través de una extensa colaboración entre individuos; colaboración
que mientras más amplia, será mejor para todos. Esto es lo que se
conoce como economía especializada y allí reside la razón de garantizar
el libre intercambio entre personas. Una nación próspera es aquella
que facilita la colaboración sin privilegios ni discriminaciones.
Una nación próspera es aquella genuinamente libre, lo cual exige
ciudadanos responsables que no deleguen sus recursos y decisiones
a un gobierno mastodóntico.
El autor es miembro de la Fundación Libertad
Además en opinión
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