¿Quién protege al juez marítimo?
Se ha creado en la ciudadanía
una profunda desconfianza en los funcionarios encargados de administrar
justicia
Juan David Morgan G. jdmor@morimor.com
En la actualidad los panameños parecemos
sentir más preocupación por el ambiente de corrupción que nos envuelve,
que por las demás calamidades que normalmente aquejan a los países
en vías de desarrollo. Tal vez –¡por fin!– hemos comprendido que
mientras los encargados de gobernar no ajusten sus actuaciones a
las normas éticas fundamentales, será imposible emerger de la pobreza.
La excusa que suelen esgrimir algunos funcionarios de que la corrupción
existe a todos los niveles, incluyendo el sector privado, aunque
sea cierta no es justificable si tomamos en cuenta que las actuaciones
de los gobiernos afectan a toda la ciudadanía y proyectan, además,
una imagen negativa que ahuyenta la inversión en el país. Tampoco
es aceptable el pretexto de que en todos los países hay corrupción.
La afirmación es cierta, pero hay que añadir que los Estados que
mejor grado de desarrollo alcanzan, son aquellos donde la corrupción
se persigue y se sanciona. Y es que cuando los jueces se corrompen,
entonces la nación, como un todo, entra en la espiral de la desintegración
social hasta llegar, irremisiblemente, a la pérdida de la democracia
y del estado de derecho.
Lamentablemente, en Panamá pareciera que
estamos llegando a este punto. Se ha creado en la ciudadanía una
profunda desconfianza en los funcionarios encargados de administrar
justicia. Y no podría ser de otra manera, cuando vemos casos tan
absurdos y patéticos como el del juez marítimo de Panamá. Este funcionario,
cuyas actuaciones se proyectan más allá de las fronteras patrias
y afectan, por consiguiente, la imagen de la nación, ha sido denunciado
en repetidas ocasiones por el delito de enriquecimiento ilícito.
De la denuncia original conoció la Fiscalía Anticorrupción del Ministerio
Público y tras de una prolija investigación logró recabar las pruebas
que indicaban que el referido funcionario tenía cuentas bancarias
por sumas que sobrepasaban con creces sus ingresos lícitos. En ese
estado de la investigación, la Sala Penal de la Corte Suprema de
Justicia resolvió declararla nula, porque consideró que el Ministerio
Público no tenía facultad para conocer de ese tipo de denuncias,
sino que era la Dirección de Responsabilidad Patrimonial (DRP) la
que debía llevar a cabo la investigación. La junta directiva de
la Asociación de Abogados Marítimos presentó entonces la denuncia
ante la DRP y, una vez más, se llevó a cabo una exhaustiva investigación
que arrojó el mismo resultado que la llevada a cabo por la Fiscalía
Anticorrupción. Pero –¡oh sorpresa!– hace poco intervino nuevamente
la Sala Penal de la Corte y volvió a declarar nulo el proceso, esta
vez alegando que no había “prueba sumaria” que permitiera a la DRP
iniciar la investigación. ¡Qué barbaridad, exigir prueba sumaria
de un delito que está ampliamente comprobado a través de sendas
investigaciones! O sea, pues, ni Chana ni Juana. Ni el Ministerio
Público, ni la DRP –ni nadie– pueden investigar al juez marítimo,
que hoy se encuentra protegido por un manto de inmunidad cortesía
de la Sala Penal, similar al que arropa a algunos legisladores delincuentes.
Pero aún hay más. Poco antes de que la Sala Penal
decretara su última absolución a favor del juez marítimo, ante el
cúmulo de todo tipo de denuncias presentadas en su contra, el pleno
de la Corte Suprema de Justicia, por mayoría, resolvió suspenderlo
por un mes, período durante el cual se encargó del despacho la licenciada
Cristina Ciniglio. La jueza encargada se encontró con tantos y tan
grandes horrores en el juzgado, que se vio obligada a remitir un
informe preliminar al magistrado presidente de la Corte detallando
las irregularidades. La carta tiene cuatro páginas a espacio simple
y sería muy largo enumerar el rosario de anomalías y arbitrariedades
descubiertas por la jueza, 29 en total. Baste con citar el punto
4, donde se afirma que hay expedientes “en los que las partes han
agotado las etapas procesales, correspondiéndole al tribunal pronunciarse,
y que se encuentran en completa inactividad, la que en ocasiones
supera los dos (2) años”. En la sección de auditoría financiera
del informe se citan irregularidades que guardan relación con los
secuestros practicados por el juez marítimo, cualesquiera de las
cuales sería motivo suficiente para que la Corte Suprema, que lo
designó, ordene de oficio una investigación exhaustiva para imponer
las correspondientes sanciones. Curiosamente, no es eso lo que ha
ocurrido. La que, de acuerdo con lo publicado en la prensa local,
recibió una amonestación por parte del presidente encargado de la
Corte Suprema fue la jueza Ciniglio por haber tenido el coraje de
denunciar lo malo. ¡Válganos Dios!
La pregunta que surge enseguida es ¿por qué? ¿A
qué obedece ese insólito afán de algunos magistrados de la Corte
por evitar que se investigue a un funcionario cuyas actuaciones
dañan no solamente la administración de justicia, sino la imagen
del país en el exterior? ¿Qué motivos puede tener la Sala Penal
de la Corte para inmunizar al juez marítimo contra investigaciones
por enriquecimiento ilícito? ¿Será, acaso, que están sentando un
precedente que allane el camino para que otros funcionarios, posteriormente,
puedan burlar también la acción de la justicia? Amanecerá y veremos.
El autor es abogado y escritor
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