Panamá, 17 de febrero de 2003
 
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Sobre la riqueza de todos

Es en la colaboración, producto del intercambio, donde cada uno se especializa en lo que es capaz de hacer mejor, y donde reside la capacidad de multiplicar el bienestar

Olmedo Miró
gerencia@fundacionlibertad.org.pa

Imaginen que Bill Gates, el hombre más rico del mundo, queda náufrago en una isla desierta. Allí tiene que sobrevivir pescando lo que pueda con sus propias manos. Imaginemos que pesque un pez a diario después de mucho esfuerzo. El “trabajo” no le da ni para remendar sus ropas o cepillarse los dientes. Aquí podemos decir que Bill Gates se ha convertido en un pobre. Ahora, un día Bill descubre un inmenso tesoro abandonado. ¿Vuelve a ser rico acaso? Claramente, la respuesta es no. Es así, porque de nada le serviría un medio de cambio, como lo es el oro, sin contar con quien intercambiar. Aquel tesoro no lo va a ayudar a pescar un pez más. El pobre Bill está aislado; no puede intercambiar sus conocimientos de software, su tesoro, con otros para conseguir alimentos. Para su desgracia se ha convertido en una persona “autónoma”, que lo tiene que hacer todo él mismo, así, exactamente, como lo tienen que hacer nuestros campesinos pobres viviendo perdidos en la montaña. De esta manera podemos decir que Bill Gates ha sido exiliado del intercambio global, igual que nuestros campesinos pobres.

He utilizado la metáfora del náufrago para ayudar a disipar una de las principales confusiones que tiene la gente acerca de la naturaleza de la riqueza, la cual consiste en confundir la riqueza (un fin) con un medio que en este caso sería el dinero, el oro u otros elementos que han sido utilizados a través de los años como medio de cambio y de denominación. El dinero solo es importante como el medio más efectivo de facilitar el intercambio “indirecto” de productos, o sea, aquel intercambio que un Internet Café realiza cuando le compra un paquete de software a Bill, para venderme un servicio a mí, que quiero escribir este artículo, con las facilidades de un procesador de palabras. No hace falta que ninguno de nosotros se conozca o simpatice, para colaborar en el proceso de beneficiarnos mutuamente.

Ahora pasemos de la metáfora de la isla desierta a la historia de la economía. En la Escocia de 1764, un distraído y genial profesor de filosofía, Adam Smith, iniciaba un tratado económico denominado La riqueza de las naciones, que terminó de escribir un poco más de una década después. Este libro define, hasta el día hoy, los fundamentos teóricos del liberalismo político y económico en que operan la mayoría de los países occidentales, cuyas economías funcionan bajo el sistema de mercado. Como descubrió Smith, es en esa colaboración, producto del intercambio, donde cada uno se especializa en lo que es capaz de hacer mejor. Allí reside la capacidad de multiplicar el bienestar que es, a su vez, la naturaleza de la riqueza personal y de las naciones. Confundir aquello con valores estáticos, como el dinero, lleva a terribles equivocaciones que permiten la intervención de la fuerza coercitiva del Estado, en la colaboración voluntaria entre individuos. Ejemplos de esos errores son la protección arancelaria (que pretende “impedir” la salida de divisas), los impuestos redistributivos (que pretenden distribuir “equitativamente” la riqueza), etc. Todos esos errores están basados en la creencia, en la ficción de una “riqueza nacional”, independiente de la propiedad particular que los individuos tengan sobre ella.

Esta confusión reside en el hecho –demasiado común– de entender la riqueza de una nación como un ente estático y preexistente, en vez de analizarlo como un proceso altamente dinámico: un entretejido de contratos voluntarios entre individuos para permitir potenciar mejor el valor de sus activos. Y de este pecado no se salvan los economistas tradicionales, como cuando hablan del producto interno bruto (PIB), tal como quien habla de los guarismos de una cuenta bancaria sin establecer como precondición para que la riqueza pueda ser valuada, el hecho de que debe pertenecer a alguien que pueda disponer de ella. De ahí que aquel otro gran economista, Ludwig von Mises (padre de la economía austríaca), haya cuestionado hasta la posibilidad del cálculo económico en un sistema donde no exista la propiedad privada. Mises nunca se cansaba de mencionar que el sistema de intercambio libre o capitalista es un sistema ante todo “cooperativo”, en el que todos contribuyen a través del intercambio voluntario a un bienestar común de proporciones casi milagrosas. Es una lástima que este sistema esté expuesto a toda una serie de intervenciones basadas en la ignorancia y el oportunismo, que nos impiden salir de esta isla de pobreza.

Con esto vemos que la riqueza de una sociedad se genera a través de una extensa colaboración entre individuos; colaboración que mientras más amplia, será mejor para todos. Esto es lo que se conoce como economía especializada y allí reside la razón de garantizar el libre intercambio entre personas. Una nación próspera es aquella que facilita la colaboración sin privilegios ni discriminaciones. Una nación próspera es aquella genuinamente libre, lo cual exige ciudadanos responsables que no deleguen sus recursos y decisiones a un gobierno mastodóntico.

El autor es miembro de la Fundación Libertad

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