Panamá, 31 de enero de 2003
 
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De Alberto y la ‘tercera fuerza’

Su participación en 1999, contrario a lo que exclaman algunos, más que una candidatura independiente fue una audición nacional que buscó demostrar su posibilidad de liderazgo

Rubén Blades

Cualquiera que hable de una “tercera fuerza” en los anales políticos nacionales, es deshonesto (a) si excluye de su análisis al Movimiento Papa Egoró. El disgusto popular contra el bipartidismo no empezó en 1999. Fue demostrado por los casi 190 mil votos emitidos que recibió nuestro colectivo en 1994, y por nuestro comportamiento electoral al participar en esas elecciones sin crear alianzas con el PRD o el arnulfismo.

El Movimiento Papa Egoró representó una ruptura, total y formal, con el sistema tradicional de la partidocracia criolla. Eso nos convirtió, de hecho y en derecho, en una representación del sentir nacional contrario al bipartidismo. Nuestra “tercera fuerza”, nacida y ratificada por el disgusto popular contra la politiquería y su secuela de corrupción, fue atacada, calumniada y mofada por los que argumentaban, entre otros sofismas, la prudencia o conveniencia de “la alternabilidad”. Muchos de los que criticaron la alternativa que ofrecimos, que no apoyaron la creación de un partido independiente y que se negaron a sumar sus esperanzas a las nuestras, incluso después del improbable y honroso tercer lugar alcanzado en las urnas en 1994, hoy se rasgan las vestiduras y se identifican, nueve años más tarde, con la necesidad de una “tercera fuerza”.

Sobre la retirada de Alberto Vallarino como candidato en el 2004 se han hecho análisis y conjeturas, pero todas las que he leído no reconocen lo obvio: es consecuencia directa de su imposibilidad de presentarse como candidato en las primarias del arnulfismo. Pero, ¿no es acaso ese partido uno de los pilares del bipartidismo criollo? Entonces, ¿cómo defender el argumento de que él representaba a una “tercera fuerza”? ¿No representa esto una total contradicción? Vallarino pudo formar un partido independiente en el 2000, en el 2001 ó en el 2002.

Pudo haber sido candidato en el partido de su suegro, el señor Lewis Galindo, con la estructura ya establecida para tal posibilidad. Algunos argumentan que “se demoró demasiado”. ¿Por qué la demora, después de ocupar una tercera posición, con más de 200 mil votos y el momentum político de su lado? Creo que la razón radica en la ilusión de Alberto de representar a un arnulfismo, sin Mireya. Su “demora” en aprovechar el caudal adquirido políticamente en 1999 fue consecuencia de una mala lectura de la capacidad de control de Mireya Moscoso, a lo interno de su partido. Vallarino estuvo claro en pronosticar que el gobierno de Moscoso no sería efectivo. Donde se equivocó fue en cifrar su expectativa de reemplazarla en los desaciertos administrativos de su gestión. Pacientemente, durante tres años, esperó el debilitamiento de Mireya ante las bases y directivos arnulfistas. Mantuvo su distancia, mas sin dejar de sugerir, pública y privadamente, la posibilidad de un retorno negociado al partido. Pero el sueño de un Alberto llevado en hombros a la candidatura arnulfista, entre los aplausos de una membresía agradecida por la salvación de un colectivo desilusionado, no se materializó. No solo se equivocó Alberto. Moscoso ha sorprendido a muchos que no consideraban posible el que demostrara tener la garra de un Arnulfo, para consolidar su control del partido.

Por el contrario: a diferencia de él, va a terminar su gobierno sin que la derroquen. Moscoso logra impedir que Vallarino participe en las primarias arnulfistas, y los que dicen apoyarlo lamentan el hecho. ¿Por que? Si Alberto es en realidad un independiente, el “líder de una tercera fuerza”, ¿para qué aspirar a la primaria de un partido que supuestamente él busca sustituir con esa “tercera fuerza”? Opino que nunca fue su intención liderar una alternativa al arnulfismo. Su participación en 1999, contrario a lo que exclaman algunos, más que una candidatura independiente fue una audición nacional que buscó demostrar su posibilidad de liderazgo ante los cuadros arnulfistas. Corrió el riesgo de ganar esa elección y creo que no hubo alguien más aliviado que él al no llegar a la Presidencia.

Los que hoy comienzan a elevar la decisión de Vallarino a una especie de martirio político, parecen no considerar que su herida fue auto-infligida: pudo haber sido un candidato independiente y no lo quiso. Como en todo, puede haber otras razones agregadas. Una me la brindó uno de esos taxistas que el señor Sánchez Borbón no conoce: –“el man se cab... y fue atelan, y usa lo de las primarias como excusa”–. Esta opinión posee fuerza.

Creo que Alberto vivió lo horroroso que resulta el someterse al chantaje de apoyos condicionados a oportunismos dominados por el “juega-vivo”, por la feroz mediocridad que él, correctamente, detesta. Solo quien ha sido candidato puede entender la amargura que produce comprender que la mayoría de los que te rodean quieren un pedazo de ti para su uso y abuso personal, y que pocos contribuyen, altruísticamente, con lo mejor de sí mismos, al esfuerzo capaz de producir el bien colectivo que alegan ver personificado en la figura que apoyan. Más allá de la vanidad que todos poseemos, hay un nivel de aspiración a la excelencia. Desde esta perspectiva, siento una gran simpatía por él. Se fue Alberto.

Ahora, el aspirante a líder de la “tercera fuerza” es otro arnulfista, el ex presidente Guillermo Endara, también “planchado” por la señora Moscoso. La vida te da sorpresas, sí. Pero déjenme reír, para no llorar.

El autor es abogado y artista

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