Panamá, 17 de febrero de 2003
 
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Una demanda, una razón moral

El jueves 25 de febrero de 1988, estas “fuerzas” cerraron nuestra fuente de trabajo, so pretexto de tener una orden del entonces gobernador de la provincia de Panamá

Basilio Fernández P.

Es posible que yo y la mayoría de los panameños no logremos entender toda esa palabrería jurídica que utilizan las autoridades judiciales para sustentar un asunto legal. Hoy, quisiera compartir con ustedes, lectores de este diario, las razones que por lo menos yo consideré moralmente aceptables para interponer la demanda que contra el Estado panameño pusimos 72 trabajadores del diario La Prensa.

El diario La Prensa y los que allí trabajamos fuimos víctimas de varios ataques y cierres por parte de la Guardia Nacional y luego por las Fuerzas de Defensa de la república de Panamá en la década del 80. Diferentes nombres para denominar el mismo cáncer que corrompió e hizo caer hasta lo más bajo a parte de nuestra sociedad. El jueves 25 de febrero de 1988, estas “fuerzas” cerraron nuestra fuente de trabajo, so pretexto de tener una orden del entonces gobernador de la provincia de Panamá. El mismo señor que hoy se pasea en reuniones de consejos, comités, etc., para normar la profesión o la actuación de los medios de comunicación, sin tener el más mínimo cargo de conciencia. Según se dijo entonces, esta orden estaba amparada en un artículo del Código Administrativo, a lo que no le veo ni pies ni cabeza, porque considero que ningún artículo de ningún código ni de nada, puede tener mayor validez que una norma de nuestra Constitución Nacional. En este caso la Constitución fue violada como muchas veces lo hicieron en diversas circunstancias que se vivieron en esa época.

Decir que los poderes del Estado de entonces estaban secuestrados, es pretender tapar el sol con una mano.

Aparte de silenciar a La Prensa, se buscó afectar los intereses de los que en ese entonces eran miembros de la junta directiva del diario. Roberto Eisenmann lo vivió en carne propia cuando le quemaron uno de sus negocios. Con el respeto que se merecen los miembros fundadores de la junta directiva de este diario, y desde mi punto de vista, dudo mucho que ellos necesitaran de La Prensa para poner un plato de comida en su casa. El cierre, más que afectar a estos compañeros accionistas, afectó la libertad de expresión, la economía y la tranquilidad familiar de más de 72 trabajadores.

Quizás, cuando mucha gente oye hablar de la demanda, solo piensa que estamos pidiendo como indemnización 2 millones 146 mil 902 balboas con 38 centésimos, pero el asunto es más profundo que esto. El cierre nos llevó definitivamente a cambiar nuestro ritmo de vida y, como consecuencia, algunos de nuestros compañeros fueron desalojados de sus casas o llegaron al punto de tener una exagerada carga financiera en intereses por no poder pagar sus obligaciones con bancos, financieras, etc.; se desintegraron familias, uno de nuestros compañeros perdió una de sus manos y, así, hay muchas historias que son las razones verdaderas por las cuales, en democracia, interpusimos esta demanda.

Lo que más lástima me da de toda esta historia, es que pese a que lo sucedido fue algo público y notorio, pareciera que ya nadie se acuerda, excepto quienes representan las dos instancias que fallaron a favor de nuestros reclamos.

Hace unos días recibimos la noticia de que miembros de la Corte Suprema de Justicia han fallado en contra nuestra, y solo me resta decir dos cosas: La primera, que seguiré luchando para que las autoridades reconozcan que con nosotros, y con otros muchos panameños, se ha cometido una gran injusticia; y la segunda, es recordar que entre los trabajadores de La Prensa, también hay santeños.

El autor es licenciado en administración de empresas

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