El fenómeno Endara
En Panamá no todo está
perdido y en un futuro no muy lejano seremos capaces de prescindir
de quienes hoy socavan los cimientos de nuestra institucionalidad
democrática
Juan David Morgan jdmor@morimor.com
Guillermo Endara ganó la Presidencia en las
elecciones de mayo de 1989 con más del 80% de los votos. Cuando,
cinco años después, abandonó el Palacio de las Garzas, su popularidad
estaba en menos del 20% y algunos consideraban que había sido el
peor presidente de nuestra historia. Hoy, nueve años y dos períodos
presidenciales después, sin partido político que lo respalde, Endara
lanza su candidatura a la Presidencia y, según una encuesta reciente,
en un abrir y cerrar de ojos alcanza el 30% de popularidad, más
del doble del más cercano de los candidatos del gobernante Partido
Arnulfista y muy cerca del candidato del opositor partido PRD. ¿Por
qué este fenómeno?
La respuesta es casi una verdad de perogrullo:
los panameños están hartos de los partidos políticos, de la partidocracia,
de la casta de privilegiados que se ha encargado de hacer de la
política una mala palabra y Endara es el candidato anti-partidocracia,
el anti-valor de la forma como se maneja entre nosotros la política.
El fenómeno, que ha venido ocurriendo en otros países de la región
–Venezuela, Perú, Ecuador, Argentina– se repite en Panamá donde
la ciudadanía tampoco quiere saber de los partidos políticos tradicionales.
Pero hay más. Aparte de su postura anti-partidista,
Endara reúne una serie de cualidades que actualmente encabezan la
lista de aquéllas que los panameños quieren ver en sus gobernantes:
honradez, dignidad, valor, humildad e independencia. El panameño
reconoce en Endara a un hombre honesto, capaz de poner freno a la
corrupción que, como caballo apocalíptico, cabalga desbocada en
nuestro país, y añora, sobre todo, el manejo estricto de las finanzas
públicas que llevó a cabo el contralor Carles, con el apoyo del
presidente Endara, y la limpidez que prevaleció en las primeras
elecciones realmente libres que se celebraban en 25 años. También
recuerda que Endara, que inició su gobierno cuando todavía el ejército
estadounidense patrullaba nuestras calles, declaró enfáticamente
que mientras él fuera presidente no quería oír hablar de bases militares
en nuestro país después del 31 de diciembre de 1999. Y nadie, ni
panameños ni estadounidenses, osaron hablar del tema. Asimismo,
el pueblo no ha olvidado las demostraciones de coraje de Endara:
coraje personal, cuando junto a sus compañeros de nómina fue apaleado
por marchar contra la dictadura, y coraje político, cuando decidió
romper con su aliada de entonces, la democracia cristiana, aunque
el acto le costara el control de la Asamblea Legislativa. También
sienten los panameños que Endara es un hombre humilde, que reconoce
públicamente sus fallas y acepta que para hacer un buen gobierno
se requiere de la ayuda de aquéllos más versados en temas específicos,
a más de que proyecta la imagen de un candidato verdaderamente independiente,
un iconoclasta que por haber roto con su propio partido y con la
política tradicionalista, estaría en capacidad de gobernar con los
mejores, y no con los que impone la partidocracia.
Cuando escribo estas líneas, Endara no cuenta siquiera
con un partido político que lo postule y su futuro como candidato
es incierto, gracias precisamente a ese bipartidismo malsano que
asfixia el anhelo que palpita en el corazón de los buenos panameños
de que se produzca un cambio verdadero en la conducción del Estado.
Sin embargo, el gran entusiasmo que su candidatura ha provocado
nos lleva a pensar, con optimismo, que en Panamá no todo está perdido
y que en un futuro no muy lejano seremos capaces de prescindir de
quienes hoy socavan los cimientos de nuestra institucionalidad democrática.
El autor es abogado y escritor
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