Una frontera no defendida
Nuestra frontera es un
colador por donde entra todo tipo de elementos, unos huyendo del
horror de la guerra y otros buscando nuevos mercados para llevar
a cabo sus fechorías
Severino Mejía
El Gobierno nacional puede decir de todo
y buscar cualquier justificación para tratar de enmendar su negligencia
en el manejo de los hechos ocurridos en Paya y Púcuru, cuando es
hartamente conocido por todos que el problema data de hace mucho
tiempo. Monseñor Emiliani fue el primero en dar la clarinada y no
le pusieron cuidado. Ahora que hubo pérdida de vidas, se corre entonces
a dar mantenimiento a viejos helicópteros o a volver a trasladar
a las unidades policiales que estuvieron en esas comunidades en
el pasado y que fueron replegadas por razones que solo el señor
Barés conoce. Este asunto de interés de seguridad nacional se debió
haber manejado con urgencia notoria, tal como se le está dando hoy
día al concurso de Miss Universo, que si bien es cierto es importante
para nuestro país, no menos lo es la vida de nuestros compatriotas
indígenas de las comunidades afectadas por la violencia.
La situación en la frontera con la hermana
república de Colombia es un asunto muy serio que el Gobierno nacional
debe manejar de forma permanente. No se puede ser reactivo, hay
que ser preventivo y esto se logra con buenos planes debidamente
coordinados por ambos países. Panamá es un país con recursos limitados
que no dispone de la infraestructura operativa y logística para
hacerle frente a esta situación en la actualidad. Por eso lo crítico
y preocupante del asunto.
Nuestra presencia en la frontera no se puede fundamentar
en lo que haga Colombia. Ciertamente el Gobierno colombiano es responsable
de tomar las medidas necesarias para evitar la incursión, desde
su territorio, de grupos violentos para el lado nuestro; sin embargo,
Panamá no debe dejar de actuar si Colombia no desplaza tropas del
ejército o unidades de la policía a sus puntos fronterizos. Esto
sería una irresponsabilidad.
Las gestiones diplomáticas que está haciendo la
Cancillería es el proceder correcto porque compromete a Colombia
a una situación de la cual no se puede sustraer. Pero esto no tendría
ningún valor si nosotros no estamos preparados. Por eso debemos
preguntarnos si estamos realmente listos y preparados para jugar
nuestro papel cuando los planes se tengan que implementar.
Una cosa es ser guardafrontera en una región donde
haya paz y, otra, operar en un área selvática, inaccesible y con
presencia de grupos armados irregulares dispuestos a todo para evitar
que sus planes sean alterados por una fuerza opuesta que no está
a la altura operativa de ellos. Hay que tener presente que las FARC
y los “paras” tienen muchos años de experiencia que los ha curtido
en la guerra. Las FARC, la guerrilla más antigua de América, con
50 años de lucha contra las fuerzas del orden en Colombia, no ha
podido ser doblegada por uno de los ejércitos más capacitados en
operaciones antiguerrilleras.
No quiero subestimar con estas apreciaciones el
papel que están realizando nuestras unidades destacadas en esa región.
Merecen el reconocimiento y respeto de todos los ciudadanos. Pero
tenemos que ser realistas. Están trabajando con las uñas, sin los
recursos suficientes ni el entrenamiento apropiado para el desempeño
de una tarea que no les es propia. Agréguele el componente de la
moral. Lejos del calor de su familia, en un ambiente lejos de las
facilidades de la vida citadina. Todo esto es clave para el buen
desempeño de sus obligaciones. La Constitución Nacional prohíbe
el ejército, por lo tanto, tendremos que trabajar con nuestra Policía,
pero en condiciones apropiadas para que la misión a ellos asignada
se cumpla a satisfacción. Este trabajo es para soldados, no para
policías. Si tenemos que defender la integridad del territorio nacional
con los recursos que disponemos, entonces preparemos mejor a nuestras
unidades policiales, por lo menos los guardafronteras, en tareas
especializadas que salgan un poco de sus tareas tradicionales. Es
decir, crear una fuerza élite diferente al cuerpo de policía regular.
Dejemos a un lado fórmulas absurdas como la de romper
relaciones diplomáticas con Colombia o traer una fuerza internacional
de la ONU. Tenemos que valernos por nosotros mismos. Para eso hay
que trabajar en forma estrecha con Colombia, estableciendo patrullajes
debidamente coordinados en cada uno de sus áreas de responsabilidad.
Si el Gobierno nacional quiere tomar en serio esto, entonces deberá
dotar con los recursos adecuados, no solo a la Policía, sino también
al SAN y al SMN.
Señora presidenta: no malgaste dinero en darle mantenimiento
a equipos que tienen más de 40 años de operación. Adquiera equipos
más modernos y acordes con la situación que se vive en el área.
La seguridad de nuestra gente no tiene precio; al fin y al cabo
el dinero saldrá de los impuestos que paga cada uno de los ciudadanos.
A lo interno, los estamentos de seguridad de nuestro
país deben operar de manera coordinada, es decir, que el esfuerzo
sea conjunto y aglutinado en un solo mando operativo. Hecho el análisis
de situación, deben presentársele al Ejecutivo las necesidades logísticas
más apremiantes como lo son las comunicaciones, el armamento, equipos
sanitarios de campaña, equipos aéreos más modernos y, sobre todo,
entrenamiento.
Colombia tiene una fuerza policial entrenada a cuyos
miembros se les denomina granaderos; ignoro si, a la fecha, la Policía
Nacional ha enviado unidades a recibir este entrenamiento. Si es
así, excelente decisión; en caso contrario, recomiendo al señor
Barés que haga los contactos.
Finalmente, la situación en la frontera con Colombia
no solo debe preocupar a los que viven en esos lugares olvidados,
sino a todos los panameños. Nuestra frontera es un colador por donde
entra todo tipo de elementos, unos huyendo del horror de la guerra
y otros buscando nuevos mercados para llevar a cabo sus fechorías
que agravan más las situación de inseguridad que se vive en Panamá.
Espero que dentro de unos meses las cosas cambien
favorablemente y que no vuelvan a repetirse estos eventos por el
hecho de no dejar hacer.
El autor es militar de carrera y licenciado
en relaciones internacionales
Además en opinión
• De una Constitución
democrática a una Constitución demagógica:
Saúl Maloul Zebede •
Lo valioso de ser panameño: Carlos O. Wynter Melo
• Una frontera no
defendida: Severino Mejía •
Rectificar: Juan B. Gómez
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