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Clases altas se ven sacudidas por el terrorismo

Muchos se mostraban desafiantes, describiendo el ataque contra El Nogal como un ataque contra todos los colombianos, sin importar que el club fuera una citadela de los ricos y los poderosos

Juan Forero

BOGOTA, Colombia. -Al momento de aproximarse el inicio del juego en el club Los Búhos para Mario Céspedes y sus compañeros de golf, el domingo, era un día perfectamente normal, al menos superficialmente. El sol brillaba esplendorosamente a las 8:00 de la mañana, el césped estaba inmaculadamente podado, los cadys vestían sus impecables uniformes azules brillantes y un abundante y apetitoso almuerzo los esperaba en el restaurante del club.

Pero mientras Céspedes, de 69 años, un cirujano jubilado elegantemente vestido con pantalones grises y un chaleco de algodón, se preparaba para su turno al iniciarse el juego en el club en las afueras de Bogotá, se preguntaba si las cosas volverían a ser iguales alguna vez en su patria.

El viernes pasado, el mayor grupo rebelde de Colombia, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, o FARC, hicieron explotar una bomba de 150 kilogramos en el elitista club deportivo y social El Nogal, causando la muerte de 32 personas, heridas a no menos de 160 y generando escalofríos a los miembros de la clase alta de este país.

“Esto fue dirigido a las clases empresariales porque es allí donde estaban los empresarios”, dijo Céspedes, mientras sus compañeros golfistas asentían para mostrar que estaban de acuerdo. Era un club muy exclusivo y un ataque de esa naturaleza fue realizado para demostrar que los hombres de negocios van a ser considerados blancos militares.

“Ahora todos los que pertenecemos a clubes vamos a estar preocupados”, añadió, “porque sabemos que podríamos estar en su mira”.

El domingo, mientras investigadores y equipos de rescate removían escombros en busca de pistas y cuerpos, los colombianos pronosticaron un rápido cambio en las tácticas de los guerrilleros, que puede traducirse en que las clases altas sean ahora vulnerables a ataques directos. Aunque los colombianos acaudalados siempre han corrido el riesgo de ser secuestrados o extorsionados, la mayoría había disfrutado de un cierto nivel de invulnerabilidad desconocido para los campesinos pobres, que son quienes generalmente padecen las consecuencias del conflicto armado que sacude a Colombia desde hace 39 años.

“La situación ha cambiado ahora”, dijo Luis Sepúlveda, de 64 años, ingeniero jubilado, mientras descansaba después de una jugada acertada en el mismo campo de golf. “La verdad es que yo seguiré haciendo lo mismo que siempre he hecho, pero ahora seré más cuidadoso. “No iré a lugares peligrosos, a ciertos restaurantes, no haré viajes largos en automóvil o iré a centros comerciales en ciertos días”.

Mientras los colombianos analizaban lo que significaba este nuevo y sangriento giro en la situación, la reacción en Colombia parecía ser, en su mayor parte, de cólera y temor colectivos, tanto por parte de los ricos como de los pobres. Aunque los atentados dinamiteros y la violencia política no son fenómenos desconocidos aquí, esta ciudad capital se jacta de haber evitado buena parte del caos que ha sacudido al resto del país.

Fue así como el domingo, gente de todos los sectores de la ciudad se reunieron para recordar a los muertos, y en particular a los seis niños que fallecieron en el atentado, y para mostrar su repudio a un terrible crimen que ha impactado en los habitantes de esta urbe con mayor fuerza que cualquier otra cosa en muchos años.

La manifestación incluyó la celebración de misas, entre ellas la celebrada en la calle a pocos metros de las ruinas de El Nogal, y una marcha de más o menos 10 mil personas que vestían camisetas blancas con el símbolo de la paz y portaban estandartes condenando a los rebeldes y calificándolos de terroristas.

Mientras un suave viento soplaba desde las montañas, el vicepresidente, Francisco Santos, y el alcalde, Antanas Mocks, colocaron ramos de flores en el más venerable cementerio de Bogotá. El acto se vio revestido de una gran solemnidad y significado, porque el Cementerio Central alberga los restos de un larga lista de mártires en la larga batalla de país contra la violencia, como Luis Carlos Galán, un popular candidato presidencial asesinado en 1989 durante la última campaña de atentados dinamiteros que Colombia tuvo que soportar.

“Estoy muy triste, muy triste y alterado”, dijo Jorge Torres, de 47 años, después de depositar flores en el cementerio y unirse a la larga marcha que terminó en el Parque Simón Bolívar, donde se celebró otra misa. “Esto simplemente es una forma de protestar contra los pocos que nos atacan a todos. Esto es para mostrar nuestro amor hacia nuestra patria”.

La marcha unió a gente de todas las clases sociales. Estuvieron presentes altos funcionarios gubernamentales, como Santos, quienes marchaban al lado de dueños de tiendas como Jaime Pedraza, de 47 años. Había ex soldados, como Fabio Humberto Cely, quien perdió un brazo en un combate, y estaba el actor colombiano Rodrigo Obregón.

Muchos se mostraban desafiantes, describiendo el ataque contra El Nogal como un ataque contra todos los colombianos, sin importar que el club fuera una citadela de los ricos y los poderosos.

“Esta marcha de hoy es una marcha de furia, de furia silenciosa por la pérdida de nuestros compatriotas”, dijo Obregón. “Deseamos decir a los rebeldes que si quieren detenernos van a tener que matar a todos los 40 millones de colombianos”.

No obstante, el impacto de las muertes fue sentido más profundamente en el norte de Bogotá, con sus elegantes mansiones tipo Tudor, altos edificios de apartamentos de lujo y comunidades cercadas que son patrulladas por guardias privados de seguridad. En la misa en Santa María de los Angeles, una capilla a media cuadra de El Nogal, los fieles que asistieron en costosos autos importados se enjugaban las lágrimas y se preguntaban el porqué de esas muertes.

“Mis hijos prácticamente viven dentro de ese club, sea jugando squash o golf en miniatura”, dice Samuel Moreno, un senador, mientras contemplaba la derruida estructura. Después habló de cómo su hijo Samuel, de 13 años, había salido del club apenas dos horas antes de la explosión.

“Seis chicos murieron allí, ¿cómo puede ser posible eso?”, dijo. “Es absurdo, es increíblemente absurdo, pero eso es el terrorismo”.

En el club de Los Búhos, sus miembros trataron de hacer de lado la violencia y en lugar de eso disfrutar de las canchas de tenis y la alberca. Pero el terror del viernes nunca estaba lejos de la mente de la gente.

Néstor Sarmiento, de 62 años, hombre de negocios que perdió a un amigo cercano en el atentado, dijo: “Yo quería venir aquí a descansar. Pero lo que siento es confusión, cólera y una profunda desilusión”.

En los campos de golf, la plática también recayó en comentarios acerca de la violencia, y la forma en que cambiaría la vida. Los centros comerciales, que fueron un blanco de los atentados hace una década, están descartados ahora. Y otro tanto quizá se pueda decir de los distritos donde se concentran los restaurantes más elegantes. Pero, interrogados acerca de si realmente cambiarían su rutina diaria, los golfistas se encogieron de hombros.

“Este es todavía un bonito lugar para vivir”, dijo Fernando García, de 46 años, ingeniero eléctrico. “Si uno toma precauciones, se puede vivir muy, muy bien. Uno no puede simplemente abandonar eso”.

Associated Press

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